2. Compra impulsiva

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Otra ridícula fiesta a la que le obligaron a ir.

Ahí, apoyado contra un pilar del gran salón de baile de alguna familia que no recordaba, observó aburrido el vaso de alcohol que tenía en la mano e intentó concentrarse en el pequeño cuarteto que fue contratado para tocar, tratando de ignorar por todos los medios posibles a las jóvenes omegas que se le acercaban con rostros avergonzados, pero que aún así esparcían feromonas de manera constante con valentía para hacerse notar.

Esos ojos con que lo miraban le incomodaban en demasía.

Se sentía sofocado. De por sí, ya el estúpido traje que su hermana preparó y le había obligado a llevar apretaba su cuello de manera incómoda, ni qué decir de la corbata. Con un suspiro cansado la soltó y abrió un par de botones de su camisa, todo en un acto sin ninguna otra intención que no fuese relajarse y respirar mejor, pero que dio paso a que las señoritas se volvieran locas y comenzaran con su perorata en un pobre intento de obtener suerte esa noche, y en lo posible, para todas las demás en su vida.

Leon se abrió paso a través de todas ellas, no le importaba que para el resto del mundo fuera una persona grosera y que para los alfas presentes pareciera un cobarde, era solo que el aroma mezclado de todas ellas comenzaba a alterar su olfato, no de una manera agradable.

Vio a Lía correr hacia él esquivando a todos en la pista, pero él no tenía intenciones de quedarse a escuchar los sermones de nadie, mucho menos de una chica casi diez años menor que incluso pasaba por una situación ridículamente peor.

Ocultándose de todos salió hasta el jardín, llegando hasta la apacible banca esperando que nadie interrumpiera su momento de paz. Ahí, mirando el cielo estrellado con hastío, terminó esa bebida que burbujeaba cada vez menos y esperó con paciencia a que sus familiares abandonaran el lugar para poder ir a dormir, después de todo, habían personas como él que tenían que seguir trabajando al día siguiente, sus energías no daban para tanto.

Un viento cálido acarició su oído y meció sus cabellos, provocando de alguna manera una extraña presión angustiante en su pecho. Cuando eso ocurría, le gustaba imaginar que su madre estaba ahí a su lado, deslizando su mano por su rostro como solía hacer en su niñez, diciéndole que no tenía que preocuparse por nada. Pero ella ya no estaba, y el pensamiento solo lograba colocarlo más triste.

¿Cuándo acabaría todo eso? ¿Tan desesperado estaba su padre con que tuviera un hijo que siguiera el legado de la familia? ¿Es que acaso él no era lo suficientemente bueno?

Suspiró otra vez. De nada le servía deprimirse por algo, su trabajo seguiría siendo el mismo y continuaría obedeciendo las órdenes que le daban.

Observó a su hermana y padre salir no mucho después ¿Cuánto tiempo se había quedado divagando en ese lugar mirando a la nada? Ambos lo miraron con un puchero en sus rostros, para su buena suerte no estaban enfadados. Debería estar agradecido porque nadie se molestara con él al no cumplir con sus expectativas, ya era la décima fiesta de la que salía casi corriendo sin ninguna compañía a su lado.

Los tres se miraron en silencio para luego abordar el carruaje y dirigirse a su mansión. Ya estaba acostumbrado al silencio previo antes de un largo sermón, por lo que contando los segundos esperó de manera tranquila para cerrar los ojos y fingir que no escuchaba a la muchacha soltar las mismas palabras de siempre.

***

— ¿Tan horrible es pensar unir tu vida a alguna señorita o muchacho que siempre sales corriendo? —le preguntó un día su padre cuando ingresó a su oficina y tomó asiento con una postura muy formal que se daba nauralmente, digna de un gran líder que llevaba años en su trabajo.

DRAGONES (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora