Habían estado cabalgando toda la tarde desde que salieron de su mansión, deteniéndose solo en escasos momentos para comer un poco algo de pan o hacer sus necesidades en el camino. No tenían tiempo para hacer paradas de lujo en alguna ciudad aledaña o al menos intentarlo.
Un sentimiento terrible se removía dentro de su pecho a medida que pasaban las horas y la noche cayó dándole paso a las escasas estrellas que se cernían sobre ellos por el sendero. Cada fibra de su ser le gritaba con urgencia que su pareja se encontraba en problemas y su instinto alfa le exigía dar vuelta al camino y llegar a socorrerlo. Y ni siquiera había pasado un día desde que abandonó la mansión, eso solo podía significar que los problemas llegaron hasta Achira de una manera muy veloz.
Su respiración se agitó poco después de que la noche comenzara a darle paso nuevamente a la luz, hasta el punto en que pensó que hiperventilaría en cualquier momento. La congoja y el dolor atravesaban su cuerpo, y podría jurar que una lágrima abandonaría su rostro de improviso, porque sabía que ese dolor no era suyo. Río estaba combatiendo frenético, enfrentándose a quién sabía cuántas bestias con un número mínimo de hombres que para mayor desventaja eran prácticamente en su totalidad betas. Él había llevado consigo a casi todos los alfas, pensando de manera errónea que cualquier problema que asolara Achira sería menor que una misión en la que se necesitaban varios deltas y sus hombres.
— No estás concentrado, Leon. ¿Qué sucede? —la voz de Cassandra se dejó escuchar a su costado izquierdo, agitada un poco debido al galope del caballo.
— Nada —le contestó seco y azotó las riendas para alejarse de ella. No quería centrarse en nada más que las sensaciones provenientes de Río que sentía a través del lazo, esas que le aseguraban que su omega seguía con vida pese a todo el suplicio por el que estaba pasando.
El dolor amainó cerca del atardecer, pero aún continuo presente el resto del día. Su pareja había salido lastimada por culpa de lo que fuera que había enfrentado. Quería golpear algo, a alguien, a sí mismo, lo que fuera. Estaba furioso consigo, porque su trabajo era defender a su familia, a su compañero de vida, pero ahí estaba él, a miles de kilómetros solamente sintiendo el sufrimiento de su muchacho sin poder hacer nada.
Sabía que su omega no era débil y no necesitaba que alguien luchara por él, al contrario, pero eso no le impedía desear con todas sus fuerzas eliminar cualquier peligro hacia el menor, querer que jamás sufriera ni emocional ni físicamente, ponerlo en una caja de cristal, en un trono, o en cualquier lugar donde ningún mal pudiera alcanzarlo.
Se obligó a calmar ese torrente de emociones, no quería que fueran una distracción para Río en su lucha. Dejó su mente en blanco, tratando mejor de pensar o adivinar el escenario fatídico que aguardaba por ellos en Lirian. Ya se acercaban a su destino, por fin después de casi dos días sin detenerse más que para dar de beber y comer a los animales y ellos.
Disminuyendo el paso de los agotados caballos entraron calmados a la ciudad, extrañados porque todo se encontrara en silencio o al menos aparentarlo.
Era de gran ayuda que sus sentidos fueran excepcionalmente buenos y superiores a otros de su género, gracias a ellos pudo escuchar el gruñido bajo que una bestia no pudo retener cuando esperaba el momento justo para emboscarlos. Esta parecía tener un poco más de razonamiento e inteligencia, como las que solían vivir en la Ciudad de Bestias. Si sus suposiciones no eran incorrectas, entonces sus adversarios pensaban mezclarse con las bestias recién involucionadas que se encontraran actuando por instinto.
De manera rápida golpeó a la fiera que arremetió en un segundo, pateando su pecho acolchado por el pelaje en el momento exacto cuando hizo el amago de desmontarse. El caballo relinchó asustado por la lucha desarrollada en su flanco, pero aun así Leon fue capaz de manejarlo como un experto.
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DRAGONES (Borrador)
FantasyRío trabajó durante casi toda su vida bajo las órdenes de la mafia creando así una personalidad un poco retorcida. El peor error que pudo cometer un día dejándose llevar por la avaricia fue robarle a su propio jefe, con quien saldó la deuda cuando l...
