44. DejaVú

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— Creo que es tiempo de que se vayan —dijo Marie con una seriedad nunca antes vista en ella después de que todo se calmara. No. No es que nunca antes la hubiera visto. Por la mente de Río, que ahora trabajaba a gran velocidad, pasaron con rapidez unas cuantas imágenes, como cuando ella lo había protegido una vez en una calle mal iluminada, cuando lo veía llegar sangrante después de algún trabajo, cuando Luna llegó a ellos. ¿Qué eran aquellas imágenes si estaba seguro de que eso nunca había ocurrido?

— Sí. Es hora de que nos vayamos —contestó angustiado Fabián—. Lamento mucho la situación ocurrida —. Declaró realizando una pequeña reverencia para mostrar su respeto y arrepentimiento.

— No es de ti de quién se necesita una disculpa —acusó Río—. Si vuelves a poner un dedo sobre mi familia no vivirás para contárselo a tu novio —. Amenazó furioso. Fue extraño, pero sentía que hacer amenazas para él le resultaba sumamente fácil.

Los extraños se marcharon al instante gracias al apremio de Fabián, y Río no cerró la puerta hasta que dejó de ser observado por ese par de ojos grises amenazantes. Sentía que los había visto en algún lado, pero no recordaba a ninguna persona con esa característica mirada.

Se giró con precaución hacia las mujeres que esperaban por él, casi temiendo que la conversación pasada con ese sujeto causara un rechazo hacia su persona por parte de aquellas dos.

Contrario a lo que esperaba, ambas lo miraban agradecidas, ¿Dónde había visto esa mirada antes? ¿Era de hace unos días? ¿Por qué se sentía que era de muchos años atrás? Sus interrogantes las dejó en el olvido cuando sacudió su cabeza, porque nada de eso importaba, el ahora le ofrecía muchas cosas mejores.

Pero pese a lo optimista que trataba de ser, con el paso de los días las cosas dejaron de ser tan fáciles para él.

A veces, cuando veía a la pequeña Luna bajar saltando las escaleras de la entrada para traerle su ya tan característica botella de leche tenía que mirar dos veces, porque de momentos la imaginaba corriendo hacia él con un hermoso vestido que se utilizaba en las fiestas antiguas y un poco más alta llamándolo a él y a alguien más.

O cuando entre trabajo y trabajo llegaba la hora de sacar la basura, y la imagen de Marie rejuvenecía unos cuántos años confundiéndole. ¿Por qué cada cosa que hacía últimamente le hacía sentir así? Estaba seguro que la imagen de esa señorita risueña que venía hacia él no era Luna, entonces, ¿Quién era? ¿Siquiera era alguien que conocía?

Cuando caminaba hacia el baño para tomar una ducha su vista se fijaba en la pequeña piedra verde decorativa que Marie tenía en ese lugar. Un verde tan hermoso que creía haber visto en otro lado, a veces incluso en sus sueños, entonces sus ojos se centraban durante un par de minutos ahí, hipnotizado.

— Río —el susurro grave en su oreja le produjo un placentero escalofrío logrando que levantara la vista. El reflejo en el espejo le mostró a un guapo hombre de cabellos negros con una penetrante mirada esmeralda, pero cuando se dio la vuelta, aquel sujeto ya no estaba, y las ganas de llorar lo atormentaron todo el día, tal parece que había comenzado a ver fantasmas.

Lo mejor que pudo hacer para deshacerse de esas angustiantes sensaciones fue dedicarse todo el tiempo al trabajo físico, así, cuando se encontrara tan agotado, dejaría atrás todas esas cosas y solo podría dormir. Que mala decisión, porque su cuerpo poco a poco comenzó a pasar factura y sus preciadas muchachas se preocupaban cada vez más.

— Deja de picar mi mejilla, idiota —su cuello dio un giro aterrador cuando escuchó al par de niños jugando en los campos de agricultura esa mañana mientras recogía frutas, esa frase, él la había dicho hace un tiempo, estaba seguro, ¿Pero a quién? Un repentino dolor de cabeza le impidió seguir pensando mientras muchos rostros que no conocía aparecieron frente a él, la sensación de mil agujas en su cráneo debido a eso le quitaban incluso el aliento.

DRAGONES (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora