𝙐𝙣 𝙚𝙨𝙘𝙧𝙞𝙩𝙤𝙧 𝙨𝙞𝙣 𝙞𝙣𝙨𝙥𝙞𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣.
𝙐𝙣 𝙗𝙖𝙟𝙞𝙨𝙩𝙖 𝙘𝙤𝙣 𝙪𝙣 𝙨𝙚𝙘𝙧𝙚𝙩𝙤.
𝙐𝙣 𝙩𝙧𝙖𝙩𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙘𝙖𝙢𝙗𝙞𝙖𝙧𝙖́ 𝙨𝙪𝙨 𝙫𝙞𝙙𝙖𝙨.
La carrera de Yeonsuk Gong está al borde del abismo, y su último intento de salvarla...
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No lo pensé mucho, simplemente improvisé unas cuantas maletas mientras hablaba con uno de los colegas más confiables que había conocido en la editorial; era norteamericano por su madre y coreano por su padre, pero había pasado su adolescencia en Corea del sur, ¿Cómo lo conocí? No solía hablar con muchas personas de la misma empresa debido a la competencia que había incluso dentro de esta, por lo que no tardamos en tener una cierta conexión cuando nos conocimos.
En unas de nuestras charlas me había comentado que estaba considerando vender una propiedad que tenía allá, debido a que la abuela que vivía en esta falleció y le daba algo de pena tener una casa en buen estado, sin uso. Por otro lado, si arrendaba podría ganar dinero extra porque estaba seguro de que sus familiares no le pondrían conflicto a causa de que él era uno de los nietos favoritos de dicha mujer.
En el momento que llamé a su teléfono, fui al punto: "Necesito la casa de tu abuela", fue lo que dije, apenas respondió mis llamados. Le expliqué mi situación sin dar muchos detalles de mi ridícula vida amorosa antes de dar mis razones del porqué necesitaba su ayuda. No iba a negar que me sorprendió que accediera hacerlo cuando en mi mente ya había hecho una lista de tácticas de convencimiento. Después de agradecerle un sin fin de veces, este procedió a explicarme los "peros" que tenía la casa, empezando por el hecho de estar en un "pueblo casi invisible" según él, algo que no le di mucha importancia.
Apenas tuve su confirmación compré mi tiquete a la fecha más cercana posible, boleto que me costó el otro riñón de Jesús con seguro incluido. Durante ese tiempo hice todo el papeleo requerido de mi escape y para cuando llegó la fecha del anhelado vuelo, usando prendas holgadas y cubriendo mi cansado y ojeroso rostro detrás de un cubrebocas, me puse en marcha al aeropuerto.
El verano azotaba a Corea del Sur de manera bochornosa. Por lo que no me extrañó que la gente no dudó en mirarme extraño al notar las fachas en las que estaba llegando al aeropuerto —Sin mencionar que la apariencia siempre era lo más importante en aquel país, en especial, si era una figura pública—. Estaba seguro de que ni siquiera me tomarían como una figura pública, ya que estos normalmente era bien vestidos, incluso para tomar un tonto vuelo. Pero prefería eso a tener a un cúmulo de idiotas con cámaras, queriendo saber por qué mi libro no había llenado las expectativas de la juventud actual.
Era una pregunta que todos conocían la respuesta; sin embargo, si llegase a salir de mis labios, lo que pensaba al respecto crearía polémica. Porque después de todo de eso se vivía en una sociedad donde el chisme era el manjar matutino.
Me quité el cubrebocas en el momento que la puerta principal del avión se cerró, soltando un pesado suspiro, usé la manga para limpiar el sudor que se había acumulado encima de mi labio superior a la vez que maldecía el clima por milésima vez. El cabello se pegaba a mi frente, así que no dudé en sacarme el abrigo antes que el indicativo que exigía ponerse los cinturones se encendiera, cuando eso ocurrió obedecí y lo ajusté bien para mirar de manera pensativa por la ventanilla mientras las azafatas hacían su demostración de los elementos de seguridad a varios pasos de donde me encontraba.