𝙐𝙣 𝙚𝙨𝙘𝙧𝙞𝙩𝙤𝙧 𝙨𝙞𝙣 𝙞𝙣𝙨𝙥𝙞𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣.
𝙐𝙣 𝙗𝙖𝙟𝙞𝙨𝙩𝙖 𝙘𝙤𝙣 𝙪𝙣 𝙨𝙚𝙘𝙧𝙚𝙩𝙤.
𝙐𝙣 𝙩𝙧𝙖𝙩𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙘𝙖𝙢𝙗𝙞𝙖𝙧𝙖́ 𝙨𝙪𝙨 𝙫𝙞𝙙𝙖𝙨.
La carrera de Yeonsuk Gong está al borde del abismo, y su último intento de salvarla...
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Me deshice de mis zapatos al mismo tiempo que el azabache lanzaba sus prendas soltando un gemido ruidoso de gusto. Rodee los ojos ante su exageración, aunque no iba a negarlo. No había mayor satisfacción que aquella de quitarse la ropa de trabajo para andar cómodamente en pijama después de haber tomado una ducha, en caso de Jungsoo, en ropa interior. Eran las dos de mañana y estaba hambriento, somnoliento y cansado. Pero las energías para levantarme a prepararme un refrigerio faltaron. Miré de reojo a Park, quien yacía acomodándose en la cama bocabajo, ocultando sus antebrazos bajo la almohada.
—¿Tuviste que ir al taller hoy? —Arrugando su nariz asintió en forma de respuesta.
—Para mi suerte solo fueron un par de motocicletas por reparar, nada del otro mundo. —Fue mi turno de fruncir la mía.
Había intentado lavar su ropa de trabajo, pero quitar el aceite de sus pantalones, era un caso perdido. Tanto así que todavía siguiendo al pie de la letra los tutoriales que veía en YouTube, terminaba estropeándola aún más. Asimismo, era entonces que lo recibía en la puerta principal con mi expresión de cordero degollado para darle la mala noticia de que había estropeado un pantalón más de su colección. Cuando pensaba que me mandaría al diablo por mi falta de cuidado. Simplemente, me agarraba la cara y después de soltar un suspiro dramático y batir las pestañas como María Antonieta, exclamaba:
«Mi adorable y torpe humano, no digas nada. En tus ojos reconozco el pecado que has cometido, no sufras. Le doy crédito a tu buena voluntad, pero por favor, mantén tus manitos alejadas de mi ropa de trabajo.»
Y era allí, en ese instante en el que nuestros labios se juntaban y vivíamos felices para siempre... Bueno, quizás estaba exagerando las cosas.
Observé su espalda de manera pensativa, apreciando las heridas que había ocasionado mis uñas en su piel a causa de los orgasmos magníficos que aquel hermoso hombre me brindó esa mañana. Recuerdos que me hicieron sonreír.
—Estoy muerto de hambre —confesó con los ojos cerrados, segundos después abrió estos mostrando aquellos oscuros iris luciendo como cachorro bajo la lluvia—. ¿No tienes hambre?
Asentí formando un pequeño puchero en mis labios.
—Pero no me apetece levantarme y tampoco quiero que te levantes. —Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Sabes que para mí no habrá problema. Si mi rey tiene antojos, no dudaré en llenar su estómago. —Me fue inevitable sonreír como idiota.¿Por qué tenía que ser tan adorable?
—Puedo aguantar hasta mañana, no moriremos de hambre si hacemos caso omiso a nuestros estómagos codiciosos. —Me moví de forma que quedé recostado sobre su espalda, casi aplastándole. Aun así, este no se quejó. Clavé mi rostro en su cuello ronroneando mientras mis dedos jugueteaban con su cabello—. Que seas tan lindo conmigo hace que quiera follarte.