Capítulo 5

160 28 22
                                        

Me sorprendió notar que sus rasgos eran asiáticos, estaba seguro cumplía con los estándares Surcoreanos: rostro pequeño y a simple vista simétrico, piel pálida, cejas rectas y oscuras, doble parpado, tabique recto y proporcional a su rostro, mandí...

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Me sorprendió notar que sus rasgos eran asiáticos, estaba seguro cumplía con los estándares Surcoreanos: rostro pequeño y a simple vista simétrico, piel pálida, cejas rectas y oscuras, doble parpado, tabique recto y proporcional a su rostro, mandíbula marcada y labios delicados en forma de corazón. Si me lo cruzaba por la calle juraría por los calzones del apóstol Juan, que sería un cantante providente de ese país; pero esa suposición duraría poco al notar su estilo y por no tener aquel característico acento en su inglés que lo delatara no ser norteamericano o de algún lugar que hablase esa lengua. Dándome así llegar a la conclusión que llevaba tiempo en sitios de habla inglesa. Su boca se entreabrió, dejando a la vista parte superficial de sus dos dientes superiores delanteros, enarqué la ceja a la expectativa, a lo que dirá a continuación volviendo mi vista a sus ojos oscuros. 

—No tiene nicotina —me defendí de manera tosca e inconsciente, antes de que pudiera añadir algo, y al darme cuenta de que estaba justificándome solté un bufido—. ¿Qué demonios te importa de todas formas? Son mis pulmones, el cáncer me dará a mí. 

El contrario se encogió de hombros con una sonrisa ladeada en sus labios. Detalle que por alguna extraña razón terminó irritándome aún más. Volví mi vista al frente metiendo el aparato en al bolsillo, una vez lo apagué dando por terminado mi cita conmigo mismo en aquel lugar. No había algo que me molestara como el infierno que al pasar tiempo a solas tener que aguantar la existencia de otro ser humano en esas circunstancias. O peor aún, que se acercaran a mí con patéticas intenciones de convivir cuando era más que evidente, que al estar solo en una determinada situación daría un claro mensaje al mundo que quería estar de esa forma, ¿Acaso no era obvio o la gente era estúpida? 

—Aun sin nicotina te daña —expresó después de unos pocos segundos. 

—La gente muere todo el tiempo, es inevitable. Un suceso trágico, pero realista, todos moriremos al final sin importar cuanta una persona se cuidó en vida. 

 «He consumido cosas peores que casi me llevaron a eso», pensé con asco. Disgustado de tener que ser parte de esas personas que llegaron ser mentalmente dependientes de sustancias que estaba destruyendo todo a su paso. 

Era como un soldado enamorarse de un campo de minas sin protección. Este dispuesto a dar su vida por algo que podría destruirlo en cuestión de tiempo. 

—¿Esa es tu excusa? —Fruncí el ceño volviendo mi vista a él—. ¿El hecho de que todos moriremos te motiva arruinar tu vida? 

Solté un sonoro bufido. En definitiva, ese sujeto me cayó mal, odiaba la gente entrometida. Odiaba las personas que intentaba hacer cambiar a otras con palabras ridículas y motivadoras, como si el hecho de juzgar fuera ser de gran ayuda. 

 Simplemente patético. 

—No me vengas con sermones. Si vas a robar mis cosas, hazlo, de todas formas no cargo nada conmigo. —Escuchar su carcajada escandalosa me motivó mirarle con una mueca de fastidio; la manera que sus ojos se arrugaban al reírse y el hecho de que esta fuera contagiosa me obligó a apretar los labios reteniendo una traidora sonrisa—. ¿Qué? 

EN DISTINTA SINFONÍAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora