𝙐𝙣 𝙚𝙨𝙘𝙧𝙞𝙩𝙤𝙧 𝙨𝙞𝙣 𝙞𝙣𝙨𝙥𝙞𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣.
𝙐𝙣 𝙗𝙖𝙟𝙞𝙨𝙩𝙖 𝙘𝙤𝙣 𝙪𝙣 𝙨𝙚𝙘𝙧𝙚𝙩𝙤.
𝙐𝙣 𝙩𝙧𝙖𝙩𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙘𝙖𝙢𝙗𝙞𝙖𝙧𝙖́ 𝙨𝙪𝙨 𝙫𝙞𝙙𝙖𝙨.
La carrera de Yeonsuk Gong está al borde del abismo, y su último intento de salvarla...
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Después de acomodar las mesas de la manera que me indicó Noah, les di una rápida limpieza antes de sentarme cerca de la barra, sintiéndome ansioso por dar inicio a mi primer día de trabajo. Mi vista fue en ocasiones al reloj que colgaba detrás del mostrador, eran las 6:04 pm, aún no había clientela. A simple vista eso era bastante normal, además el personal presente se encontraba en sus propios asuntos tomándose todo el tiempo del mundo a alistar sus tareas.
Moviendo mis piernas y mordisqueé distraídamente la uña de mi pulgar mientras veía a la banda afinar los instrumentos, el vocalista se aseguraba que los micrófonos sonaban perfectamente, Johan tocaba de manera suave el piano y Jungsoo jugueteaba con la batería. Volví apreciar su aspecto de manera inconsciente por un instante, momento que duró poco cuando este miró a mi dirección atrapándome viéndole.
Por la esquina de mi ojo aprecié dos nuevas presencias entrar al bar. Eran dos tipos de mediana edad que se sentaron frente al mostrador, me dedicaron un saludo breve para centrar su atención en Natasha. Noah, al notar mi aburrimiento, me envió a llevarles algo para beber a la banda. Tomé las botellas de agua y llevé estas al escenario donde manos de un tercero me ayudaron a recibir estas al llegar.
—Gracias... —Levanté la mirada y fruncí el ceño al notar que era Jungsoo quien me había auxiliado.
—¿Seguro que puedes llevar varias bebidas a la vez? —Al notar la seriedad de su rostro, descarté el presentimiento que quizás se estaba burlando de mí.
Solté un gruñido en respuesta.
—Trabajé como mesero hace unos años. No me subestimes. —Y con eso trajo una nueva duda.
¿Jungsoo sabía que yo era escritor en Corea? ¿Fue él quien le brindó la información a su jefe para contratarme? Era bastante extraño de por sí que me referenciara en un bar cuando apenas habíamos intercambiado palabras en dos ocasiones. Más porque gran parte de esos encuentros se basaron en insultarlo y subestimar su buena voluntad.
—¿Por qué? ¿Estás arrepentido de haberme sugerido con tu jefe? —Fue su turno en arrugar el entrecejo.
Negó con la cabeza en respuesta.
No dijo nada que contradijera mi suposición. Algo que me dio más razones para considerar muchas interrogantes que tenía sobre él. Miré con atención sus acciones que consistieron en abrir la botella y beber largos tragos de esta. Cuando sus ojos se encontraron otra vez con los míos, me extendió la botella invitándome para que hiciera lo mismo, arrugué mi nariz con desagrado haciéndolo reír.
«Tragar de su saliva, no gracias», pensé con disgusto.
Las horas fueron pasando y conforme a eso ocurría la clientela fue llegando y acomodándose dispersa en el salón principal. Pasé gran parte de ese tiempo yendo de un lado al otro trayendo vasos y copas vacías de las mesas que eran abandonadas por los clientes satisfechos para repartir nuevos alcoholes sin siquiera tener descanso para ir al baño. Detalle que con el tiempo me fue imposible ignorar, así que apenas tuve la oportunidad de ir, no dudé en tomarla.