Capítulo 12

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Para cuando mi jornada laboral dio por terminada, emprendí mi caminata de regreso a casa, ignorando las propuestas de los chicos que se daban de voluntarios para llevarme a esta; estaba agradecido por sus preocupaciones, pero para ese punto tenía ...

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Para cuando mi jornada laboral dio por terminada, emprendí mi caminata de regreso a casa, ignorando las propuestas de los chicos que se daban de voluntarios para llevarme a esta; estaba agradecido por sus preocupaciones, pero para ese punto tenía la cabeza echa un lío, quizás el caminar me vendría bien, o al menos eso creía. Sobre todo, el estar a solas. Haciendo tontos mis sentidos que detectaban una posible tormenta. A un kilómetro más tarde, fuertes ventiscas trajeron el aroma a tierra mojada. 

Metí la mano al bolsillo asegurando mi teléfono ante la posible lluvia que me atacaría en el momento menos esperado. Y como fue de aguardar, a medio kilómetro más tarde la ropa se pegaba a mi anatomía como guante de látex, el frío se convirtió como mi segunda piel y no iba a negarlo, era como el demonio; por lo que crucé los brazos sobre mi pecho sintiendo la manera que el granizo azotaba mi espalda sin piedad, no me extrañaría tener algunos hematomas al día siguiente. Pero a pesar de todo eso, la sensación más allá de ser dolorosa mantuvo mi mente masoquista despejada, concentrada en el presente, aun cuando estaba a punto de congelarme consta de ello. 

Mi silueta se reflejó en el asfalto varios metros adelante, asumí que un vehículo se acercaba por detrás, por lo que caminé más cerca a la orilla. Miré por encima del hombro y la luz de una farola me cegó obligándome a entrecerrar los ojos, fruncí el ceño en el momento que esta se detuvo a mi lado; era una motocicleta y, para cuando mi vista volvió acostumbrarse a la mediana iluminación que tenía gracias a los continuos postes de la carretera solté un bufido al reconocer al conductor. 

—En serio no tienes nada de amor propio; fumas, bebes y te expones a la lluvia pasada la madrugada —se mofó Park cruzándose de brazos—. Por más que intento entenderte no logro hacerlo... ¿Tan aburrido estás de vivir? No es por juzgarte, pero si el rumor de que fuiste suicida en el pasado llegase a mí me lo creería. 

—¿Qué estás haciendo aquí? —Su chaqueta de cuero crujió a cada movimiento que realizaba. Y con ello, trajo el recuerdo de él besándose con Natasha. 

Mi vientre se revolvió cuando la imagen de ello vino a mi cerebro, mi mente volvió hacerse un desastre sin razón aparente, ¿Por qué me afectaba de todos modos?, ¿cuál era la razón por la que al verlo mi mente me hiciera pensar en esa escena en concreto? Quizás era la impresión. 

—Voy a casa, ¿No es obvio? —Fruncí el ceño. 

Tenía entendido que la banda con normalidad se podía marchar a medianoche por su cuenta, así que verlo a la tres de la mañana en una avenida con su ropa empapada me hizo cuestionar muchas cosas. Y su presencia allí no eran las que estaban encabezando en la lista. 

—¿Alguien te mandó, verdad? —Esa sonrisa arrogante me lo confirmó, estaba seguro de que tuvo que ser Noah, o peor aún. El jefe—. ¿Quién fue? ¿Dawson? 

Negó con la cabeza apoyando sus codos en los manillares de la moto a la vez que me miraba como si yo le pareciera la cosa más extraña y divertida del mundo. Las ganas de seguir mi camino por mi cuenta, ignorando su existencia, pasaron de manera fugaz por mi mente, pero estaba seguro de que él me seguiría y solo su presencia haría que mi regreso a casa fuera más insoportable. 

EN DISTINTA SINFONÍADonde viven las historias. Descúbrelo ahora