La muerte de mi hermano
Era abril de 1957. Yo tenía cinco años cuando mi hermano Neto —el mismo que había sobrevivido milagrosamente antes de nacer— enfermó de gravedad. Una infección estomacal lo debilitó rápidamente. Mis padres lo llevaron con el doctor del pueblo, quien, al ver la urgencia, recomendó trasladarlo a Guadalajara y se ofreció a llevarlos en su propio coche. Pero el destino fue cruel: el niño estaba tan grave que murió en el camino.
En casa, mi abuela Ramona, madre de mi mamá, se había quedado a cuidarnos. Cuando mis padres regresaron con el cuerpo de Neto, mi madre lo traía aferrado contra su pecho, llorando con un dolor desgarrador. Mi padre también dejó escapar lágrimas silenciosas, y mi abuela, al verlos, rompió en llanto. Yo, confundida, pregunté:
—¿Por qué lloran?
—Porque Neto se fue al cielo —me respondieron.
Yo, con la ingenuidad de mis cinco años, pensé: ¿Cómo que se fue al cielo, si ahí lo trae mi mamá bien abrazado?
No sé cuánto tiempo pasó, pero pronto comenzaron a preparar la primera pieza de la casa. Sobre una mesa colocaron una sábana blanca y una almohadita, y ahí acostaron al niño. Al rato llegó su madrina de bautizo y lo vistió con un trajecito de santo, creo que de San José, como era la costumbre de esos años. Poco a poco la gente empezó a llegar con flores, que colocaban alrededor de su cuerpecito. Se veía hermoso, rodeado de colores y aromas.
Para mí, todo aquello parecía un acontecimiento, casi como una fiesta. Al caer la tarde, la casa se llenó de personas. Unos traían café, otros canela y azúcar; algunos hombres llegaban con botellas de tequila. Más tarde, el panadero apareció con una gran canasta de pan dulce. Tres tías se ofrecieron a repartir: una llevaba el café, otra el pan y la tercera el tequila, ofreciendo a los asistentes con respeto y cariño.
—¿Gustan un jarrito de café? —Sí, cómo no, gracias. —¿Con piquete o sin piquete?
Cuando alguien pedía "con piquete", le servían un chorro de tequila en el café. La otra tía repartía pan, y así transcurrió la noche. Yo no sé a qué hora me dormí; lo único que recuerdo es que tomé mucho café con pan, pues nadie me decía que ya no había, y yo me aprovechaba de la abundancia.
Al amanecer llegó el carpintero del pueblo, a quien llamábamos Lion —supongo que su nombre era León—. Se acercó a la mesa donde descansaba el cuerpo del niño, retiró las flores y con su metro tomó las medidas. Susurró unas palabras a mi padre y se marchó. Después de la comida regresó con una caja de madera blanca, del tamaño exacto de Neto. Al verla, mi madre rompió en llanto, y otras personas también lloraron. Mi padre y un vecino colocaron al niño dentro de la caja y la cerraron con cuidado.
Mi abuela nos dio flores a todos los niños. Un hombre muy querido por Neto, apodado "el Torito", cargó la caja sobre su cabeza y salió de la casa. Yo, intrigada, pregunté:
—¿A dónde lleva el Torito a Neto?
—Vente, vamos al entierro —me respondió mi abuela.
Esa palabra era desconocida para mí. Caminamos detrás del cortejo. Un señor iba lanzando cohetes, como era tradición en el pueblo. La gente, al escuchar los estallidos, salía a la puerta y decía:
—Mira, ahí va un angelito.
Llegamos al panteón y entramos a la sala de descanso. En medio había una plancha de cemento donde colocaron el ataúd. Lo abrieron para que la gente pudiera despedirse por última vez. Después de que todos pasaron, lo condujeron a la tumba. Mi madre iba deshecha en llanto. Cuando lo bajaron al hoyo, yo no lo podía creer. Pensaba: ¿Cómo se va a salir Neto de ahí? Pero no me atreví a preguntar nada en ese momento tan dramático.
Al terminar de cubrir la tumba, colocamos las flores. La gente comenzó a retirarse, quedando solo la familia más cercana. Mi madre no podía despegarse de la tierra recién removida; se acostó sobre la tumba, llorando desconsoladamente.
El regreso y la visión de mi madre
Del regreso no guardo memoria; solo sé que en los días siguientes mi madre se la pasaba llorando sin descanso. Se puso muy mal de los nervios: la desesperación por ver al niño la hacía dejar lo que estuviera haciendo y salir corriendo hacia el panteón, donde se abrazaba a la tumba de mi hermano. A veces, rascaba la tierra con las uñas, como si quisiera desenterrarlo, hasta que alguien iba por ella y la traía de vuelta a casa.
No sé cuánto tiempo pasó, pero un día, mientras hacía tortillas —y por supuesto lloraba—, tuvo una visión que marcó su vida. De pronto vio al niño, paradito frente a ella, con una vasija de barro en las manos. No sintió miedo, al contrario, se llenó de júbilo.
—¡Hijo, estás vivo! —exclamó, queriendo correr a abrazarlo, aunque sus pies no se movieron.
Entonces mi hermano le habló con voz serena:
—Ya no llores. ¿Por qué no me dejas ir a donde tengo que estar?
La impresión fue tan grande que mi madre perdió el sentido. En los días siguientes ya no lloraba, pero comenzaron a darle ataques: se quedaba privada del conocimiento por varios minutos. El doctor del pueblo aconsejó llevarla a la ciudad con un especialista. Allí le dieron medicina y, poco a poco, quedó curada de los nervios.
Reflexión
La muerte de Neto fue el primer encuentro que tuve con la fragilidad de la vida. En mi niñez, no comprendía del todo lo que significaba "irse al cielo"; veía a mi madre abrazada a su cuerpecito y pensaba que todo podía volver a ser como antes. Pero con el tiempo entendí que aquel dolor, tan profundo y desgarrador, también nos enseñó a valorar la memoria y el amor que permanecen.
La visión que mi madre tuvo de él, con la vasija de barro en las manos, fue más que un consuelo: fue un mensaje de paz, una despedida que le permitió seguir adelante. Desde entonces aprendí que la muerte no borra lo vivido, que los recuerdos se convierten en raíces y que, de algún modo, quienes amamos nunca se van del todo.
Hoy, al escribir estas páginas, sé que aquel episodio marcó mi manera de entender la vida y la muerte: como un tránsito inevitable, pero también como un puente hacia la memoria, donde los ausentes siguen acompañándonos.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
