Parte/IX Semana santa

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Semana Santa

Al siguiente día del martes de carnaval, el pueblo amanecía desolado. Las personas volvían a sus actividades habituales: los hombres regresaban al trabajo, las mujeres a las labores del hogar y los niños a la escuela.

El centro del pueblo, sin embargo, se veía muy activo. Varios trabajadores del ayuntamiento se daban a la tarea de dejar todo como estaba antes de la gran fiesta. Los revoltosos que habían caído presos y no tenían dinero para pagar la multa se ganaban la libertad barriendo las calles. El pueblo siempre se destacó por la limpieza de sus calles: podría ser humilde, pero nunca sucio.

El martirio de la cuaresma

Miércoles de ceniza

En esos años casi el cien por ciento de los pobladores practicábamos la religión católica, por la tarde los padres de familia acudían al templo con sus hijos para recibir la ceniza.

Para mí, en cambio, ese día marcaba el inicio de un verdadero martirio. No me gustaban para nada esas festividades. Mi mamá, como buena católica, nos obligaba a ayunar. El ayuno consistía en la mañana un jarro de café con un pan —cuando había— o, si no, un taco de frijoles, y nada más. Para nosotros, que comíamos tanto, aquello era insufrible.

A las doce del día nos daba la comida, todo lo que pudiéramos comer. Lo malo era que a mí no me gustaba la comida de cuaresma: tortas de camarón, caldo de pescado (michi), habas, lentejas, garbanzos... nada de eso era de mi gusto. Pero teníamos que comer, porque si no mi mamá nos regañaba y nos recriminaba diciéndonos...

—¡Ay, tantos niños que no tienen qué comer y ustedes despreciando la comida! —nos recriminaba mi mamá.

Lo único que me gustaba era la capirotada, el arroz con leche y el atole gordo. Pero si no comíamos lo anterior, no nos daban el postre. Ese era el motivo por el que yo sentía esos días como un verdadero martirio. El miércoles de ceniza era obligatorio ayunar, y todos los viernes de la cuaresma también.

El martirio mayor llegaba cuando empezaba la Semana Santa. Todo se volvía solemne, empezando por la iglesia: se cubrían las imágenes de los santos con telas moradas, no tocaban las campanas y los llamados a los actos religiosos se hacían con matracas. El jueves y el viernes santo la iglesia prohibía realizar labores pesadas en la casa, como lavar o planchar. Los niños ya no podíamos jugar; nos tenían oyendo el radio, capítulo tras capítulo de la Semana Mayor. Y si por casualidad nos peleábamos —lo más común entre hermanos— mi mamá nos hincaba y nos ponía a rezar. ¡Qué crueldad! En esos años los niños no teníamos derechos.

La Semana Mayor

Cuando mi mamá no podía asistir al templo, por causa de sus continuas cuarentenas por la llegada de un nuevo miembro de la familia, nos mandaba a sus hijos a todos los eventos de la iglesia. Teníamos que darle santo y seña de todo lo que se decía y pasaba en la ceremonia, porque al llegar a la casa nos preguntaba: —¿Qué dijo el padre? —Nos contó la historia de cuando apresaron a Jesús. —A ver, platíquenme cómo sucedió.

Ahí nos tenía relatándole palabra por palabra lo que habíamos escuchado y visto.

El jueves santo acudíamos al lavado de pies de los doce apóstoles y hacíamos las siete visitas. Ese día abrían el templo que estaba al lado de la parroquia —al que llamábamos el templo chiquito, aunque no sé cómo se llama— y también el santuario de Guadalupe. Íbamos recorriendo cada uno hasta completar las siete visitas.

El viernes asistíamos a las siete palabras, las tres caídas, la crucifixión de Jesús y, posteriormente, a darle el pésame a la Virgen María. En el atrio colocaban la imagen de Jesucristo sobre una mesa y las personas pasábamos a besarla. Para mí esa semana se hacía eterna.

Pero al fin llegaba el sábado de gloria. Ese día nos mojábamos todos los niños y también los jóvenes, gritando "¡sábado de gloria!". En el atrio de la parroquia ponían una tumba hecha con lajas de cantera, y durante la ceremonia el padre explicaba que Jesús había resucitado.

Pero ahí no terminaba todo.

La vigilia pascual

Por la noche íbamos al templo a esperar la resurrección del Señor. Así lo recuerdo: el evento comenzaba con una fogata afuera del templo. No sé qué significaba; si el padre lo explicaba, nunca puse atención. Cuando el fuego se apagaba, entrábamos al templo con un cirio o una vela encendida, pues todo estaba en completa oscuridad.

Las personas llevaban sus imágenes de vírgenes, santos y santas, y el sacerdote las bendecía. Mientras esperábamos la resurrección, el padre hacía un recuento de la pasión de Cristo. Yo, cansada, terminaba quedándome dormida.

A las doce de la noche se encendían las luces del templo: aquello significaba que se abría la gloria. Les quitaban las mantas moradas a los santos y comenzaba el domingo de resurrección. Y todo volvía a la normalidad.

La Judea en casa

En una casa del pueblo —no sé quién vivía ahí— representaban la Judea. Allí, personas vestidas de romanos y judíos recreaban los pasajes de la pasión de Cristo. Lo que más me impresionaba era ver al joven que representaba a Jesús en la cruz. Todo se hacía dentro de la casa, no salían a la calle, pero aun así la escena quedó grabada en mi memoria.

Reflexión:

Aquellas representaciones caseras de la Judea, aunque sencillas y sin salir a la calle, eran un reflejo del fervor religioso que impregnaba la vida del pueblo. Ver al joven en la cruz, aunque fuera una dramatización improvisada, dejaba una huella profunda en la imaginación infantil: era la manera en que la comunidad hacía suyo el relato de la pasión de Cristo, trayéndolo a la intimidad de los hogares.

Hoy comprendo que esas escenificaciones, más allá de su rigor o fidelidad, eran actos de fe compartida. En ellas se mezclaban la devoción, la creatividad popular y el deseo de mantener vivas las tradiciones. Para los niños, podían ser motivo de impresión o incluso de temor; para los adultos, eran un recordatorio de la solemnidad de la Semana Santa.

"Flores en la plaza"

En agosto llegaba el tiempo de los nardos, unas flores muy bonitas con un olor intenso. Los domingos, las muchachas compraban su ramito y empezaban a dar vueltas en la plaza. Los muchachos se acercaban y les decían: —¿Me presta una flor?

Las muchachas se la daban, y a la vuelta el muchacho no solo devolvía una flor, sino varias. La joven que juntaba más flores era la que más suerte tenía con los jóvenes. Era una tradición alegre, llena de coquetería y perfume.

Reflexión:

Agosto me enseñó que la vida del pueblo se vivía entre la tradición y la rutina. Los nardos en la plaza eran símbolo de juventud y esperanza, mientras en casa la realidad era trabajo y responsabilidades. 

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora