En mis tiempos solo cursábamos un año de kínder. Había dos escuelas de gobierno: la María Monrroy, exclusiva para niñas, y la Everardo Topete, para niños. También existían dos colegios particulares: el Colegio América para niñas y el Colegio Fray Andrés de Córdoba para niños. Los padres que podían pagar la colegiatura inscribían allí a sus hijos; quienes tenían menos recursos los enviaban a las escuelas de gobierno; y los más modestos recurrían a las escuelitas particulares, que eran las más económicas.
Estas escuelitas no exigían uniforme ni libros costosos. Algunas maestras jubiladas acondicionaban un salón en su propia casa y, por un módico precio, enseñaban a los niños. Recuerdo dos: el de las señoritas Gauna y el de la señorita Olimpia. Estas eran mixtas.
Mis dos hermanas mayores cursaron parvulito con las maestras Gauna, de quienes decían que eran muy estrictas. Después mi mamá nos inscribió con la señorita Olimpia. Primero asistió mi hermana Chuy, la mayor de la familia; luego Luz; y finalmente yo. No recuerdo hasta qué grado escolar enseñaba la seño Olimpia creo que hasta tercer grado.
La escuela de la seño Olimpia
La maestra Olimpia estaba casada con don José, carpintero de oficio. Vivían en una casa grande con un corral lleno de árboles frutales. La casa servía de hogar, carpintería y escuela. Los alumnos entrábamos por la carpintería, y aún guardo en la memoria el olor penetrante de la madera recién cortada.
Olimpia ya no era joven. De estatura media, peinaba su cabello en el típico chongo. Tenía una mirada severa y una verruga con un pelo en el lado derecho del labio que imponía respeto. Además, sufría un problema intestinal que no podía controlar: cuando se agachaba, se le escapaban gases sin sentir. Los niños, entre risas contenidas, susurrábamos: "La maestra se echó un pedo".
Don José, algo calvo, lucía el poco cabello que le quedaba completamente blanco. No recuerdo si tenían hijos; en ese tiempo solo los veía a ellos dos.
La casa tenía un corredor grande que servía de cocina y salón de clases. La señora se las ingeniaba para impartir lecciones mientras atendía las labores del hogar. Yo no estaba muy conforme con el cambio de escuela: de un kínder bonito y acogedor pasé al corral de la maestra Olimpia, donde bajo un tejaban estaban los niños de parvulito, los que aún no sabíamos leer.
Por fortuna, a mí no me tocó la temida seño Olimpia. Mi maestra fue Lupe, una joven muy bonita, de sonrisa luminosa y cabello largo y abundante, que peinaba en una sola trenza, igual que la maestra del kínder. Ella fue mi alivio en aquel nuevo mundo.
El primer día en la escuelita
Yo no me sentía nada a gusto en aquella escuelita. El primer día de clases le pedí permiso a la maestra para ir al baño.
—Seño, ¿me da permiso de ir a hacer de las aguas? —Espérame un momentito para acompañarte. —Es que ya me anda. —Está bien, pero ve con cuidado.
En lugar de ir al baño, me dirigí a la carpintería. Tuve la suerte de que en ese momento no había nadie y aproveché para salir de la escuela. Caminaba muy asustada, pero no me regresaba. Una señora que salió de su casa me vio la cara de susto y me preguntó:
—Niña, ¿andas perdida? —Me quiero ir con mi mamá. —¿De dónde vienes?
Yo no respondía.
—¿Con quién viniste? —Mis hermanas están con la seño Olimpia.
La señora me dijo:
—Mira, siéntate aquí en el batiente de la puerta. Cuando salgan tus hermanas de la escuela las verás y ellas te llevarán con tu mamá.
Me dio una paleta de dulce y yo, muy contenta, ya me iba a sentar cuando apareció don José, el esposo de la seño Olimpia.
—¡Aquí estás! —me dijo con mirada severa—. Esta niña traviesa se salió de la escuela. Gracias por entretenerla.
La señora respondió:
—No se preocupe, don José. Adiós, niña, ya no te salgas de la escuela porque te puede robar un robachicos.
Cuando llegamos a la escuela, don José me advirtió:
—Si te vuelves a salir, te voy a amarrar de la pata del banco de la carpintería.
¡Uy! Me dio tanto miedo que nunca más intenté escaparme.
Éramos un grupo pequeño de niños. La maestra inició la clase dibujando en el pizarrón un palito, un bastoncito y un círculo. Después, con una regla, los señalaba y nos decía...
Aprendiendo a leer y escribir
—Repitan conmigo: palito, bastoncito, circulito.
Así comenzaban las clases. La maestra nos ponía la muestra en el cuaderno y llenábamos planas y planas hasta que nos salían derechitos y bonitos. Después siguieron las vocales: las repetíamos una y otra vez —a, e, i, o, u— hasta terminar diciendo entre risas: "El burro sabe más que tú". Nos divertía tanto que aprendíamos sin sentirlo.
La maestra, paciente y creativa, nos dibujaba figuras para asociar cada vocal:
Un niño gritando: A, A, A.
Un viejito con la mano en el oído: E, E, E.
Un ratoncito chillando: I, I, I.
Un hombre en un caballo jalando la soga: O, O, O.
Un trenecito echando humo: U, U, U.
El método era divertido y efectivo; pronto dominamos las vocales y seguimos con el abecedario. Repetíamos: a de agua, b de burro, v de vaca, k de kiosco, q de queso, c de coco, d de dedo... hasta llegar a la "z". Al terminar, decíamos entre carcajadas: "Ráscate la maceta con un pedazo de galleta".
Cuando ya sabíamos el abecedario, empezamos con el silabario: ba, be, bi, bo, bu, y así con todas las letras. Después vino la lectura. La maestra se sentaba en una silla, colocaba el libro en sus rodillas y nosotros, hincados, deletreábamos frases: ese oso es mío, mi mamá me mima.
Al terminar el año escolar, yo ya sabía leer y escribir.
Las lecciones con la seño Olimpia
La maestra Olimpia se auxiliaba de un libro. Apuntaba las lecciones en el pizarrón y los niños las copiábamos en el cuaderno. Teníamos que aprendérnoslas de memoria. Mientras estudiábamos, ella se ponía a preparar la comida; el aroma de los guisos llenaba el corredor y nos despertaba el hambre.
Cuando la comida estaba en el fuego, la maestra nos iba tomando la lección uno por uno. El niño que la daba correctamente podía salir a su casa. Pero si alguien no la sabía, lo dejaba parado hasta que la aprendiera. Más de una vez mis hermanas tuvieron que quedarse, y yo también, esperando a que terminaran.
Mientras ella y su esposo comían, nosotros seguíamos allí, con el estómago vacío. Ni siquiera ofrecía un taquito. Para mí, aquella actitud era cruel, y así la recuerdo: una mujer severa, que enseñaba con disciplina, pero sin la ternura que uno espera de una maestra.
Reflexión
La escuela de la seño Olimpia me enseñó que aprender no siempre era un camino cómodo. Entre el olor de la comida que nunca compartía y la rigidez de sus métodos, descubrí que la disciplina podía ser tan dura como el hambre. Sin embargo, esas experiencias dejaron huella: me mostraron que el conocimiento exige esfuerzo y paciencia, aunque a veces falte ternura. Hoy, al recordar, comprendo que aquellas maestras, con sus virtudes y defectos, fueron parte de un tiempo en que la enseñanza se sostenía más en la voluntad que en los recursos. Y aunque yo sentía a la seño Olimpia como una mujer cruel, también reconozco que su severidad formó parte de la raíz de mi aprendizaje. En contraste, la dulzura de otras maestras me enseñó que la educación florece mejor cuando se acompaña de humanidad.
ESTÁS LEYENDO
Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
