Parte/XXVII Luz Mi hermana

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Mi hermana Luz

"La compañera de aventuras"

Ella es muy importante para mí. Fue mi compañera de juegos, mi defensora. Si alguna compañera me hacía algo en la escuela, yo me quejaba con ella: —Fulanita me hizo esto. —Vete a tu salón, a la salida la agarramos.

Mis enemigas le tenían miedo. Con solo decirles: "Le voy a decir a mi hermana Luz", bastaba para que me dejaran en paz.

Era la que siempre me animaba a aventurarnos sin permiso a todas partes. Me decía: —Si pedimos permiso no nos van a dejar ir, mejor vámonos. Al cabo, si nos pegan, nada más nos va a doler un poquito.

Ella me animaba a hacer barbaridad y media. En una ocasión que fuimos al circo, quisimos ser cirqueras. Se subió a un árbol, se colgó de los pies y se balanceaba. Se bajó y me dijo: —Ahora tú. —Tengo miedo. —No tengas miedo, si te caes yo te cacho.

Me subí al árbol, pero yo no tenía la habilidad que ella tenía. Me caí de cabeza y ella intentó cacharme como dijo, pero las dos terminamos en el suelo. Al menos me aminoró el golpe.

Ella me enseñó a esquivar los fajazos. Me decía: —Cuando mi mamá te dé el fajazo, sumes las nalgas y con el vestido no te duele tanto.

También me consolaba cuando mi mamá me regañaba: —No le hagas caso, al ratito se le olvida.

Reflexión:

Luz fue mi cómplice, mi defensora y mi compañera de aventuras. Su valentía me impulsaba a atreverme, su ingenio me enseñaba a resistir, y su cariño me consolaba en los momentos difíciles. Hoy la recuerdo como la hermana que me dio fuerza y alegría, la chispa que convirtió la infancia en un juego lleno de complicidad.

Mi hermano Santos

"El niño esperado"

Él fue el cuarto hermano, el niño esperado por mi papá. Obviamente le dieron poder sobre las hermanas: era el hombre de la casa, el encargado de que nos portáramos bien.

Pero también fue nuestro defensor. Siempre salía en nuestra defensa y era compañero de juegos. En nuestras fantasías infantiles hacía el papel de papá. Siempre le decíamos: —Tú vas a ser nuestro marido de mentiritas.

Reflexión:

Santos representaba la figura masculina dentro de un hogar lleno de hermanas. Aunque se le dio autoridad, nunca dejó de ser protector y juguetón. Su papel de "hombre de la casa" lo convirtió en un hermano que equilibraba disciplina y cariño, y en nuestras travesuras infantiles fue el cómplice que jugaba a ser padre, pero sin perder la ternura de ser hermano.

La beba en turno

"El columpio y los olotes"

En una de tantas casas en que vivimos, nos tocó estar cerca de la estación del tren. Allí había una unidad con columpios, resbaladeros, sube y baja, y una cancha de basquetbol que también se convertía en voleibol. Era la primera que había en el pueblo.

Un día le pedimos permiso a mi mamá: —Ama, ¿nos das permiso de ir a la unidad, Luz y yo?

Mi hermana Luz y yo siempre andábamos juntas. Mi mamá nos dijo: —Sí van, pero tienen que llevarse a la niña.

La chiquita en turno era mi hermana Yola. Tenía menos de un año y ya se sentaba solita.

Cuando llegamos a la unidad queríamos subirnos a los juegos. Yo le dije a Luz: —¡Tú cuídala mientras yo me subo! —¡Ah mira qué chistosa, primero yo me subo! —me contestó.

Queríamos subirnos las dos al mismo tiempo. Entonces Luz dijo: —¡Ya sé! Hay que subirla al columpio y le damos una paseada grande. Mientras ella se pasea, nosotras nos subimos al sube y baja. —¡Ándale pues!

En ese tiempo no había columpios de sillita como ahora. La subimos, le pusimos las manitas en la cadena y la amarramos con un rebozo. Le dimos una columpiada muy grande... y no, pues nada más voló la mocosa. El rebozo no sirvió de nada.

Gracias a Dios que había un montón de olotes: ahí cayó. No se alcanzó a descalabrar, pero empezó a llorar. Nos regresamos a la casa muy asustadas.

"El chipote y la verdad descubierta"

—¡Híjole, y ahora qué le vamos a decir a mi mamá! —Espérate, no hay que decirle nada. Mira, ya se está durmiendo. Cuando lleguemos a la casa la acostamos y ya.

Para cuando llegamos, la niña traía un chipotote en la frente. Efectivamente ya estaba dormida. Mi mamá nos dijo: —Ya llegaron, tráiganme a la niña para darle de comer. —Es que ya está dormida. —Pues acuéstenla y cuando despierte le doy de comer.

Así pasó un buen rato. Nosotras ya estábamos jugando muy tranquilas, cuando de repente oímos a mi mamá gritarnos: —¡Luz Elena, Rosa!

¡Híjole! Ya que nos decía por el nombre completo era porque estaba bien enojada. A mí me decía Rosita.

—¡Qué hijos de la chin... le hicieron a la niña! —Pos sabe qué le pasaría. Nosotras, cuando la trajimos, venía bien.

La salvadora tía Petra"

—¡Qué bien ni que la chin... ahorita me la van a pagar, van a ver! —gritaba mi mamá, lista para castigarnos.

En eso llegó nuestra salvadora: mi tía Petra. —¿Ahora qué hicieron estas niñas? —¡Mire nada más cómo trajeron a la niña! Yo creo que la tumbaron, pero ahora mismo les voy a poner una buena chinga, para que otra vez tengan más cuidado.

Mi tía, con calma, respondió: —Cálmate. Ellas no tienen la culpa. La culpa la tienes tú por andarte ateniendo. Ellas están chicas todavía como para hacerse responsables de una criatura.

Y por esa ocasión, mi tía nos salvó de una cueriza, ja, ja, ja.

Reflexión:

La intervención de mi tía Petra fue providencial. Ella entendía que éramos niñas y que la responsabilidad de cuidar a una bebé no podía recaer en nosotras. Su voz firme y protectora nos libró de un castigo seguro. Hoy la recuerdo como esa figura que equilibraba la severidad de mi madre con la comprensión, y que nos enseñó que la familia también se protege entre sí.

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