Parte/XXIX celosa

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"Los celos de Concha"

Siguiendo con los recuerdos: mi papá era muy mujeriego y mi mamá muy celosa.

Como ya lo he dicho, en el pueblo no había agua en todas las casas. Las personas que sí tenían la compartían con quienes no. En los pueblos la gente es muy noble, dicen: —El agua no se le niega a nadie.

No había desconfianza de que fueran a robar. La casa donde vivíamos era una de las privilegiadas que tenían agua. Las personas siempre tenían las puertas abiertas, sin miedo, porque no había rateros.

Ese día de los acontecimientos, mi mamá estaba en la cocina cuando llegaron dos mujeres a pedir agua. Desde la cocina les contestó: —Pasen, por favor.

(Nota: a mi papá le decían "el jardinero" porque cuando estaba joven había sido el jardinero de la plaza del pueblo. Para acortar el nombre, le decían simplemente "el Jardi").

"El cántaro y los celos"

En la cocina había una bardita donde las mujeres ponían sus cántaros para descansar. Así lo hicieron las dos que habían llegado por agua. Mi mamá suponía que eran sus vecinas, pero pronto escuchó una conversación que la dejó helada.

—¡Mira mis zapatos qué chulos, me los compró el Jardi! —dijo una de ellas.

Al oír el nombre de mi papá, mi mamá se quedó escuchando con más atención. Las mujeres seguían platicando: —¡Ay, ¡qué bonitos están! —No, y si vieras qué bueno es conmigo. Me quiere mucho, me compra todo lo que le pido, y es tan bueno en la cama...

No, pues mi mamá ya no esperó más. Salió de la cocina y le dijo a la mujer: —Así que el Jardi es tu querido. Pues fíjate que yo soy su esposa y no voy a permitir que te vengas a burlar de mí en mi propia casa.

Diciendo esto, agarró el cántaro que descansaba en la bardita y se lo quebró en la cabeza con todo y agua. La mujer cayó al suelo desmayada, llena de sangre. Mi mamá la agarró de los pies y la sacó a la calle. La otra mujer empezó a gritar desesperada: —¡La mataste, la mataste!

"El desenlace inesperado"

—¡Y a ti también te voy a hacer lo mismo, hija de la chingada! —gritó mi mamá.

La otra mujer salió corriendo de la casa y poco después volvió acompañada por dos policías. Se llevaron a mi mamá detenida. Luego avisaron a mi abuela.

Gracias a Dios, la mujer solo estaba desmayada, con una gran descalabrada en la cabeza.

Mi mamá salió libre porque se comprobó que la mujer había ido a provocarla. El desenlace de la historia nunca lo supe. Solo Dios sabrá cómo le fue a mi papá con mi mamá... o a mi mamá con mi papá, ja, ja, ja.

Reflexión:

Este episodio muestra hasta dónde podían llegar los celos y la rabia, pero también cómo las costumbres del pueblo y la intervención de la autoridad daban un giro inesperado a las historias familiares. Para nosotras, hijas, quedó como una anécdota fuerte, casi increíble, que se contaba con mezcla de miedo y risa.

La cuarentena

"El descanso obligado"

Como ya dije al principio, mis padres procrearon varios hijos, motivo por el cual la pobre de mi madre pasaba la mayor parte del tiempo embarazada o en cuarentena. Porque eso sí, las señoras de aquel tiempo se cuidaban: duraban quince días sin salir de su cuarto.

Aunque pensándolo bien, yo creo que a ella le gustaba estar en espera de bebé, ya que las cuarentenas le servían para descansar. Le llevaban la comida a la cama. Siempre iba una tía para atender las labores del hogar y cuidar de los hijos ya nacidos. Ella decía: —Voy a asistir a Concha.

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