"La llegada de la familia a Tlaquepaque"
Mientras yo trabajaba en aquella casa, surgieron algunos acontecimientos que vale la pena recordar. Uno de ellos fue que, por fin, a mi papá lo liquidaron. En breve tiempo empacaron sus pertenencias y se vinieron a la capital. Llegaron a la casa de unos compadres que vivían en San Pedro Tlaquepaque: don Abelino y su esposa Eufrosina.
Antes de este acontecimiento, la última vez que fui a visitarlos al pueblo me dijeron: —La próxima vez que te toque salir de tu trabajo ya no vengas al pueblo, te vas con tus hermanas a San Pedro Tlaquepaque.
Nos dieron la dirección y las señas de cómo llegar a la casa. El domingo que nos tocó salir, nos fuimos a San Pedro. Sí dimos con la dirección. Cuando llegamos, nos presentaron. Vi la casa y me pregunté a mí misma: —¡Santo inmortal! ¿Dónde vamos a dormir?
Los compadres tenían el mismo número de hijos que mis papás, y la casita era muy pequeña. No recuerdo todos los nombres, pero la hija mayor se llamaba Concha, la otra Leti, seguían dos hombres y otros chiquillos y chiquillas.
La casa tenía tres recámaras, la cocina, el baño —que por puerta tenía una cortina, con muchas marcas de que la usaban como papel higiénico— y un corral. Era toda la casa. La primera recámara, la de la entrada, tenía una cama, y ahí dormimos todas las mujeres, cinco en total, como salchichas empacadas.
Esa noche, profundamente dormida, en la madrugada me despertó el ruido de una sirena y campanadas...
El incendio en Tlaquepaque"
Desperté y no había nadie en la cama. Oí mucho barullo en la calle, salí a ver qué pasaba: la casa contigua se estaba quemando. Salían unas llamaradas enormes. Inmediatamente me acordé del incendio que provoqué en la casa de mi abuela...
Afortunadamente no llegó a mayores. Los dueños de la casa estaban afuera, viendo con mucha tristeza cómo su patrimonio se consumía en el fuego. Los compadres de mis papás, como buenos vecinos, los invitaron a dormir en su casa mientras veían qué iban a hacer.
Ya se imaginarán el montón de gente: de por sí éramos muchos, y ahora con los vecinos, la casa parecía un hormiguero. Por suerte yo solo me iba a quedar lo que quedaba de la madrugada. Ya en la mañana nos levantamos y nos fuimos a trabajar.
Reflexión:
Este episodio muestra la fragilidad de la vida urbana: en un instante, el fuego podía arrebatarlo todo. La solidaridad de los vecinos fue un alivio, pero también un recordatorio de que la ciudad, con sus sirenas y campanadas, traía consigo peligros desconocidos. Para mí, el incendio fue un eco de la infancia en el rancho, una advertencia de que la vida siempre podía cambiar de golpe.
"Primera casa"
El siguiente domingo que me tocó salir, llegué a la casa de los compadres y me dijeron: —Tus papás ya se cambiaron a una casa cerca de aquí.
La casa estaba por la calle Camarena. Era muy bonita: tenía un pasillo con piso de mosaico amarillo, en medio un patio, enfrente el comedor y a un lado la cocina. Entrando por el pasillo, a la izquierda estaban las tres recámaras, todas en hilerita, y al final el baño con regadera.
Lo que no me gustó fue que mis papás se pusieron a vender cena, porque mi papá todavía no encontraba trabajo. Me pusieron a ayudarles. Tenían muchos clientes, pero era una regalada friega. Afortunadamente fue poco tiempo, porque mi papá encontró empleo en el mercado Corona, como chófer de una abarrotera.
El primer domingo que pasé en San Pedro, las hijas del compadre le pidieron permiso a mi mamá: —Doña Concha, ¿deja ir a las muchachas a misa de siete de la noche? —Sí, cómo no, que vayan.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
