Parte/XXVIII El milagro

45 9 4
                                        


El milagro

"El camino a la mina"

Como ya les había comentado, mi papá trabajaba como chófer de la compañía minera. Su labor consistía en llevar a los mineros al trabajo. La compañía Peñoles era la que explotaba la mina, y en esos años se conocía simplemente como la mina de Peñoles.

Recuerdo que mi papá se levantaba a las cinco de la mañana, pues a las seis debía recoger a los trabajadores. Lo veo todavía en mi memoria, subido en la troca, con su ropa de trabajo, sus botas y su casco. Los mineros llevaban además una lámpara integrada en el casco, para alumbrar en la oscuridad.

Mi papá los llevaba, los dejaba en la entrada de la mina y se regresaba al pueblo. A las doce del día volvía a la mina para llevarles la comida a los trabajadores. El camino era muy peligroso, lleno de curvas y barrancos. En el transcurso del año había muchos accidentes.

"El señor de la misericordia"

En una ocasión le tocó a mi papá accidentarse. Cuenta que ese día, después de dejar a los mineros, ya venía de regreso. Bajaba del cerro cuando de pronto se le chorrearon los frenos de la troca. El vehículo se vino en picada y poco después se incendió el motor.

Comenta que en ese momento le salió el instinto de conservación: como pudo se salió de la troca, pero su ropa se incendió y alcanzó a quemarse el cuerpo.

De pronto, de la nada, salió un señor que con una cobija mojada le apagó el fuego. Mi papá ya no supo más de él, porque perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, se encontraba en el hospital: ya habían pasado varios días del accidente.

Al recuperarse y poder hablar, le contaron que un chófer que iba en un vehículo con gente hacia la mina se encontró con la troca accidentada. Las personas se bajaron, pero no lo encontraban porque él estaba a varios metros de allí. Los trabajadores pensaban que se había consumido con el fuego.

Oh sorpresa: poco después lo encontraron, y no se explicaban cómo había llegado tan lejos. La pregunta que se hacían era: —¿Y quién lo había salvado? ¿De dónde había salido la cobija con que le apagaron el fuego?

Eso fue un misterio que nunca se pudo aclarar. Por eso mi papá siempre lo tomó como un milagro. Decía que fue el Señor de la Misericordia, patrón del pueblo, quien lo salvó, ya que en medio de su desesperación lo aclamó.

Reflexión:

Ese accidente marcó profundamente la vida de mi padre. El misterio de aquel hombre y la cobija mojada quedó grabado como un acto divino. Para él, fue la prueba de que la fe y la súplica en momentos de desesperación pueden traer la salvación. En nuestra memoria familiar, siempre quedó como el milagro.

Ataque epiléptico

"El silencio de mi madre"

En una ocasión, mi mamá estaba haciendo sus labores cotidianas cuando de repente cayó al piso. Parecía un desmayo, pero no lo era. Ella podía ver y oír todo a su alrededor, simplemente no se podía mover, ni pestañear, ni hacer ningún sonido. Por más esfuerzos que hacía desde su garganta, no le salía la voz.

Afortunadamente, una tía fue a visitarla ese día. Como siempre, la puerta estaba abierta. —Concha, Concha, ¿dónde andas?

Como no contestaba y solo se escuchaba la música del radio, la buscó por la casa. De pronto la encontró tirada en el piso. Pensó que estaba desmayada y le empezó a dar primeros auxilios: le puso cebolla en la nariz, pero mi mamá no reaccionaba. Enseguida le puso alcohol en la nuca, pero seguía sin responder.

Salió mi tía de la casa y le habló a una vecina. Ésta, al ver a mi madre, dijo las palabras que mi tía no se animaba a pronunciar: —¡Concha está muerta, no respira ni parpadea!

"El velorio anticipado"

Le pasaban la mano por la cara, pero mi mamá seguía con la mirada fija. Mi tía empezó a llorar, mientras mi mamá, horrorizada, les decía en su pensamiento: —¡No, no estoy muerta, las puedo oír y ver!

Como a mi tía le dio una crisis nerviosa y lloraba amargamente, empezaron a llegar más vecinas. Todas coincidían en lo mismo: que mi mamá había muerto. Una vecina fue a hablarle a mi abuela, y otra corrió a las oficinas del trabajo de mi papá para avisarle de lo sucedido.

Cuando llegó mi abuela, mi tía la recibió con la terrible noticia: —Concha se murió.

A esas alturas la casa ya era un caos. Casi todas las mujeres lloraban, empezando por mi tía. A los pocos minutos llegó mi papá. Para entonces, a mi mamá ya la habían puesto en la cama, en posición de difunta: con las manos en el pecho y un rosario entre los dedos. Algunas mujeres ya le estaban rezando un rosario.

Mi papá estaba anonadado y repetía: —¿Pero ¿qué le pasó? Si yo la dejé bien cuando me fui a trabajar.

"El milagro de volver a la vida"

Mi tía contaba una y otra vez lo mismo: que cuando había llegado a la casa, la había encontrado en el suelo, muerta.

Mi papá reaccionó y dijo: —Voy a traer al doctor para que me dé el acta de defunción y así ir arreglando todo para el velorio.

Mi mamá gritaba en su mente con desesperación: —¡Que no estoy muerta!

Después le entró el pánico: —¡Me van a enterrar viva! ¡Me van a enterrar viva!

Al fin llegó mi papá con el doctor. Éste les pidió a las mujeres: —Señoras, pueden salir del cuarto, por favor.

Solo se quedaron mi papá y mi abuela. El doctor preguntó: —¿A qué hora pasó el suceso? —Hace como cuatro horas —respondieron.

El médico empezó a revisarla. Cuando terminó, dijo con firmeza: —Esta mujer no está muerta.

—¡No, doctor! —replicaron—. ¿Pero si no está muerta, por qué no se mueve? —En eso estoy —contestó él.

Enseguida se subió a la cama, se hincó, con sus piernas oprimió las de mi mamá y le encajó sus uñas en la yema de los dedos, empujándolas fuertemente hacia adentro. Mi mamá sintió como una descarga eléctrica que le subía por los brazos, le llegó al cerebro y en ese momento exhaló un suspiro muy profundo, similar al que se da cuando sientes que te ahogas y sales a la superficie del agua. En ese instante pudo hablar.

Las personas al ver esto se impactaron mucho y empezaron a exclamar: —¡El doctor revivió a Concha, porque Concha estaba muerta, nosotros la vimos con nuestros propios ojos!

El doctor explicó a mi papá que mi mamá había sufrido un ataque cataléptico. En esta circunstancia la persona puede durar varias horas sin movimiento, y a muchas las han enterrado vivas. Para los presentes fue un milagro, y de alguna manera lo fue: el doctor, con su experiencia, supo obrar a tiempo.

Mi mamá se salvó, pero vivió una experiencia aterradora.

Reflexión:

Ese episodio quedó marcado como uno de los más estremecedores de nuestra historia familiar. La ignorancia sobre la catalepsia hizo que todos pensaran que mi madre había muerto, y ella, consciente pero atrapada, vivió el terror de sentirse enterrada en vida. La llegada del doctor fue providencial, y para todos fue un milagro. Hoy lo recuerdo como una advertencia de lo frágil que puede ser la vida y de cómo la fe y la ciencia se cruzaron para darle una segunda oportunidad.

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora