Parte/LXIV De casa en casa

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"Cuarta casa"

Al poco tiempo de vivir en la vecindad, de nuevo vino mi hermano Santos por mí para llevarme a la nueva casa. —¿Y dónde es la nueva casa? —le pregunté. —En un pueblito cerca de San Pedro.

Cuando íbamos, vi que empezamos a pasar por el mismo pueblito del que Chuy y yo nos habíamos burlado tanto por feo. A unas pocas cuadras me dijo mi hermano: —Vente, en la otra calle nos bajamos. —¡¿Qué?! ¿Aquí vivimos? —Sí, se llama San Andrés.

Me dije para mis adentros: Qué horror.

Cruzamos el jardín tan feo y, en la siguiente cuadra, estaba la casa. Era una típica casa de pueblo. A la entrada tenía un pasillo; a la derecha, una recámara con una ventanita hacia la calle; otro cuartito chiquito donde apenas cabía una cama, un roperito y, si acaso, una silla.

Tenía un pozo de agua porque no había agua potable, un lavadero grande con su pila, una cocinita, y al fondo otro cuartito que servía de baño para bañarnos, además de otro donde estaba la taza de barro, a la que había que echarle agua con una cubeta.

Enfrente del pozo había un corredor con piso de mosaico. Ahí mi mamá puso la mesa y servía de comedor. Al fondo estaba otra recámara grande. Eso era toda la casa. No tenía patio, pero en comparación con el cuarto de vecindad de donde veníamos, la casa era un palacio.

Mi mamá me preguntó: —¿Qué te parece la casa, hija? —No, pues está muy bien. —¿Verdad que sí, hija?

La vi tan entusiasmada que ya no le dije que la casa estaba más o menos y que el barrio era pésimo. Sin embargo, nunca me imaginé que ahí, en ese pueblito feo, iba a encontrar al amor de mi vida.

Reflexión:

Este episodio muestra cómo la percepción de los lugares cambia con el tiempo. Lo que parecía un horror, un barrio feo y sin servicios, se convirtió en el escenario de un encuentro decisivo. La casa, aunque humilde, fue un alivio frente a la vecindad, y la ilusión de mi madre me enseñó a callar mis críticas para no apagar su entusiasmo. La vida, con sus giros inesperados, me tenía guardada una sorpresa: que en ese rincón que desprecié, estaba esperándome el amor.

"Mi primer novio"

Después de la desilusión de saber dónde íbamos a vivir —donde yo dije que ni loca me quedaría— poco a poco me fui adaptando. Descubrí que no era tan malo vivir ahí, aunque seguía trabajando y solo iba los jueves en la tarde y los domingos.

Los domingos eran divertidos. San Andrés era un pueblito con sus costumbres de pueblo. Pronto me hice amigas. Íbamos a misa de las siete de la noche y de ahí al jardín a dar vueltas, como en Etzatlán. Los muchachos nos decían que si nos acompañaban a dar una vuelta nos regalaban flores. En el kiosco tocaba la banda de música.

En uno de esos domingos conocí a Roberto Ruiz Campos. Era un muchacho flaquito, blanquito, con facciones muy finas. Su pelo era chino y se peinaba con un rol en la frente, como se usaba entonces, tipo Elvis Presley.

—¿La puedo acompañar a dar una vuelta? —me preguntó.

Lo barrí de arriba abajo y me dije: No está tan feo. Le sonreí y le dije que sí. —¿Cómo se llama? —Rosalía, pero me dicen Rosa. —¡Ah! ¡Rosita! —¿Y usted cómo se llama? —Yo me llamo Roberto Ruiz Campos. —¡Ah! ¿Y cómo le dicen? —Me dicen Beto. —A mire, yo le voy a decir Robert, ja, ja, ja. —Es usted muy alegre. —Bueno, aquí se acabó la vuelta. —Qué cortita vuelta. ¿Me permite seguirla acompañando? —Bueno, está bien.

"Mi primer novio"

Nos preguntamos dónde vivíamos, en qué trabajábamos. Me compró flores. —¿Y tiene novio? —me preguntó. —No. —¿No le gustaría tener? —Depende de quién sea. —Pues yo... ¿no le gusto, aunque sea poquito?

Sentí que me puse roja, roja, de vergüenza. —Pues un poquito, ja, ja, ja. Mire, en primer lugar, yo creo que hay que decirnos de "tú", ¿no crees? —Está bien, Rosita.

—Mira, Robert, yo vivo aquí, pero trabajo en una casa y me quedo a dormir. Nada más vengo los jueves y los domingos. ¿Qué te parece si nos vemos solo esos dos días? —No, yo quiero verte diario. —Pero es que donde yo trabajo está bien lejos. —Nomás me dices dónde es, y yo voy.

Hasta eso que no me dio vergüenza decir que era chacha. Yo creo que, porque él me dijo que era zapatero, ja, ja, ja. Pensé: hachís, este sí que quiere en serio. Le di las señas de qué camión tomar.

El lunes me fui a trabajar y en la tardecita me salí con mi amiga Martha a caminar. Le conté que me había hecho un novio. —Fíjate que el domingo que fui a mi casa me hice un novio. Me dijo que iba a venir a verme, pero yo no lo creo, está bien lejos.

A ella como que no le pareció. —¿Y si viene, ya no vamos a platicar tú y yo? —Ya te dije que no viene, vive bien lejos. Pero si viene, pues platicamos los tres.

En eso estábamos cuando escuchamos: —¡Shist, shist, shist!

Volteamos y era el muchacho. ¡Sí había ido! —Mira, sí vino. Ven, deja te lo presento.

Se lo presenté. Platicamos los tres. Pasó el tiempo y le dije: —Ya me tengo que meter.

Cuando mi amiga se fue, el muchacho me dijo: —Oyes, a ver si mañana te desafanas de tu amiga. Yo quiero platicar nada más contigo. —Pues a ver.

Al otro día, mi amiga me dijo: —No voy a poder salir porque tengo mucha tarea. —Está bien, mañana salimos temprano.

Creo que agarró la onda de que hacía mal tercio. Yo en ese tiempo iba a cumplir quince años. Roberto me contó que sus papás vivían en un rancho, que él vivía con un hermano casado. Duramos de novios un tiempo: nos enojábamos y nos contentábamos.

Reflexión:

Este episodio refleja la inocencia y la intensidad del primer amor. Entre flores, vueltas en el jardín y pequeños enojos, descubrí lo que era tener un novio formal. La vergüenza, la alegría y la complicidad con Martha marcaron esos días. Roberto, con su insistencia y sencillez, me mostró que el amor podía aparecer en el lugar menos esperado y que, aunque la vida era dura, siempre había espacio para la ilusión.

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