Parte/LXVI Mis XV -2-

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Poco a poco se iba armando la fiesta. Le dije a mi patrona: —Señora, la invito a mi fiesta de quince años. —Te agradezco la invitación, pero ya sabes que Guillermo está enfermo y lo tengo que cuidar.

Yo ya sabía que no iba a ir, pero la invitación fue con la intención de que me diera un regalito, ja, ja, ja. Le pregunté: —Señora, el jueves que salga, ¿me da permiso de ya no regresar hasta el lunes? Es que le voy a ayudar a mi mamá con lo de la fiesta.

No le hizo mucha gracia, pero accedió. El jueves, cuando salí, la doña me dio un abrazo, un regalito y doscientos pesos. Con los dos meses y los doscientos pesos se juntaron ochocientos. Yo le di a mi mamá quinientos y me guardé trescientos.

El viernes nos fuimos temprano a San Juan de Dios para comprar todo lo que necesitábamos para el mole. Le dije a mi mamá: —¿Por qué no compras mole Doña María, para que no te canses tanto? —Qué mole Doña María ni qué nada. Yo lo voy a hacer. Sabe más bueno el que yo hago. —Bueno, pues como tú quieras.

Compramos la carne de puerco —pierna—, los chiles de diferentes clases, chocolate, jitomates, limones, unas cebollas grandes para hacer rodajas con limón y mejorana para el mole, las tostadas —unas muy grandes— y un montón de especias. Como todo era más barato en ese tiempo, alcanzó con los quinientos pesos y hasta sobró un poquillo.

Llegamos a la casa, comimos, y me dijo mi mamá: —Vamos aventajando.

Puso a cocer la carne con cebolla, ajo y sal, mientras se puso a limpiar los chiles, quitándoles las semillas. Los doró en manteca y los puso a remojar. Cuando la carne estuvo cocida, les dijo a mis hermanitos...

Me hicieron un peinado alto, que era lo que se usaba en esa época. Me veía muy bonita y me dije a mí misma: "Híjole, qué bonita estoy. Y cuando me ponga mi vestido, más bonita ¡guau!"

Cuando regresé a la casa, me llevé la sorpresa de que ya estaba llena de parientes. Ay, mi mamá. Pero todo estaba listo: el mole, la sopa de arroz, los frijoles bien fritos, el queso rallado, la cebolla deshidratada en limón con mejorana, la olla grande de agua de jamaica. Todo preparado.

—Ándale hija, vamos a ayudarte a vestir porque pronto se hace tarde.

Eran como las cuatro de la tarde. En eso llegó la vecina doña Mary —la rica de la cuadra— con su equipo de pinturas, la mantilla y el collar, unos aretes y un anillo que hacían juego.

Quedé lista con mi vestido blanco, obviamente con ropa interior nuevecita, mis medias y mis zapatos blancos de tacón. Me dijeron: —Camina para que practiques.

No, pues se me torcían los pies: nunca me había puesto zapatos de tacón. La doña me pintó levemente, como requería una quinceañera. Me colocó la mantilla con un alfiler que tenía una perla, para que no se me cayera.

Llegó mi amiga Martha con su mamá y su hermano —muy guapos— con el pastel. Enseguida llegó mi hermana Chuy con los muchachones, que trajeron una bolsa grande llena de botanas y muchos refrescos en una hielera. Las botanas eran de lujo: queso manchego en cuadritos, salchichas, queso de puerco en cuadritos, cacahuates, etc.

Llegó la hora de irnos al templo. Me iba a subir al carro de los muchachos cuando mi mamá salió con que: —No, hija, vete a pie para que luzcas tu vestido. El templo está aquí a la vuelta.

Y la hija, bien obediente, se fue caminando, con todos los parientes atrás de mí. La gente salía de sus casas para verme y decían: —Es Rosa, la hija de doña Concha.

Y yo, sonriéndole a toda la gente.

Llegué al templo. El padre salió a recibirme y enseguida entramos: el sacerdote adelante, un acólito echando incienso detrás, y luego yo, acompañada por el chambelán, mis padrinos, mi mamá y mi papá.

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