Los gitanos
"La caravana misteriosa"
Un día pasamos por el terreno donde se ponía el circo y vimos una caravana. Contentos fuimos a ver, pensando que otra vez había llegado el circo. Pero no era el circo, eran otras personas. Después supimos que eran los húngaros, los gitanos.
Las mujeres vestían coloridos vestidos largos, adornaban su cuello con muchos collares, en sus brazos lucían pulseras, en sus dedos portaban anillos y de sus orejas colgaban grandes aretes. Algunas usaban pañoletas en la cabeza, y las más jóvenes lucían una flor en su pelo largo. La mayoría eran rubias.
Los hombres traían el pelo largo, recogido en una cola de caballo. Algunos llevaban una arracada en la oreja, bigotes enroscados, cadenas doradas en el cuello, gruesas pulseras en las muñecas y anillos grandes en los dedos.
Había muchos niños jugando alrededor de una lumbrada. Un señor tocaba el violín y una joven bailaba mientras tocaba un pandero. Nos quedamos viendo el cuadro: parecía de otra época.
Cuando llegamos a la casa, mi mamá nos dijo: —Llegaron unos húngaros, mucho cuidado con irse a asomar por allá, porque se roban a los niños.
Nos asustamos mucho y le dimos gracias a Dios de que los húngaros no nos hubieran visto.
"La lectura de la mano"
Al siguiente día, las mujeres caminaban por las calles del pueblo. A cierta distancia iba un hombre, yo creo que las vigilaba o las cuidaba. Ellas iban de casa en casa ofreciendo leer la mano.
Muchas personas, en cuanto las veían, cerraban la puerta, pues decían que robaban las casas.
Nosotros estábamos jugando en la calle cuando llegó una gitana a hablar con una vecina, doña Jovita. La señora estaba enferma y sentada en la puerta. Obviamente, en cuanto vimos a la gitana acercarse, nos paramos a un lado para escuchar lo que decía.
La gitana le tomó la mano y le dijo: —Eres casada, tienes tres hijos: dos mujeres y un hombre. Tienes mucho tiempo enferma. Los médicos no te pueden curar porque una mujer, amante de tu marido, te embrujó.
En ese momento salió la hija de doña Jovita. La gitana le ordenó: —¡Tráeme una servilleta blanca y un huevo!
Doña Jovita y los presentes estábamos como hipnotizados. La muchacha, que tenía como 16 años, trajo la servilleta y el huevo. En presencia de todos, la gitana envolvió el huevo en la servilleta y empezó a rezar, pero en un dialecto que no entendíamos nada.
Enseguida aplastó el huevo y desenvolvió lentamente la servilleta. Apareció el huevo podrido, con un olor muy feo, lleno de cabellos y unos alfileres enmohecidos.
La gitana exclamó: —¡Ay Dios mío!
Aventó la servilleta, después la volvió a tomar y se la enseñó a doña Jovita.
"El embrujo de doña Jovita"
—Mira, este es el embrujo —dijo la gitana mostrando el huevo podrido—. Pero yo te puedo curar. Dame cien pesos y ahorita te quito el embrujo para que ya te cures.
Doña Jovita le contestó: —No tengo dinero.
—Sí tienes, tu hijo te dio y lo tienes guardado en un cajón.
—Sí, pero ese dinero es para la comida.
La gitana se volvió hacia la hija: —¿Tú quieres que tu mamá se cure? —Sí, sí quiero. —Entonces tráeme el dinero, tú sabes dónde está.
Doña Jovita la detuvo: —No, no traigas nada, ese dinero es para la comida.
Pero la gitana insistió: —¿No crees que sería muy bonito que tu mamá se curara? —No, pues eso sí... —Entonces tráeme el dinero.
La muchacha se metió y salió con el dinero en la mano. En ese momento llegó el hijo, y doña Jovita le dijo: —Esta húngara nos quiere robar.
El hijo, enfurecido, gritó: —¡Ah sí, vieja hija de su chingada madre, váyase mucho a la chingada!
En ese instante apareció el hombre que desde lejos vigilaba todo y le dijo al muchacho: —Sí se va a ir, pero primero le van a pagar.
—No le vamos a dar nada, bola de rateros, nada más vienen a los pueblos a robar.
Entonces el gitano golpeó al muchacho. Pero no contaban con los vecinos: no sé de dónde salió tanta gente con palos y piedras, y los corrieron.
Lo que siempre quise saber es cómo le hizo la gitana para que el huevo se pudriera, y cómo le metió los cabellos y los alfileres, ya que nunca le quitamos la vista de encima. Los gitanos todavía duraron un tiempo en el pueblo, pero nunca volvieron a pasar por nuestra cuadra, ja, ja, ja.
Reflexión:
Este episodio muestra la tensión entre la fascinación y el miedo hacia los gitanos. La "curación" con el huevo fue un acto teatral que dejó a todos hipnotizados, pero también reveló la vulnerabilidad de la gente sencilla frente a la superstición y la necesidad. La reacción del hijo y de los vecinos fue la defensa natural del pueblo contra lo que percibían como engaño. Hoy lo recuerdo como una mezcla de misterio y desconfianza, un retrato vivo de cómo lo desconocido despertaba tanto curiosidad como rechazo.
El Hombre Mosca
"El espectáculo en la torre"
En una ocasión, el Mulas, en su camionetita, recorrió el pueblo invitando a todas las personas a ver un espectáculo único: nada más y nada menos que al "Hombre Mosca".
—¡Señoras y señores, niños y niñas! Se les invita a ver el espectáculo nunca antes visto: el inigualable Hombre Mosca, que, sin ayuda de sogas ni clavos, solamente con sus manos y sus pies, va a escalar la iglesia hasta llegar a la cruz de la torre, que tiene varios metros de altura. La cita es a las seis de la tarde.
Como eran pocos los acontecimientos en el pueblo, no podíamos perdérnoslo. Yo apenas si recuerdo en qué año pasaría, pero nos reunimos personas de todas las edades en el atrio de la iglesia, en el camellón y en la plaza, todos expectantes para ver al Hombre Mosca.
A las seis en punto se presentó el señor. De estatura mediana, no muy alto, hizo una caravana y se dispuso a escalar. Poco a poco iba subiendo, subiendo, subiendo. En algunos momentos parecía que se resbalaba y todos exclamábamos: —¡Oh!
Nos tapábamos los ojos para no ver cómo se estrellaba en el suelo.
"El espectáculo en la torre"
Pero el hombre se serenaba y seguía subiendo. Y efectivamente, entre más ascendía, se iba haciendo más pequeño: en realidad parecía una mosca. Pasó el campanario y siguió subiendo. No sé cuánto tiempo duró la escalada, pero por fin llegó. Desde lo alto saludó con una mano y todavía le dio una vuelta a la cruz. Todas las personas teníamos el cuello torcido de tanto mirar hacia arriba.
La bajada fue más fácil: nada más se vino resbalando poco a poco. Cuando llegó al suelo, todos aplaudimos. Los señores se quitaban el sombrero y lo aventaban hacia arriba, como muestra de que lo que acabábamos de ver fue fantástico.
Después, un ayudante empezó a recolectar dinero. Creo que todas las personas le dieron. Y como dijo el Mulas, fue un espectáculo único, jamás visto.
Reflexión:
El Hombre Mosca fue un acontecimiento que quedó grabado en la memoria del pueblo. La tensión de verlo subir, el miedo de que cayera y la euforia al verlo triunfar hicieron que todos se sintieran parte de algo extraordinario. Hoy lo recuerdo como una muestra de cómo lo inesperado podía transformar un día común en un recuerdo inolvidable.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
