Parte/XLIV Beneficios

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"Los beneficios de los mineros"

Los trabajadores de la mina, por ser un oficio de tanto riesgo, tenían sus beneficios. Contaban con atención médica para ellos y sus familias. Había un pequeño hospital en el pueblo, pero cuando los casos eran más graves los atendían en Guadalajara, en un hospital que todavía existe " La Beata Margarita".

Además, tenían su tienda de raya, donde les vendían todo lo indispensable para la subsistencia: maíz, frijol, arroz, jabón y muchas otras cosas más. Todo estaba más barato que el precio oficial. También ayudaban con los útiles escolares al inicio del año, lo que representaba un gran alivio para las familias.

Reflexión:

La tienda de raya era mucho más que un comercio: era el corazón de la vida minera. Allí se mezclaban la necesidad y la esperanza, el trabajo duro y la recompensa mínima. Para las familias, significaba seguridad en lo básico, aunque también dependencia de la empresa. En mi memoria, la tienda de raya es símbolo de una época en la que la comunidad giraba alrededor de la mina y sus beneficios.

El Sindicato

"Orgullo y disciplina"

Los trabajadores de la mina estaban sindicalizados. Su lugar de juntas estaba en los portales. Los señores, en su día de asueto, ponían unas mesas en el portal y allí pasaban horas jugando dominó. Nada más se escuchaba el ruido de las fichas; a veces estaban tan concentrados que se podía oír el zumbido de una mosca.

Los miembros del sindicato tenían su propia banda de guerra. Cuando había desfile, desfilaban todos los sindicalizados. Las familias nos alineábamos en la calle para verlos pasar y, cuando veíamos a mi papá, gritábamos con orgullo: —¡Ahí va mi papá!

Cuando entré a la escuela, también yo era parte del desfile. Lo hacía orgullosamente con mi uniforme, marchando al paso redoblado, siguiendo las órdenes del capitán: marchar, descanso, saludar. Íbamos detrás de nuestra bandera y también contábamos con nuestra propia banda de guerra.

El sindicato organizaba grandes bailes. Venía una banda de música del ejército, todos con sus trajes de gala verdes, y deleitaban a la gente con melodías de las grandes bandas. Yo estaba muy pequeña, pero recuerdo a las parejas bailar. Entre ellas estaban mis padres, felices, girando al compás de la música.

Reflexión:

El sindicato no era solo un espacio de organización laboral: era también un lugar de convivencia, de orgullo y de identidad comunitaria. Los desfiles y los bailes eran momentos en que la dureza del trabajo minero se transformaba en celebración. Para mí, niña, ver a mi padre marchar con la banda de guerra fue una lección de pertenencia y dignidad.

Comerciantes y prestadores de servicios

"Don Marcelino Pérez, el dueño de la mercería"

Don Marcelino Pérez era el dueño de la mercería, ubicada en los portales. Allí íbamos a comprar las madejas de hilo para confeccionar nuestras costuras. Entre más subíamos de grado en la escuela, más laboriosas eran las costuras: desde tercer grado ya nos exigían hacer manteles y colchas, bordadas o tejidas con ganchillo.

Don Marcelino era el proveedor de todo lo necesario: madejas de hilo para bordar, hilos para tejer, estambres para confeccionar suéteres, chambritas y cobijitas. Vendía franela para los pañales de los bebés que venían en camino —en esos años había mucha demanda—, además de telas para bordar: la manta, la más económica; el cuadrillé, para el punto de cruz; la popelina, más fina; la organza, para la gente adinerada; y la tela de velo, usada para bordar sevillanas. En ese tiempo, las mujeres debían entrar a la iglesia con la cabeza cubierta, y los hombres sin sombrero.

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