Parte/XLI Segunda Maestra -01-

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Tuve otro encuentro con otra maestra. Ella vivía en la acera de enfrente de nuestra nueva casa. Vivía sola, era una señora ya grande, tal vez pasaba de los sesenta años. Es difícil descifrar la edad de una persona cuando eres niña: para mí, alguien de veinte años ya era viejo, pero aquella maestra era distinta, imponía respeto.

Daba clases en Ahualulco o en San Marcos, no recuerdo bien. Tenía un aspecto de enojona y se decía que era muy estricta, casi rayando en la crueldad —lo cual no era nada extraño en mi niñez, cuando la enseñanza entraba con palos—. Usaba lentes y tenía un tic nervioso: hacía una mueca con la boca y le temblaba un ojo. Eso la hacía parecer aún más severa.

Su casa era grande. A la entrada tenía un portón que siempre estaba abierto y conducía a un pasillo. Al final había un cancel, siempre cerrado con llave. Nosotros nos metíamos de puntitas y nos asomábamos por el cancel. Lo único que alcanzábamos a ver eran unos sillones de madera, una mesa de centro y un florero con las mismas flores de plástico, siempre en el mismo lugar.

La casa formaba un cuadrado. A los lados de los corredores había puertas, en medio un patio grande, y al fondo una puerta de madera que daba al corral o a la huerta. Por encima de la barda se alcanzaban a ver las copas de los árboles.

"El primer encargo"

En una ocasión, mientras andábamos jugando, de pronto la vi. Estaba parada frente a mí y me dijo: —¡Niña!

Me sorprendí tanto que le respondí: —¡Ay, me asustó!

—¿Puedes venir a mi casa a lavarme los trastes? —me pidió. —Pues... —dije, titubeando.

Al verme dudar, añadió: —Te doy un peso.

Entonces mi cara cambió: del susto pasé a la alegría. Un peso era mucho para una niña de diez años. —Ahorita vengo, le voy a avisar a mi mamá.

Mi mamá siempre nos decía: —Sean acomedidas, no sean interesadas, ayuden sin recibir nada a cambio. Algún día ustedes van a necesitar que las ayuden.

—Ama, dice la maestra de enfrente que si le ayudo a lavar los trastes. —Sí, hija, anda. Con mucho cuidado, no le vayas a quebrar nada.

Me dirigí a la casa. Por fin la iba a ver por dentro. Abrió el cancel y entramos. La casa era muy parecida a la de las maestras, con ligeros cambios. Sin embargo, aquella se veía lúgubre.

Había macetas grandes y muy bonitas, pero con las plantas secas. El piso era hermoso, pero todo estaba lleno de polvo. Telarañas colgaban por donde volteara. Los muebles tenían una capa de polvo de mucho tiempo. En una esquina del pasillo había un escritorio de madera muy bonito, lleno de papeles y con una máquina de escribir antigua —aunque en ese tiempo era moderna, ja, ja, ja.

En las paredes colgaban pinturas con paisajes y haciendas, todo de estilo mexicano, pero cubierto de polvo. Toda la casa hablaba de que, en otro tiempo, había abundancia.

"El peso más desquitado"

Ella nunca me preguntó mi nombre. Cuando se dirigía a mí simplemente decía: —Niña.

Llegamos a la cocina y casi me fui de espaldas. Era igual que la de las maestras, pero lo único que cambiaba era el tipo de muebles... y la limpieza. La mujer tenía los pretiles llenos de trastes sucios: en el fregador, en la mesa y hasta en el piso. Yo creo que ensució todo y, cuando ya no le quedó nada limpio, me habló. ¡Qué barbaridad! Ese peso iba a ser el más desquitado que me ganara en mi vida.

Empecé por ponerle agua a todos los trastes para que se remojaran. Primero limpié el espacio donde los iba a colocar, después los aparté y comencé a lavar los vasos y las tazas, siguiendo con los platos. Lo bueno era que las cacerolas y ollas eran pequeñas, pues solo cocinaba para ella. Pero lo que más había eran tazas y cucharitas cafeteras: me imaginé que tomaba mucho café.

Salió considerada. Cuando llevaba la mitad, entró y me dijo: —Ya deja por hoy, puedes venir mañana para que termines. —Sí, seño —respondí.

Me dio mi peso y una bolsita con galletas de polvorón con nuez, muy buenas. Llegué a mi casa y le conté a mi mamá: —¡Ay, ama! La maestra tenía todos los trastes sucios. —¿Y te puso a lavar todo? —No, nada más alcancé a lavar la mitad. —¡Ay, ¡qué vieja tan encajosa!

Y antes de que siguiera diciendo más, le solté: —Me dio un peso.

Se le iluminó la cara. —Mira, pues ahí cambia la cosa. —Ten, ama. —No, tú te lo ganaste. Guárdalo para que gastes en la escuela, pero no lo vayas a gastar todo de un jalón.

—Me dijo la maestra que mañana vaya a terminar de lavar los trastes. —Está bien. Vente a cenar, para que salgas a jugar un rato y se te baje la cena.

"La disciplina inesperada"

Al otro día en la tarde se me olvidó que tenía que terminar el trabajo, pero la maestra me lo recordó. Salió a la puerta y volvió a decir: —¡Niña!

De inmediato recordé que debía lavar la otra mitad de los trastes. Me pasé a la cocina, donde todo seguía como lo había dejado, salvo los nuevos trastes que había ensuciado ese día. Me puse a lavar, ya no me tardé tanto porque estaban remojados. Limpié, barrí y trapeé con un trapeador casi nuevo, que apenas podía manejar.

Ella se asomó y me dijo: —Mira, tan chiquita y tan bien hechecita. Ven, siéntate un ratito para que descanses.

Me dio un vaso con refresco y de las galletas que tanto me habían gustado. Luego me preguntó: —¿En qué año vas? —En cuarto año. —Mira qué casualidad, yo soy maestra de cuarto. ¿Estás en cuarto A? —Yo no estoy en la escuela oficial, estoy en el colegio. —No, niña, ahí no te van a enseñar nada. En el colegio lo único que saben enseñar es a rezar. —No, sí me enseñan. —Mañana te espero a la misma hora y me traes todos tus cuadernos y tus libros.

Me dio otro peso y me fui a mi casa. Al día siguiente llegué con mis útiles escolares. Apenas había empezado el ciclo escolar. Primero revisó los libros y me preguntó: —¿Estos son todos? —Sí.

Los de religión los hizo a un lado y me dijo: —Te falta el libro de historia y civismo. ¿Dónde está? —Estos son los únicos que ocupamos.

Entre los papeles de su escritorio sacó un libro y me dijo: —Este es el libro que te hace falta.

Era el libro que hablaba de los héroes de la patria. —Pues ese no nos lo dieron. —Sí, pues ellos no enseñan esto.

Revisó los cuadernos y me dijo: —Vas muy atrasada. Eso que te están enseñando nosotros ya lo vimos en tercero. Te voy a poner al corriente.

Ni siquiera me preguntó si quería estudiar o no. Simplemente me dijo: —Vas a venir diario una hora, y cada día vamos a ver algo. Le dices a tu mamá.

Como en la antigüedad éramos muy respetuosos con los mayores, no dije nada. Pero por dentro me moría de miedo por la fama que tenía de cruel con sus alumnos.

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