"El descubrimiento"
Conmigo no le salió lo cruel. Al contrario, con mucha paciencia me empezó a poner al corriente. Si no entendía algo, me lo repetía una y otra vez hasta que me quedaba claro. Yo siempre llegaba directo a la cocina y le lavaba los trastes —ya eran poquitos, nada más los de un día—. Ella ya no me dio dinero, me ofrecía refresco y galletas, pero me dio algo más valioso: sus conocimientos.
Una tarde yo estaba haciendo una tarea mientras ella escribía en la máquina, cuando llegó un mensajero de la oficina de teléfonos. En ese tiempo no había teléfonos en las casas, sino una oficina con cuatro cabinas y una telefonista llamada Guillermina Monteón. Cuando recibía las llamadas, mandaba al mensajero. Guillermina las comunicaba y decía: "pueden hablar en la cabina número...", según la que estuviera desocupada.
La maestra me dijo: —Me esperas, ahorita vengo, voy a contestar. —Sí, aquí la espero.
Salió rápidamente de la casa. Y cuando se fue, aproveché para darle un vistazo a toda la casa.
Abrí la primera puerta: era la sala. Tenía muebles bonitos pero antiguos, un piano y un retrato grande de la familia. Estaban sus padres sentados, tres jóvenes parados atrás y dos mujeres a los lados. Me fijé bien: una de ellas se parecía a la maestra, pero muy joven. Todos muy elegantes, retratados en el mismo patio de la casa.
En la sala había un librero grande con muchos libros y portarretratos de niños de diferentes edades. Me imaginé que eran ella y sus hermanos. Había muchos adornos. Olía bonito, pero a encerrado. Una ventana grande con barrotes —como se usaban en la antigüedad— daba a la calle. Me asomé, pero desde afuera no se veía nada porque tenía unas cortinas azul marino hasta el piso. Tuve que prender la luz para ver la sala.
"La contingencia"
Rápidamente inspeccioné toda la casa. Eran seis recámaras, todas amuebladas. Llegué a la suya: la cama estaba semi tendida, un sillón con ropa de ella, pero las sábanas muy blancas. Pensé que la persona que le lavaba la ropa lo hacía muy bien, porque no creía que ella lavara... si ni los trastes lavaba.
Me asomé a la puerta del corral. Había muchos árboles, pero también mucha maleza. Al fondo se veían unos cuartos, me imaginé que en los buenos tiempos eran las recámaras de los sirvientes. Estaba a punto de aventurarme a entrar, cuando escuché los pasos de la maestra en el pasillo. Corrí a donde me había dejado. Apenas me senté, ella ya estaba abriendo el cancel.
—Me entretuve más de lo que esperaba. ¿No te dio miedo quedarte sola tanto rato? —No, pero sí me aburrí un poco —le respondí.
Y por dentro pensé: me hizo falta tiempo, se hubiera entretenido más, ja, ja, ja.
Enseguida me comentó: —Pasó una contingencia en mi familia. Me voy a tener que ir a Ciudad Guzmán, voy a estar fuera algunos días. Fui a la casa de la directora a avisarle, por eso me entretuve. —¿Qué es contingencia? —Un accidente. Pero ya vete, porque voy a arreglar mi veliz.
Ya me iba cuando me dijo: —¡Espera!
Me dio mis galletas y un peso. Llegué a mi casa y mi mamá me preguntó...
—¿Y ahora por qué tan pronto? —me preguntó mi mamá. —La maestra se tiene que ir a Ciudad Guzmán, me dijo que en su familia había pasado un accidente.
En eso estábamos cuando la vimos pasar. Iba vestida toda de negro con su veliz. Mi mamá se persignó y dijo: —¡Ave María Purísima! Alguien se le murió. —¿Y tú cómo sabes? —¿No la estás viendo vestida de negro? Uno nada más se viste de negro cuando alguien se muere. Vente, vamos a rezar una oración para el difunto. —¿Y cómo vamos a saber si es hombre o mujer? —Para el caso es lo mismo, ya es un alma en pena.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
