Parte/XXIV El visitante misterioso

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"La polvareda en la calle"

Una tarde estábamos jugando en la calle. Era muy seguro jugar allí: nunca entraba un coche. Mi mamá y mis tías platicaban bajo la sombra del árbol mientras bordaban.

De pronto se escuchó el ruido de un motor. Todos volteamos hacia la entrada de la calle y vimos una polvareda: señal de que venía un coche. Quedamos expectantes, mirando en cuál casa se detendría. Poco a poco se fue acercando hasta llegar a la puerta de mi tía Petra.

Del coche bajó un señor de unos treinta y tantos años. Mi tía se acercó y le preguntó: —¿Qué se le ofrece? —Busco a la señora Petra Regalado. —A sus órdenes, yo soy.

Ella fue con el chófer y le pagó. Del asiento de atrás bajó una señora joven con dos niños de dos y cuatro años. El chófer descargó unas maletas grandes y una caja de madera que decía "frágil, manéjese con cuidado".

Todos rodeamos el coche, siguiendo cada movimiento. Mi tía miraba extrañada. El coche se fue y el señor, vestido con ropa buena, parecía rico. También la señora y los niños olían a perfume. Entonces el señor se presentó.

"Manuel Morales"

—Soy Manuel Morales, hijo de Jovita Arciniega.

Mi tía pensaba: ¿Y quién es esa? —Perdón, pero no recuerdo a nadie con ese nombre. —Es tu prima.

Ella se preguntaba: ¿Cuál prima?

—Mi mamá murió, pero siempre me decía que, si alguna vez necesitaba algo, no dudara en acudir a usted. Yo soy chef de un barco turístico.

Al ver que mi tía no entendía, aclaró: —Soy el cocinero.

—Ah sí, ¿y qué se le ofrece?

—Desafortunadamente encontraron un cargamento de contrabando y la policía del puerto de Manzanillo confiscó el barco. Hasta que no lo liberen voy a estar sin trabajo. Estoy seguro de que pronto lo liberarán, porque el capitán no tiene nada que ver. Lo que necesito es que nos des posada mientras se arregla el asunto.

"La posada de la tía Petra"

Mi tía, como era una santa de Dios, los invitó a pasar: —Pasen, mire, nosotros somos muy pobres, pero de alguna manera nos acomodamos.

Al principio el señor compraba la comida que estaban acostumbrados a comer. Pero los días se hicieron semanas y las semanas meses. Cuando se le terminó el dinero, le dijo a mi tía: —Tía, ¿me puede conseguir algo de dinero prestado con alguna amistad?

Mi tía se empezó a endeudar, poquito de aquí, poquito de allá. Al hombre lo invitaban a trabajar, pero siempre contestaba: —Gracias, pero ya mero se arregla el asunto.

La señora sí era muy acomedida. En una de sus idas al mercado escuchó que iban a venir personas importantes al pueblo. Preguntó: —¿Ya tienen a la persona para preparar el menú? —Todavía no. —Mire, yo soy cocinera de alta cocina. Si gustan, les puedo armar un menú.

"El telegrama"

Pasaron tres meses y mi tía ya estaba desesperada. Siempre decía: —Ya pasaron tres meses y sigo sin acordarme de la madre de este que dice que es mi sobrino.

Los consejos no se hacían esperar: —Pues córralos. —¿Y las criaturas? —Ni siquiera ha de ser cierto que trabaja en el barco. A lo mejor es un ratero o un matón y se vino a esconder.

Por fin, cuando iba a cumplir cinco meses, llegó un telegrama a nombre de Manuel Morales A. Él lo firmó, lo abrió y levantó los brazos al cielo: —¡Por fin!

Todos estábamos presentes. Los telegramas casi siempre eran malas noticias, pero ese día eran buenas. El hombre dijo: —Voy a ir a la oficina de telégrafos a cobrar un giro que me enviaron.

Era viernes. Cuando regresó, le dijo a mi tía...

"La despedida"

—Tía, por fin se arregló el asunto del barco. En una semana tenemos que presentarnos porque vamos a zarpar a Japón.

Todos gritamos: —¡A Japón!

—Tía, dígame cuánto le debo. Voy a pagar todo lo que pidió prestado. El lunes nos vamos, pero antes quiero hacerles una comida de despedida.

Manuel visitó cada casa de las personas que habían prestado dinero a mi tía para invitarlos. El domingo muy temprano fue al mercado. Cocinó mole dulce, sopa de arroz, frijoles fritos, agua de frutas, una gelatina y un pastel que llevó a hornear a la panadería. Las tortillas las hicieron las mujeres.

Cada familia sacó su mesa y sus sillas. Fue como cuando hay boda. Todos les deseamos buen viaje.

Al otro día muy temprano los llevamos a tomar el tren rumbo a Manzanillo. Cuando se fueron, mi tía dijo: —No sé de dónde sacó mi nombre y mi dirección, pero yo nunca tuve ninguna prima Jovita ni mucho menos de apellido Arciniega.

Mi mamá le preguntó: —¿Y por qué los dejó vivir en su casa?

Ella respondió: —Porque Dios toma la forma de algún necesitado y toca tu puerta, y si no lo dejas entrar, cuando tú le toques su puerta, tampoco te va a abrir.

Después, mi tía empezó a recibir postales de todo el mundo, junto con fotografías de la familia, siempre retratada en el barco.

Reflexión:

La historia del visitante misterioso me enseñó que la fe y la generosidad pueden abrir caminos insospechados. Lo que parecía un engaño se transformó en amistad y gratitud. La memoria de mi tía Petra quedó ligada para siempre a esas postales que llegaban desde puertos lejanos, recordándonos que la bondad, aunque ingenua, nunca se pierde.

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