"Alejo y Pachita"
De la familia de mi madre tuve la dicha de conocer y convivir con mis bisabuelos Alejandro —a quien llamaban Alejo— y Francisca —a quien llamaban Pachita—. Ellos tuvieron seis hijos: cuatro mujeres y dos hombres. La mayor era mi abuela.
Alejo y Pachita estaban separados, pero cada uno dejó huella en la memoria de la familia. Sus historias, sus hijos y sus vidas marcaron el rumbo de nuestra raíz materna, que ahora comienza a desplegarse en estas páginas.
La hacienda y los revolucionarios
"El recuerdo de Pachita"
Desde pequeña fui muy curiosa y me gustaba escuchar las historias familiares. Cuando iba con mi abuelita Pachita, siempre le preguntaba y ella me contestaba.
Me contó que cuando era niña, su papá trabajaba en una hacienda muy grande. En las afueras estaban las casitas de los trabajadores. Toda la familia trabajaba para el patrón: los hombres en el campo, los niños cuidando ovejas, las mujeres en las labores de la casa grande y las niñas cuidando a los hijos de los patrones.
Un día, cuando todo estaba apacible, se escucharon los cascos de muchísimos caballos y los gritos de hombres disparando sus pistolas: eran los revolucionarios.
El general del ejército hizo un trato con el patrón: —Si nos dejan acampar y nos dan de comer el tiempo que estemos aquí, vamos a respetar su hacienda y a su gente.
El patrón aceptó, porque sabía que si se oponía podría morir ahorcado, la hacienda saqueada y quemada, los trabajadores llevados a la fuerza y las mujeres violadas y obligadas a servirles.
Se les proveyó de comida y, a cambio, los revolucionarios respetaron su acuerdo. No le hicieron daño ni a él ni a su familia, tampoco robaron ni quemaron la hacienda. Algunos trabajadores se fueron a pelear, pero fue por su propia voluntad. La calma volvió a la hacienda.
Abuelos Donaciano y Ramona
"El cariño estricto"
Mi abuelo Donaciano (Chano) nació en la comunidad de los Coras, en la sierra de Nayarit. Mi abuela nació en Etzatlán, Jalisco. Tuvieron cuatro hijos: el mayor murió a los cuatro años; luego vino mi tío Ricardo (Rica), mi mamá Concepción (Concha) y mi tío Cándido (Cande), el menor.
Mi abuela nos quiso mucho a su manera. Era estricta, pero siempre nos compraba de todo. Cada quince días iba a Guadalajara a surtir su mandado y nos traía aretes, collares, pulseras, listones de colores para trenzarnos el pelo. Nos peinaba con tanto esmero que terminábamos con los ojos estirados, como chinitas, pero lucíamos muy bonitas.
Mi abuelo nunca nos dijo un cariño. También era estricto. En su época, los hombres pensaban que ser cariñosos era símbolo de debilidad. Pero él demostraba su amor de otra manera. Cada quince días llegaba con un costal lleno de fruta de temporada: pitayas, guamúchiles, mangos, zapotes, mezquites. Le gustaba ir de cacería y siempre nos traía carne. En temporada de elotes, los traía cocidos, del costal a la boca.
Cuando llegaba, nosotros le preguntábamos: —¿Abuelo, ¿cuándo te vas a ir?
Él nos veía con enojo, agarraba su costal y decía: —No, si quieres ahorita me voy. —No, no abuelo, solo decía por decir.
El campamento del ferrocarril
"Duendes, columpios y tesoros"
Mis abuelos vivían a las afueras del pueblo, en un campamento que pertenecía al ferrocarril. Mi bisabuelo, mi abuelo y tres tíos eran ferrocarrileros. Cuando los visitábamos, era como un paseo: caminábamos cruzando todo el pueblo, atravesábamos sembradíos de maíz y llegábamos al campo.
El campamento era una construcción blanca con rojo. A la entrada había un olmo, un árbol muy grande. Mi mamá nos contaba que allí vivían duendes, que ella los había visto de niña. Yo, por más que me esforcé, nunca vi ninguno. La entrada era una gran puerta de madera pintada de rojo, siempre abierta, y allí empezaban las casas de los trabajadores. Era como una privada grande. Al lado izquierdo había diez cuartos amplios, uno por trabajador. Al lado derecho estaban las cocinas, con su pretil para poner los platos y otro donde iba el metate, que también servía de mesa. Al lado izquierdo estaba el fogón donde cocinaban la comida.
En medio del patio había un árbol de moras muy grande. Mi abuelo nos puso un columpio, y allí durábamos horas columpiándonos, volando por los aires.
Afuera había una hilera de lavaderos donde las señoras lavaban, y un pozo del que sacaban agua para todos los usos. Tomábamos el agua directamente del pozo a la boca, y nunca nos hizo daño.
Los niños jugábamos a las escondidas entre la milpa, explorábamos el campo. Encontrar un vidrio brillante era un tesoro. A veces competíamos por ver quién encontraba más lombrices de tierra, o atrapábamos mariposas, grillos y ranitas verdes en tiempo de lluvias.
Lo más emocionante era cuando llegaban de trabajar mi abuelo y mis tíos. Nos subían al armón y nos daban una paseada. Era toda una aventura ir a la casa de los abuelos.
"La ilusión que no se cumplió"
Mi tío Ricardo tenía un hijo que enfermó de poliomielitis. Desafortunadamente, el niño no sobrevivió. Su mayor ilusión era hacer su primera comunión.
No le fue posible. El cura no quiso darle la hostia porque no se sabía el catecismo. Fue un acto cruel. La ilusión del niño quedó sin cumplirse, y su recuerdo se convirtió en una herida para la familia.
La Virgen de Talpa
"Listones benditos y guayabates"
Cada año mis abuelos iban a Talpa de Allende a visitar a la Virgen del Rosario. Cuando regresaban siempre nos traían guayabate, figuritas de chicle de Talpa —cazuelitas, ollitas, sombreritos— y unos listones con el sello de la Virgen, de colores. Nos los ponían alrededor del cuello como collar.
A mí no me gustaban. Los mordía hasta que reventaban y me los quitaba, aunque me daba cargo de conciencia, porque nos decían que estaban benditos y que era pecado tirarlos. Yo los escondía.
Cuando mi mamá me veía, me preguntaba: —¿Y tú medida? Yo me hacía la sorprendida y le decía: —Ay, se me cayó y no supe dónde, jajaja.
Reflexión:
La tradición de Talpa me enseñó que la fe se mezcla con la fiesta y la infancia con la picardía. Para los mayores, los listones eran símbolo de protección; para mí, eran un collar incómodo que prefería romper. Así aprendí que la devoción también se vive de maneras distintas, y que la memoria de esos viajes está hecha de dulces, colores y travesuras.
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Pasajes de mi infancia
SachbücherIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
