Parte/XV Diferentes eventos.

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El circo

"Caravana de música y fieras"

Un día, al salir de la escuela, escuchamos una música muy bonita, alegre y contagiosa. Por la calle venía una camioneta anunciando la llegada de un circo. Detrás, la caravana de actores avanzaba lentamente: un león en su jaula, un elefante, un malabarista y unos trapecistas con mallas y capa. El anunciador gritaba: —¡El circo ya llegó! Los invitamos a pasar para que admiren el espectáculo. Esto es solo una parte de lo que verán en la inauguración el próximo domingo.

Al mismo tiempo lanzaban volantes con la dirección y el horario de las funciones. Vimos que estaba muy cerca de nuestra casa, en un terreno grande. Cuando terminamos la tarea y salimos a jugar, nos dirigimos al lugar. Allí encontramos a muchos trabajadores limpiando el terreno, bajando la carpa, clavando postes. Había una caravana de tráileres y campers donde dormían los artistas, y las jaulas de los animales.

"Afuera de la carpa"

Nos quedamos en la entrada del circo, viendo cómo la fila de personas desaparecía poco a poco. Al final solo quedamos varios niños en la misma situación: queriendo entrar y sin dinero. Sentadas en una piedra, escuchábamos la música alegre y al anunciador que decía: —Gracias señoras y señores, niñas y niños, por darnos la oportunidad de presentarles nuestro espectáculo.

Se oyó una diana y la gente empezó a aplaudir. La carpa vibraba con la emoción de los que estaban adentro, mientras nosotros quedábamos afuera, con la ilusión intacta.

Un hombre con un látigo vigilaba la entrada. Cuando algún niño intentaba levantar la lona para meterse, golpeaba el suelo con tanta fuerza que levantaba polvo. No les pegaba, pero el susto era suficiente para alejarlos.

De pronto, mi hermana se levantó y me dijo...

"La entrada secreta"

—Espérame aquí, ahorita vengo —me dijo mi hermana.

La vi seguir al cuidador, contando sus pasos hasta que dio toda la vuelta. Regresó emocionada: —Ya sé cómo nos vamos a meter. Seguí al señor y conté hasta ciento veinte. En cuanto dé la vuelta, corremos. Ya vi una parte por donde podemos entrar. Tú te metes primero, levanto la lona y luego la agarras por dentro para que yo también me meta.

—Ándale pues, vamos.

Así lo hicimos, con miedo de que el hombre nos descubriera. Pero no sucedió. Mi hermana calculó muy bien el tiempo. En cuanto el señor dio la vuelta, levantamos la lona y nos metimos, con la adrenalina a todo lo que da.

Poco a poco nos tranquilizamos y buscamos un lugar para sentarnos. Encontramos un espacio junto a un matrimonio con dos niños de nuestra edad. Allí nos acomodamos, emocionadas, con la certeza de que habíamos logrado lo imposible: entrar al circo sin pagar.

"El espectáculo bajo la carpa"

Dentro del circo todo era magia. Primero salió un malabarista que jugaba con unos bolos, luego hizo girar platos sobre tubos de fierro sin que se cayeran. Por último, encendió una antorcha y la lanzó al aire, sumando más y más hasta formar círculos de fuego que atrapaba con la boca, sin quemarse.

Después apareció un señor con dos perritos vestidos con falditas de tul. Bailaban y brincaban por aros, arrancando aplausos y sonrisas.

Siguieron los elefantes, tres enormes animales que caminaron alrededor de la pista, tomados de la trompa y la cola. El domador los hizo bailar, sentarse en un banco y finalmente pararse en un pie.

Enseguida salió una muchacha sobre un caballo blanco. Primero iba sentada, luego se paró mientras el caballo seguía dando vueltas. Se paraba en un pie, luego en el otro, y al final hizo una parada de cabeza. La gente enloquecía aplaudiéndole.

Por último, salieron los payasos. A mí me daban miedo, siempre les he tenido fobia, igual que a los mimos. Pero aun así nos hicieron reír, con sus ocurrencias y tropiezos.

"El rugido y el silencio"

Después salió el león. Al pobre animal lo hicieron hacer varias cosas, y el domador, en un acto temerario, metió la cabeza dentro de su boca. Todos exclamamos "¡hooo!", pensando que el león cerraría la mandíbula. Pero no pasó.

Hubo un intermedio. Los vendedores de golosinas recorrían la carpa mientras los trabajadores colocaban una malla. El papá de los niños que estaban junto a nosotras les compró palomitas y refresco. Como nos quedamos mirando muy tristes, también nos compró a nosotras. Luego llegó un fotógrafo y les tomó una foto, y nos integró en ella, como si fuéramos parte de su familia.

De pronto las luces se apagaron, quedando solo las de la pista. La música cambió a un tono de suspenso. El presentador anunció a un equilibrista. Subió por una escalera muy alta hasta una plataforma. Un alambre cruzaba toda la pista, a muchos metros de altura. Con un tubo en las manos empezó a caminar. Se hizo un silencio total, apenas se escuchaba la respiración de los presentes. Cuando llegó al otro lado, estallamos en aplausos. El artista se despidió con una reverencia.

Trapecios, regaños y risas"

Los ayudantes quitaron el alambre y dejaron la malla. El anunciador presentó el último acto: los trapecistas, un hombre vestido de azul y una mujer de rojo, ambos con capa. Se subieron a lo alto, cada uno en un extremo. La música de suspenso llenó la carpa. Se balancearon en sus trapecios y, de pronto, hicieron una maniobra en el aire, cambiándose de trapecio. Todos exclamamos "¡hooo!" y al final aplaudimos con fuerza. Con eso terminó la función.

Salimos ordenadamente. Ya estaba oscureciendo y nos asustamos. —Ya se hizo noche, nos van a pegar —le dije a mi hermana. —No le hace, nada más nos va a doler un ratito, al cabo ya vinimos al circo —me contestó.

Mi mamá estaba angustiada, pensando lo peor. Cuando nos vio llegar, nos reclamó: —¿Dónde andaban? Yo aquí bajando a todos los santos para que no les pasara nada y ustedes tan campantes.

Mi hermano Santos dijo: —Yo las vi saliendo del circo.

Mi mamá se enojó más: —¿Quién las dejó ir? ¿A quién pidieron permiso? ¿Quién les dio dinero? Si el circo cuesta caro.

Ya nos iba a castigar cuando llegó mi papá. Con calma dijo: —A ver, déjalas hablar. ¿Cómo le hicieron para entrar?

Emocionadas le contamos todo. Él sonrió: —A qué hijas tan inteligentes tengo, ni a mí se me hubiera ocurrido eso.

Mi mamá, furiosa, le respondió: —¡Por eso están como están! Porque tú las dejas hacer lo que les da su gana.

Pero mi papá zanjó la discusión: —Ya, ya, vamos a cenar. A ver, ustedes platíquenme qué vieron.

Nosotras contamos todo el espectáculo y terminamos riendo. Nunca volví a ir al circo hasta que fui madre y llevé a mis hijos. Pero aquella primera vez fue una experiencia inolvidable.

Reflexión:

El circo me enseñó que la infancia es atrevimiento, miedo y maravilla. Entrar por debajo de la lona fue nuestra travesura más grande, y el espectáculo que vimos quedó grabado como un tesoro de mi memoria. Entre regaños y risas, aprendí que las aventuras vividas en secreto se convierten en las historias más luminosas de la niñez.

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora