Parte/XXXI El festejo

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Los zapatos nuevos

Cuando Tere me vio, creo que le dio lástima al mirar mis zapatos. Entonces le dijo a mi mamá: —Vamos a un mandadito, nos vemos en el templo. —Está bien. Cuando den la segunda llamada de misa, nos vamos al templo para alcanzar buen lugar.

Tere me llevó a una zapatería que estaba en la esquina. —Escoge los que más te gusten —me dijo.

Yo, fascinada, miraba los pocos modelos que había y escogí unos de taconcito. Me los medí y la empleada me indicó: —Camina, para que sientas si no te aprietan.

Así lo hice. —No me aprietan ni se me salen —le respondí. —Bien, entonces esos nos llevamos. Se los va a llevar puestos —dijo Tere.

La dependienta guardó mis zapatos viejos en la caja y salimos rumbo a la iglesia. Caminamos aprisa porque ya iban a dar la última llamada de misa. Tere me entregó mi vela, muy adornada con una hostia y un racimo de uvas. El librito, con pasta dura, tenía en la portada a una niña recibiendo la hostia de manos del sacerdote; sus hojas tenían filos dorados. Mi rosario era de cuentas que imitaban perlas, con cadena dorada.

Nos pusimos en la puerta. El padre salió a recibirnos. La iglesia lucía con su alfombra roja y sus reclinatorios. El de mi madrina y el mío eran los más importantes. Me sentí dichosa, como si todo aquello estuviera preparado solo para mí

La misa y el desayuno de celebración

Cuando me dieron la comunión también sufrí, porque las señoras que nos prepararon nos habían advertido: —¡Por vida de Dios! No se les vaya a caer la hostia, porque casi, casi se van a ir al infierno. La hostia es lo más sagrado del mundo.

Por caridad de Dios no se me cayó. Se terminó la misa y salimos directamente al estudio fotográfico, porque no podía faltar la foto del recuerdo.

Al salir del estudio, mi madrina le dijo a mi mamá: —Doña Cele preparó un desayunito, ¿nos pueden acompañar? —Ay, qué pena, nosotros éramos los que deberíamos invitarlos a ustedes —respondió mi mamá. —Vamos, no se fijen en eso, doña Cele nos espera.

Cuando llegamos a la casa de mi tía, nos pasaron directamente al comedor. Todo estaba listo. Mi madrina se puso un mandil y empezó a ayudarle a mi tía. Nos sirvieron unos chilaquiles bien sabrosos, acompañados de frijoles chinitos hechos con manteca de puerco, con pedacitos de tortilla dorada y chilitos verdes fritos.

Al terminar, nos ofrecieron un jarro grande de chocolate bien espumoso. En la mesa colocaron una charola con pan variado: virotes, conchas, cortadillos, tostaditos, cuernitos... no había ni por cuál decidirse.

El festín después de la comunión

Yo me decidí por un virote y lo empecé a remojar en el jarro de chocolate. Mi madrina, al verme, corrió a ponerme una servilleta como babero para que no me manchara el vestido. Mi mamá me miró con unos ojos de advertencia, pero yo me hice la desentendida, ja, ja, ja.

Ya casi no me cabía nada, pero no me quedé con las ganas de probar un cortadillo lleno de betún blanco, que casi se deshacía en la boca. Mi mamá estuvo a punto de levantarse para sacarme de la mesa, pero mi madrina le hizo señas de que me dejara disfrutar.

Y así como yo estaba, estaban también mis hermanos, los que éramos en ese tiempo. Todos pensamos lo mismo: ahora es cuando. Ja, ja, ja.

Fue un desayuno abundante y delicioso, digno de un día tan importante.

Se terminó el desayuno y mi mamá, junto con mis dos hermanas mayores, ayudaron a mi madrina y a mi tía a recoger y lavar los trastes. Entre todas dejaron bien limpia la cocina y el comedor, como si nada hubiera pasado. Después de ese festín y de tantas atenciones, nos despedimos con gratitud y alegría, llevando en el corazón el recuerdo de un día inolvidable.

El regalo especial de mi madrina

Antes de irnos, mi madrina sacó una cajita y, con mucho cuidado, me entregó una medallita con la Virgen de Guadalupe. Yo estaba fascinada, la miraba brillar y pensaba que seguramente era de oro. Años después, aquella medalla terminó en el Monte de Piedad, pero en ese momento fue el regalo más valioso y significativo que recibí.

El festejo en casa

Pero si creían que el festejo se había terminado, se equivocaban. Al llegar a la casa, al poco rato llegaron mis abuelos, Ramona y Chano. Mi abuelo traía unos patos que había cazado. De inmediato mi abuela y mi mamá pusieron agua a calentar, los desplumaron y mi abuela preparó una birria que le quedaba deliciosa. No sé exactamente cómo la hacía, pero recuerdo que la ponía en una olla, la tapaba y sellaba con masa alrededor para que no se escapara el vapor.

Mientras tanto, mi mamá cocinó una sopa de arroz con las menudencias, rodajas de huevo cocido, chícharos y ruedas de jitomate. También picaron cebolla y cortaron limones en cuarterones. Los chiquillos jugábamos con lo que nos había traído el Niño Dios, y yo hacía todo lo posible por no pelear, porque estaba recién comulgada.

No sé cuánto tiempo pasó, pero llegó la hora de comer. Nos sentaron y vi la enorme cazuela con la sopa de arroz: tan bonita, con sus colores rojo, verde, blanco y amarillo por la yema del huevo, los chícharos y los higaditos. La birria olía riquísimo, y aparte hicieron frijolitos refritos. A esa hora ya se nos había bajado el desayuno, así que a comer se ha dicho.

Mientras mi abuela servía, mi mamá hacía tortillas a mano, bien infladitas. También trajeron Pepsi Cola, porque era día de fiesta. Comimos con gusto y al terminar nos dijeron: —Vayan a jugar para que se les baje la comida. Y tú, niña, ten mucho cuidado cuando juegues no se te vaya a romper el vestido, para que te sirva cuando vayas a ofrecer flores.

El vestido y el juego

Nos pusimos a jugar y nunca me acordé del vestido. El caso es que terminó bien sucio y, para rematar, no sé quién me lo pisó y se rompió de la parte de abajo. Yo, para que no se siguiera desgarrando, le hice un nudo y seguí jugando como si nada.

Cuando mi mamá lo vio, casi le da un ataque: —¡No te dije que cuidaras el vestido! —Pues se me rompió —le respondí.

Entonces me miró y, en lugar de enojarse, le empezó a dar mucha risa. —Bueno, al menos aguantó para ti. Ven, párate derechita.

Agarró las tijeras y comenzó a cortar el vestido a la medida que en ese tiempo se usaba: debajo de la rodilla. Y así, entre risas y juegos, terminó mi gran día.

Reflexión

La primera comunión fue mucho más que un rito religioso: fue un día de fe, de unión familiar y de cariño. El vestido heredado, los zapatos nuevos que me regaló mi madrina, la vela adornada y el rosario brillante fueron símbolos de un momento que, en su sencillez, se volvió inolvidable.

La medallita de la Virgen de Guadalupe que Teresa me entregó, aunque años después terminó en el Monte de Piedad, sigue siendo para mí el recuerdo más valioso de aquel día. No por su material, sino por lo que representaba: el afecto sincero de una mujer que, a pesar de sus propias cadenas, me regaló un gesto de libertad y de amor.

Hoy entiendo que la verdadera riqueza de esa celebración no estuvo en el oro ni en la abundancia de la mesa, sino en la compañía, en la complicidad de mi madrina y en la fuerza de mi madre, que con su carácter nos enseñaba a valorar lo poco como si fuera mucho. Fue un día que me enseñó que la fe se vive en lo sencillo ,y que los recuerdos más luminosos se guardan en el corazón, más allá de lo material.

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