Parte/LI Apodos -1-

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Introducción

Hay personas que, aunque no son tus parientes, marcan tu vida. Este es el caso de algunas figuras dignas de mencionar, que jugaron un papel importante en mi niñez.

En el pueblo, la mayoría de las personas eran conocidas por sus apodos. No sé quién era el encargado de ponerlos, pero recuerdo a varias de ellas de quienes nunca supe el nombre verdadero, solo el apodo o, en algunos casos, simplemente el apellido.

Ellos, con sus oficios, sus costumbres y sus historias, forman parte de la memoria viva de mi infancia y del retrato de la comunidad en la que crecí.

Reflexión:

La introducción abre la puerta a un mosaico de personajes que, con sus apodos y peculiaridades, construyeron la identidad del pueblo. Es un recordatorio de cómo la memoria se teje no solo con la familia, sino también con aquellos vecinos y comerciantes que dejaron huella en la vida cotidiana.

"El Recorte y la tienda de charros"

El Recorte era un señor muy bajito, apenas rebasaba la estatura de los enanitos. Si hubiera crecido un poco menos, habría quedado en esa categoría, pero alcanzó la medida de un hombre chaparrito.

Tenía una tienda especial, dedicada a todo lo que un charro necesitaba: trajes completos, sombreros, sogas, espuelas, chaparreras, telas para confeccionar los trajes, botones de adorno llamados tarugos, sillas de montar y botas.

Su negocio estaba en los portales, justo enfrente de la plaza. Al pasar por allí, me llegaba el olor característico de la piel y la gamuza, un aroma que impregnaba el aire y que parecía anunciar la presencia de la tradición charra en el corazón del pueblo.

Reflexión:

El Recorte representa la identidad charra del pueblo, un oficio que no solo vendía artículos, sino que mantenía viva la cultura y el orgullo de la región. Su tienda era un espacio donde la tradición se vestía de gala, y el olor de la piel curtida se mezclaba con la memoria de las fiestas y las cabalgatas.

El Mulas y el billar"

Al dueño del billar le apodaban El Mulas. ¿Por qué? Según mi mamá, porque tenía la dentadura hacia afuera y siempre se le veía risueño, aunque en realidad era porque no podía cerrar la boca. Su hocico se parecía al de las mulas, de ahí el apodo.

El local estaba en los portales, enfrente de la plaza. Tenía varias mesas de billar, una rocola donde los jóvenes ponían una moneda de cincuenta centavos para escuchar las canciones de moda —por lo regular rocanrol—, y unas mesas donde se sentaban a tomar malteadas mientras platicaban con sus parejas.

También había futbolitos: con una moneda de veinte centavos salían las pelotitas y comenzaba el juego. Además, alquilaba bicicletas pequeñas para los niños y patines del diablo. Los domingos por la tarde la plaza se llenaba de niños jugando con ellos; el alquiler era por media hora o por una hora, según el dinero que se tuviera.

Un domingo mis hermanas y yo juntamos dinero y alquilamos un patín por media hora. Nos fuimos al camellón frente a la iglesia. Como el ayudante del Mulas no nos vio, nadie nos reclamó el patín y jugamos hasta muy tarde. Cuando menos pensamos ya eran más de las diez de la noche y la plaza estaba casi desierta. Nos asustamos: —Nos van a echar a la cárcel, el Mulas va a pensar que nos robamos el patín.

Corrimos a entregarlo, pero el local ya estaba cerrado. Mi mamá llegó a buscarnos y nos dio una tremenda regañada. Al ver el patín preguntó: —¿Y ese patín qué indica? —Es que lo alquilamos, pero cuando lo fuimos a entregar ya había cerrado el Mulas, y pues nos quedamos con él.

—A ver mañana con qué cara lo van a entregar, y si les cobra más de la cuenta, a ver con qué pagan. Yo no les voy a dar ni un cinco.

Al otro día, al pasar por el local rumbo a la escuela, lo entregamos con toda la vergüenza del mundo. El Mulas, riéndose, le dijo al ayudante: —¡Mira, ya apareció el patín que te robaron!

"El Mulas y la música de las fiestas"

En cuanto le entregamos el patín, corrimos con tanta velocidad que no paramos hasta llegar a la escuela, ¡ja, ja, ja!

El Mulas no solo era el dueño del billar, también era el encargado de llevar la alegría a las casas. Era el único que tenía un aparato de sonido, mismo que alquilaba para las fiestas de las personas de escasos recursos. Tenía una camionetita en la que cargaba el equipo: dos bocinas grandes que parecían cornetas, dos cajas de madera llenas de discos, todos muy bien catalogados. Tenía música de todos los ritmos y gustos.

Una vecina, doña Pachita la cabezona —le decían así porque tenía el pelo muy rizado y largo, que siempre llevaba trenzado, pero cuando se bañaba se lo dejaba suelto y parecía una cabezota de tanto chino—, tenía una tiendita y muy seguido organizaba fiestas. Regaba la calle, ponía sillas alrededor formando un cuadrado, y los niños, al ver que llegaba la camionetita, gritábamos emocionados: —¡Allí vienen El Mulas!

Saltábamos de gusto. El Mulas llegaba, acomodaba su equipo de sonido y el baile empezaba a las seis de la tarde, terminando a las diez de la noche, porque el ayuntamiento solo daba permiso hasta esa hora. Si el baile duraba más, se necesitaba un permiso especial; de lo contrario, corrían el riesgo de que se llevaran al dueño de la casa a la cárcel, con el pretexto de que molestaba a los vecinos. Pero, ¿a cuáles vecinos, si todos éramos invitados?

El baile comenzaba con las Mañanitas si era cumpleaños. Al terminar la canción, todos aplaudíamos y enseguida empezaba la música para bailar.

"El Mulas, la música y los anuncios"

Los niños nos dábamos gusto jugando entre los bailarines y tomando agua fresca. A los grandes les daban refrescos y, me imagino, también bebidas alcohólicas. A los cocteles les llamaban changos. Los anfitriones llegaban y decían: —¿Te sirvo un chango? O sírvete un chango.

El Mulas se daba gusto bailando con todas las jóvenes. No podían desairarlo, porque él era el dueño de la música. De aquellas fiestas recuerdo canciones como el merecumbé, las melodías de Bienvenido Granda, aquel estribillo de "Oye mamá, qué sabroso está ese nuevo ritmo que se llama cha, cha, cha", además de música de las grandes bandas y muchos ritmos más.

El Mulas también era el anunciador de todos los eventos del pueblo. Con su camionetita, su equipo de sonido y sus grandes bocinas, recorría las calles invitando a la gente a las corridas de toros, a los bailes locales y a las funciones de cine, dando a conocer las películas que se iban a exhibir. Todo un personaje, indispensable en la vida comunitaria.

Reflexión:

El Mulas fue más que un hombre con un apodo gracioso: fue el hilo conductor de la alegría del pueblo. Su música llenaba las calles, sus anuncios daban vida a los eventos, y su presencia era sinónimo de fiesta. Era un personaje que, con sencillez y entusiasmo, se convirtió en la voz y el ritmo de la comunidad.

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