La cajita de madera
"Papeles, fotos y secretos"
Mi madre tenía una cajita de madera que siempre mantenía cerrada con llave. Yo sentía curiosidad por saber qué guardaba en ella. Un día la vi sentada en una silla, abriéndola, y me acerqué: —¿Me dejas ver lo que tiene la caja? —Sí.
Yo imaginaba que allí había un tesoro: la medallita de mi madrina de primera comunión, las piedritas de ópalo que me dio el señor. Pero nada de eso estaba en la misteriosa caja. Lo que mi mamá guardaba eran las actas de nacimiento de la familia, las boletas de calificación y algunas fotos amarillentas por el tiempo.
—Mira hija, en esta foto está... Esta otra es... Esta es tu tía Julia, hermana de tu papá. Hace mucho que se murió. —¿Y de qué se murió? —Pues dicen que se volvió loca. Ah, ella se casó y tuvo dos hijos: Lupe y Mamerto. —Mamerto, ¿y por qué le pusieron ese nombre tan feo? —Ay hija, qué curiosa eres. Le pusieron así porque nació el día de San Mamerto.
—Y mira esta otra muchacha, también era tu tía. Se murió muy jovencita. —¿Y de qué se murió? —Ve tú a saber. Tu padre dice que le picó un alacrán, tu tío Nacho dice que se le cayó el corazón, pero a mí me dijo Toña la tejana que se enyerbó porque tenía un novio y le salió casado. De desilusión se enyerbó con cruz negra y se murió de apenas dieciséis años. Y mucho cuidado con andar contando por ahí, a los muertos hay que dejarlos descansar.
Reflexión:
La cajita de madera me enseñó que los verdaderos tesoros no siempre son piedras ni medallas, sino papeles y fotos que guardan la memoria de quienes ya no están. Allí descubrí que la historia familiar está hecha de versiones, rumores y silencios, y que cada muerte trae consigo un misterio que se transmite como secreto.
Mis primos
"La mesa compartida y los juegos"
Mi papá tenía un primo casado con muchos hijos. Vivían a dos cuadras de distancia. En nuestra casa nunca faltaba la comida: al menos frijoles, tortillas y leguminosas. En cambio, en la casa del primo la comida era lo que hacía falta.
A nosotros nos daban de comer todo lo que cupiera en el estómago. Mi mamá siempre nos decía que no comiéramos de vicio, porque era pecado. A mis primos les daban su comida, pero creo que se quedaban con hambre. Cuando uno es niño, y más si es pobre, come mucho.
A mi mamá le daba coraje cuando alguna comida no nos gustaba. Si decíamos: —Mejor dame frijoles.
Ella contestaba con enojo: —¡Ahorita mismo le voy a dar la comida a sus primos!
Cuando los veía pasar, los sentaba a la mesa y les daba lo que nosotros despreciábamos. Ellos se lo comían ávidamente. Creo que le daban gracias a Dios que a nosotros no nos gustara mucho.
Había dos niños de la misma edad que mi hermana y yo. Jugábamos juntos. Ellos nos enseñaron a jugar a las canicas, bailar el trompo, los vaqueros, el balero, la soga, béisbol, fútbol, a subir a los árboles.
—¡Parecen marimachos! —nos decía mi mamá.
Pero por una oreja nos entraban los regaños y por la otra se nos salían. Muchas veces llegábamos con la ropa rasgada, y eso era digno de unos azotes. Ni eso nos hacía entender. Era muy divertido y más emocionantes los juegos de los niños que los de las niñas, al menos para nosotras.
Eran unos niños muy educados y aplicados en la escuela. Así como nos enseñaban a jugar diferentes juegos, también nos ayudaban a estudiar cuando no entendíamos alguna tarea. Eran serviciales: se acomedían a hacer algunos quehaceres por una módica propina. Tengo muy bonitos recuerdos de ellos.
"La hija mayor"
Hubo tres eventos desagradables que pasaron a ser secretos de familia. La hija mayor, la única mujer de la familia, vivía con sus abuelos maternos. Yo le pregunté a mi mamá por qué ella vivía allá. —Lo que pasa es que su propio padre intentó abusar de ella —me dijo. Un día, estando sola en la casa, él la tomó a la fuerza. Ella reaccionó con valentía: le dio una patada en el estómago que lo dejó sin aire y salió corriendo, gritando. Los vecinos acudieron y, al escuchar lo que había sucedido, casi lo linchan. Desde entonces, ella vivió con sus abuelos, lejos de aquel peligro.
"El puerco y la codicia"
Las personas solían engordar puercos para algún evento especial, pero la mayoría lo hacía para vender la carne entre los vecinos y ayudar en su economía.
Ese fue el caso de mis primos. El hombre invitó a unos amigos a su casa porque iba a matar un puerco. Había un caso muy grande donde se estaban cocinando los chicharrones. Los invitados, entre ellos mi papá, estaban tomando licor y comiendo cueritos con sal y limón como botanas.
Mientras ellos comían alegremente, sus hijos miraban con ojos de hambre. Mi papá le dijo: —Dales a los muchachos chicharrones, se están saboreando.
El primo contestó: —Los chicharrones y la carne son para vender.
Mi papá, indignado, le reclamó: —¡Pero ¡cómo es posible que seas tan desgraciado! Primero es la familia.
Entonces les compró un kilo de chicharrón y se lo dio a las hambrientas criaturas.
Sobra decir que no les daba suficiente comida, no porque no tuviera dinero, sino porque era muy codicioso.
"La Navidad del padre"
Muchos años después, cuando los hijos ya eran adultos, hicieron un banquete para la cena de Nochebuena. Se dice —porque yo no lo vi— que amarraron a su padre en una silla y se sentaron a la mesa a comer. Al hombre no le dieron ni un vaso de agua.
Cuando terminaron de cenar, recogieron todo con cuidado de no dejar ni una migaja. Entonces, uno de sus hijos le dijo: —Eso que estás sintiendo tú es lo que nosotros sentíamos cuando te sentabas a la mesa a comer tus manjares y a nosotros no nos dabas ni las migas de pan.
Los secretos de familia
Los secretos de familia no se cuentan en voz alta, pero viven en la memoria. Son heridas que se transmiten como advertencias, como ejemplos de lo que no debe repetirse.
Cada uno de estos episodios me enseñó que el amor y la generosidad son la verdadera riqueza de una familia. La falta de ternura, la codicia y la violencia dejan cicatrices que nunca se borran.
Reflexión
Recordar estos secretos no es abrir viejas heridas, sino reconocer que también forman parte de nuestra historia. Porque la memoria no solo guarda fiestas y juegos, también guarda silencios y dolores que nos enseñan a valorar la justicia, la solidaridad y la compasión.
Epílogo de las raíces paternas
"La memoria como herencia"
Las historias de mis tíos, de mis abuelos y de los Badillo pobres se fueron entretejiendo como hilos de un telar antiguo. Cada uno dejó su marca: unos con cariño, otros con abundancia, algunos con crueldad, otros con la esperanza del campo y la mina. Mi madre, guardiana de la cajita de madera, me mostró que la verdadera herencia no estaba en las casas ni en las piedras de ópalo, sino en los papeles, las fotos y los recuerdos que sobreviven al tiempo.
Así se cierra la historia de mis raíces paternas: un mosaico de pobreza y dignidad, de pleitos y reconciliaciones, de risas y lágrimas. No heredamos riquezas, pero sí memorias. Y esas memorias, aunque humildes, son el tesoro que me acompaña y que ahora dejo escrito para que no se pierda en el silencio.
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Pasajes de mi infancia
SaggisticaIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
