Nos fuimos a la casa, la maestra y yo, con mi rotación de fruta y una bolsa con unos vestidos que me regalaron y un par de zapatos de los muchos que tenían y que ya me habían puesto.
La maestra le dio las gracias a mi mamá, le entregó dinero —no supe cuánto— y se fue. No la extrañé, pues ya habíamos entrado a la escuela y en tercero no era como en primero y segundo: ahora me dejaban mucha tarea. Poco tiempo después nos cambiamos de casa al otro extremo del pueblo y ya no volví.
Pasaron los meses, llegaron las vacaciones de diciembre y un buen día, desde que me levanté, empecé a recordar a la señora grande. En ratitos hasta sentía escuchar su voz. Le pedí permiso a mi mamá: —¿Me dejas ir a visitar a las maestras? Mi mamá se extrañó: —¿Y eso, por qué quieres ir? —Pues me acordé de la viejita. —Está bien, pero no te vayas a tardar mucho porque ahorita oscurece muy pronto. —Sí, no me voy a tardar.
Me fui a la casa de las maestras. Al llegar me extrañó ver la puerta abierta, pues siempre estaba cerrada. Tenían un postigo, una ventanita en la puerta, y por ahí veían quién llegaba. Pero ese día estaba abierta de par en par.
Entré y vi a varias mujeres vestidas de negro y a unos señores. Me metí hasta la cocina y allí estaba la cocinera, haciendo mucha comida. Cuando me vio me preguntó: —¿Cómo te diste cuenta, ¿quién te dijo? —¿Quién me dijo qué? Yo vine porque me dieron ganas de ver a la señora grande. Me empecé a acordar mucho de ella y por eso vine. —No cabe duda, ella te llamó. La señora grande ya no está con nosotros, ya se fue al cielo.
Inmediatamente me acordé de cuando se murió mi hermanito, porque así me dijeron entonces: que ya se había ido al cielo. —¿Se murió? —Sí. ¿Quieres verla? —Sí quiero. —¿No le tienes miedo a los muertos? —No. —Ven, pues.
Me llevó al cuarto de los tiliches, ese que yo quería tanto. Allí había una puerta que daba a la recámara de la señora grande. Entramos. Estaba en su cama, con un vestido negro, las manos cruzadas en el pecho y un rosario entre ellas, el mismo que me había dicho que había traído de Roma y que estaba bendecido por un Papa.
Parecía dormida. Le pasé la mano por la cara y estaba muy helada. La cocinera me dijo: —Simplemente se quedó dormida. Cuando fueron a despertarla ya estaba muerta.
En eso estábamos cuando llegaron la maestra Lena y Nachito, su hermano, con unos sirios. Colocaron cuatro, uno en cada esquina de la cama, los encendieron y abrieron la ventana que daba a la calle. Así se acostumbraba: la gente que pasaba veía el cuerpo, se persignaba y le rezaba una oración al muerto.
Entró un grupo de señoras y comenzaron a rezar. La cocinera me tomó de la mano y nos sacó del cuarto. Me llevó a la cocina y me dijo: —Te voy a dar de comer, porque dentro de un rato esto va a parecer mercado.
No entendí lo que quiso decir. Mientras comía, me confesó: —Pues yo no sé qué le diste a la señora grande, pero desde que empezaste a venir ella cambió. Era muy callada y contigo sabe Dios de qué tanto hablaban. Cuando dejaste de venir, siempre esperaba que vinieras, y tú ingrata ya nunca te paraste por aquí hasta ahora que se murió.
Yo solo atiné a responder: —Es que me dejan mucha tarea.
"Las enseñanzas de la señora grande"
—¿Y qué tanto te contaba la señora? —me preguntó la cocinera. —De cuando ella era chica y todo lo demás —le respondí. —No hagas mucho caso de lo que te contó, la señora ya desvariaba. —¿Y qué es desvariar? —Cuando ya no saben lo que dicen, ya no se sabe si todo lo que cuentan es verdad o solo está en su cabeza.
Terminé de comer y le dije: —Ya me voy porque si no mi mamá me va a regañar. —Pues avísale, al cabo aquí vives bien cerquita. —No, ya no vivimos aquí, nos cambiamos más allá del rastro. —Con razón ya nunca te volví a ver.
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Pasajes de mi infancia
NonfiksiIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
