Parte/XLIII Nuevo hogar

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"La casa de la patrona"

Entrando por la puerta principal había un recibidor muy grande, lo usaban como sala de televisión y juegos. Al fondo estaba el comedor, y más adelante una puerta conducía a la cocina; ambas áreas eran tan amplias como el recibidor.

A mano izquierda del ingreso principal estaba la sala de lujo. Seguía otra puerta: la recámara de los señores, con acceso directo a un baño. Por el mismo pasillo había otra puerta que comunicaba a las demás recámaras: en total eran cuatro, cada una con una litera donde dormían los hijos, y dos baños más.

En la recámara de las niñas había camas gemelas; el bebé dormía con los señores en su cuna. Además, contaban con una recámara grande destinada a guardar tiliches, juguetes y el guardarropa de todos.

Detrás de la cocina estaba el cuarto de lavado y planchado, y una escalera que subía a la recámara de las chachas, es decir, la de Tacha y la mía. Una señora venía todos los días a lavar y planchar, pero no se quedaba a dormir. Según ellos, eran pobres... ja, ja, ja.

Lo primero que tenía que hacer era barrer la calle, la cochera y el jardín. Mientras yo barría, la familia se levantaba, hacían fila para bañarse y después desayunaban. Les preparaban su lonche y se iban al colegio: el señor llevaba a los hijos y la señora a las hijas.

"La rutina en la casa de la patrona"

Después de que la familia desayunaba, nosotras —las tres empleadas— también comíamos, y lo curioso era que nos daban lo mismo que a los patrones: puro bueno.

Yo empezaba el aseo: primero la estancia, luego las recámaras. Cuando llegaba la señora, se ponía a hacer gimnasia, después se bañaba, desayunaba y levantaba al bebé para bañarlo y arreglarlo. Mientras tanto yo terminaba el aseo. Como la señora no sabía hacer nada, no era muy exigente que digamos.

Ya con el bebé listo, casi siempre salíamos en su camioneta para hacer las compras. Me llevaba con ella porque yo cuidaba al niño. Algunas veces íbamos acompañadas de alguna amiga, y de ahí pasábamos por las hijas a la escuela.

Al regresar, poco después llegaba el esposo con los hijos. Se hacía un alboroto: todos comían, y cuando terminaban, nosotras las empleadas también comíamos.

Los hijos empezaban a hacer la tarea y, al terminar, salían a jugar a la calle. Yo también salía, porque cuidaba al bebé. Lo dejábamos en la carriola, y la hija mayor —mi tocaya Rosalía, de mí misma edad— me dijo un día: —Vamos a decir que eres mi prima, porque si mis amigas saben que nos ayudas no van a querer jugar contigo. —Está bien —le respondí.

Así lo hacíamos. Cuando había cumpleaños de alguna amiga, yo también iba. Me trataban igual que a todas las invitadas: me tapaban los ojos para pegarle a la piñata, me daban mi rebanada de pastel y mi bolo.

Para completar el cuadro, la señora me regaló varios vestidos de su hija y zapatos. Cuando me pagaban mis ciento cincuenta pesos, no me hacían falta para nada: todo el dinero iba a parar a las manos de mi madre. Tacha me decía...

"Igualada con los hijos de los patrones"

—Eres muy igualada con los hijos de los patrones —me decía Tacha. —¿Por qué? —Los tratas como si fueran iguales, y ellos están más arriba que nosotras. —Si a la señora no le interesa, a mí menos —le respondía riéndome.

Salía a descansar un domingo sí y otro no. Cuando me tocaba salir, me iba al pueblo a visitar a mis papás. La señora me daba veinte pesos de domingo: el pasaje costaba siete cincuenta de ida y siete cincuenta de vuelta, más cuarenta centavos del camión urbano. Gastaba quince pesos con ochenta centavos y todavía me quedaban cuatro pesos con veinte para gastar.

Cuando no salía, igual me daban mis veinte pesos, que guardaba para la siguiente visita al pueblo. El domingo que no me tocaba salir, nos íbamos a una granja que los señores tenían en alguna parte de la ciudad. Se reunían otras familias amigas, iban muchos niños y jugábamos muy a gusto. Tanto que, cuando me tocaba ir al pueblo, ya me daba flojera, pero tenía que ir.

Rafael, el segundo hijo, decía que iba a ser maestro. Siempre me estaba dando clases. Me hizo un examen, y en lo que salí más mal fue en matemáticas. A pesar de que terminé hasta sexto de primaria, siempre se me dificultaron. Me ponía muchas operaciones: sumas, restas, multiplicaciones, divisiones, quebrados. Me dictaba palabras y las que sacaba mal me hacía escribirlas hasta veinte veces. También me dejaba leer libros y, cuando regresaba, me preguntaba de qué se había tratado la lectura.

Reflexión:

Este episodio muestra cómo la vida en la casa de los patrones no solo era trabajo, también aprendizaje. Rafael, con su vocación de maestro, me enseñaba con paciencia y disciplina, aunque las matemáticas siempre fueron mi punto débil. La rutina de los domingos, entre visitas al pueblo y paseos a la granja, reflejaba la mezcla de obligaciones y pequeños momentos de diversión. Y la advertencia de Tacha sobre ser "igualada" revela la rigidez de las jerarquías sociales, aunque yo, con mi carácter, nunca me dejé intimidar por esas diferencias.

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