Parte/XLVI Comerciantes -1-

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"Don Marcelino Pérez, el dueño de la mercería"

Don Marcelino Pérez era el dueño de la mercería, ubicada en los portales. Allí íbamos a comprar las madejas de hilo para confeccionar nuestras costuras. Entre más subíamos de grado en la escuela, más laboriosas eran las costuras: desde tercer grado ya nos exigían hacer manteles y colchas, bordadas o tejidas con ganchillo.

Don Marcelino era el proveedor de todo lo necesario: madejas de hilo para bordar, hilos para tejer, estambres para confeccionar suéteres, chambritas y cobijitas. Vendía franela para los pañales de los bebés que venían en camino —en esos años había mucha demanda—, además de telas para bordar: la manta, la más económica; el cuadrillé, para el punto de cruz; la popelina, más fina; la organza, para la gente adinerada; y la tela de velo, usada para bordar sevillanas. En ese tiempo, las mujeres debían entrar a la iglesia con la cabeza cubierta, y los hombres sin sombrero.

También ofrecía telas para confeccionar vestidos y adornos, botones, libros para la primera comunión, rosarios, ropones para el bautizo de los niños ricos, medallitas de oro para los bautizados y para los niños de primera comunión, tobilleras, encajes, bolillos de diferentes colores y muchas otras cosas más.

"El mercero y su coche negro"

El local de Don Marcelino tenía estantes desde el piso hasta el techo. Las construcciones eran altas, muy altas, y él usaba una escalera para bajar las cosas de los estantes más elevados. El mostrador era de madera y tenía una vitrina donde exhibía las cosas más bonitas. Sobre el mostrador había frascos de vidrio con dulces y galletas. A mí me gustaba comprar chiclosos y barrilitos: daba tres dulces por cinco centavos.

Don Marcelino y su esposa ya eran personas mayores. Él era un señor alto y gordo, que usaba los pantalones fajados a la cintura, lo cual lo hacía ver más panzón. Yo me imaginaba que tenían más de cincuenta años —a mí se me hacían viejitos—. No sé si tenían hijos, y si los tenían, ya deberían ser adultos.

Don Marcelino tenía un flamante coche negro de los años cuarenta. Se veía nuevo, brilloso. Todos los jueves por la tarde, él y su esposa se paseaban por todo el pueblo. Cuando pasaban por la calle donde vivíamos, los chiquillos corríamos y nos subíamos a la defensa del coche. Parecía una banquita, y allí nos sentábamos para pasearnos. Era grande, de fierro macizo.

Cuando llegábamos a la esquina nos bajábamos. Él nunca nos dijo nada, y hasta le daba más despacio para que no nos fuéramos a caer. Obviamente, la velocidad del coche no era como la que vemos actualmente en la ciudad.

Reflexión:

Don Marcelino no solo era el mercero del pueblo, sino también un personaje entrañable. Su coche negro brillando por las calles era símbolo de prestigio, pero también de generosidad silenciosa: nunca nos regañó por subirnos, al contrario, parecía disfrutar nuestra alegría. Su mercería y sus paseos fueron parte del paisaje cotidiano, y su figura quedó grabada como uno de esos pilares que daban identidad al pueblo.

"Don Justo"

Don Justo era el enfermero del pueblo. Un anciano alto, güero, siempre impecable con sus pantalones de casimir, su camisa blanca, sus zapatos muy brillosos y sus tirantes. Usaba lentes y cargaba siempre su belicito, donde llevaba su jeringa, algodón, alcohol, gasas, mercurios y todo lo necesario para curar heridas leves.

Cuando había un enfermo en cama, él era el encargado de ir a su casa, inyectarlo en la nalga o en la vena, y poner sueros. Se le veía por todo el pueblo cargando su veliz, como un médico ambulante. Cuando alguien se descalabraba y necesitaba algunos puntos, él era el experto en dejarnos como nuevos.

Reflexión:

Don Justo era más que un enfermero: era la confianza del pueblo. Su figura alta y seria, con el veliz siempre en la mano, representaba la seguridad de que, ante cualquier accidente o enfermedad, había alguien dispuesto a atendernos. Su oficio era humilde pero vital, y su presencia constante nos recordaba que la salud también tenía rostro cercano y humano.

"La modista de alta costura"

La mamá de Guillermina Monteón era la modista de alta costura. No se le llamaba costurera, porque su oficio era confeccionar los vestidos de las señoras de sociedad, los de las fiestas elegantes. Entre sus creaciones estaban vestidos de novia, de quinceañera y de primera comunión. Hacía verdaderas maravillas.

Tenía catálogos americanos donde se exhibían los modelos de moda. Si alguien necesitaba un vestido elegante, la recomendación era inmediata: —Anda con la mamá de Guillermina Monteón.

Nunca supe su nombre, tampoco fui a que me hiciera un vestido, pero su fama era reconocida en todo el pueblo.

Reflexión:

Este retrato muestra cómo en el pueblo también existía la aspiración a la elegancia y la moda. La modista de alta costura era símbolo de prestigio: sus vestidos no solo vestían a las mujeres, sino que les daban un aire de distinción. Aunque yo nunca acudí a ella, su presencia era parte del imaginario colectivo, un referente de lo que significaba "vestirse bien" en aquellos años.

"Camila, la costurera del pueblo"

Camila, en cambio, era la costurera de los pobres. Confeccionaba vestidos para mujeres y niñas que no podían pagar grandes sumas de dinero. También hacía los uniformes del colegio y los vestiditos que rara vez estrenábamos.

Nos mostraba un catálogo y nos daba el lujo de escoger el modelo que más nos gustaba. Los dejaba igualitos que en la revista. De Camila sí fui cliente, y gracias a ella tuve la dicha de estrenar ropa hecha con cariño y dedicación.

Reflexión:

Camila representaba la sencillez y la solidaridad del pueblo. Mientras la modista de alta costura vestía a las familias acomodadas, ella se encargaba de que las niñas y mujeres humildes también tuvieran ropa bonita, hecha con esmero. Su trabajo era un acto de dignidad: nos hacía sentir parte de la moda, aunque fuera con telas sencillas y precios accesibles.

Camerina, la maestra de la academia

Camerina era la dueña y maestra de la academia de taquigrafía y mecanografía. Allí acudían las jóvenes que aspiraban a mejorar la economía familiar, aunque muchas apenas podían pagar la cuota. En esa academia aprendían a escribir taquigrafía y mecanografía con disciplina y constancia.

Una vez terminados sus estudios, salían escribiendo en máquina hasta 120 palabras por minuto. Camerina lograba ese milagro con muchas jóvenes del pueblo. Ya recibidas, se trasladaban a la ciudad para trabajar como mecanógrafas, y más de alguna continuaba sus estudios hasta convertirse en secretaria bilingüe.

—Aunque siempre quise escribir en máquina, desafortunadamente no fui una de ellas, porque no había dinero para pagar la cuota de la academia—.

Escareño, el peluquero

Escareño era el peluquero del pueblo. Su peluquería abría todos los días, pero los sábados y domingos eran los de mayor clientela. Esos dos días se llenaba de campesinos de las rancherías cercanas y de señores del pueblo, que llegaban, como ellos decían, "a hacerse el pelo".

La peluquería era también un lugar de reunión de amigos. Mientras esperaban turno, platicaban y reían. El ambiente era alegre, y Escareño, con sus tijeras y su oficio, era parte esencial de esa convivencia.

Reflexión.

Camerina y Escareño representan dos caminos distintos de progreso en el pueblo: ella, con la educación práctica que abría puertas a la ciudad; él, con su oficio cotidiano que reunía a la comunidad. Ambos muestran cómo la vida se tejía entre aspiraciones de futuro y la rutina alegre de cada semana.

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