"Ventura y la chocomilera"
Ventura era el dueño de una lonchería muy concurrida. Vendía lonches de jamón, de panela y, como gran novedad de aquellos tiempos, los famosos choco miles. Fue el primero en tener una chocomilera en el pueblo, un aparato que despertaba la curiosidad de todos.
El proceso era todo un espectáculo: colocaba hielo con leche en el vaso, lo ponía en el aparato y mientras daba vueltas, añadía el Chocomilk y el azúcar. Entre más hielo le ponía, más espumoso salía. Al final, lo coronaba con un espolvoreo de canela molida y su respectivo popote. Era un verdadero deleite saborearlo.
Además de los choco miles, Ventura ofrecía jugo de naranja fresco y una variedad de panecillos y galletas como acompañamiento. Su lonchería se convirtió en un lugar de reunión y en un símbolo de modernidad, donde los sabores sencillos se transformaban en pequeños lujos para la gente del pueblo.
Reflexión:
Ventura representa la innovación en la vida cotidiana del pueblo. Su chocomilera fue un símbolo de novedad y alegría, y su lonchería un espacio donde la comunidad encontraba sabor y convivencia. Para los niños y jóvenes, probar un choco mil espumoso era casi un rito, un recuerdo que se quedó grabado como parte de la dulzura de la infancia.
"Don Castorena, el carnicero"
Don Castorena era uno de los varios carniceros del pueblo, pero lo menciono a él porque le fiaba la carne a mi mamá. Ella nos decía: —Vas con Castorena y le pides dos kilos de cocido, que le ponga plátano, ubre y costilla cargada. Que no te vaya a dar huesos pelones. Cuando ya te dé la carne, le dices que me la apunte, porque si se lo dices al principio, te va a dar puros pellejos y huesos.
Cuando el señor me entregaba la carne, me decía: —Quince pesotes.
El kilo costaba siete cincuenta. Entonces yo respondía: —Dice mi mamá que si se lo apunte.
El señor se ponía furibundo y me reclamaba: —¡Por allí hubieras empezado, niña!
—No, porque dice mi mamá que, si primero le digo eso, nos va a dar puros pellejos y huesos pelones.
Si había gente alrededor, les daba mucha risa. Al final, él decía: —Está bien, ya vete antes que me arrepienta.
Y bueno, pues, a esperar un rato para disfrutar ese delicioso caldo de res con tortillas recién hechas a mano.
Reflexión:
Don Castorena era un personaje de carácter fuerte, pero también parte de la confianza comunitaria. Su trato brusco escondía la complicidad con las amas de casa, que sabían cómo negociar para obtener la mejor carne. En su carnicería se mezclaban la picardía, la risa y la necesidad, y de allí salían los ingredientes para los caldos que daban sustento y sabor a la vida familiar.
"La Varita de Nardo"
Le decían La Varita de Nardo. Era una señora de más de cincuenta años, y el apodo venía de su juventud, cuando fue muy bella: alta, delgadita y bien proporcionada. Aun en la madurez conservaba su atractivo. Su esposo, el señor Montaño, era un hombre gordito y bonachón.
Ellos eran los fruteros del pueblo, conocidos por vender fruta de calidad. Sus manzanas brillaban envueltas en papel de china; ofrecían peras, ciruelas de España, plátanos dominicos y plátanos machos, fresas grandes y jugosas, mangos de Manila, uvas moradas y verdes, y muchas otras frutas más.
Por supuesto, aquellas frutas no estaban al alcance de nuestro presupuesto. Eran exclusivas para las familias adineradas, pero, aun así, su puesto era un espectáculo de colores y aromas que alegraba la vista de todos los que pasaban por allí.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
