Parte/LXV Mis XV años

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Pasaron los meses y se acercaba mi cumpleaños: mis quince años. Mi mamá me dijo: —Hija, yo creo que a ti no te vamos a hacer nada, pues no hay dinero.

Chin, sentí mucho coraje. —¿Cómo que no me van a hacer nada? Desde que me acuerdo nunca ha habido dinero, y siempre les hiciste fiesta a mis hermanas. ¿Y nada más conmigo no hay dinero?

—No te pongas así. Pero aquí es diferente. Allá en el pueblo tenía quién me prestara o quién me fiara, pero aquí no conozco a nadie. —¿Y cuánto vas a gastar? —Pues según la gente que quieras invitar. —En primer lugar, yo no quiero que vengan los parientes porque nada más vienen a criticar. Solo quiero invitar a mis amigas y a unos amigos, son poquitos. Quiero mi misa sin damas ni nada de eso, solo yo y mis padrinos. —Con unos quinientos pesos tenemos. —Está bien. Yo voy a juntar el dinero, pero no te voy a dar dinero en estos dos meses que faltan, y con eso compramos lo que se ocupa. —Pero ¿cómo no me vas a dar dinero? Ese dinero ya lo tengo comprometido.

Me di valor y le dije: —Que te dé mi papá, él es el de la obligación, no yo. Además, no nada más soy yo: que te den mis hermanos. —No me hables así o te voy a dar unas cachetadas. —¿Y por qué me vas a cachetear, si no te estoy haciendo nada? Y no vayas a mandar a Santos a pedir dinero, porque no le voy a pedir prestado a la señora.

Se enojó mucho, pero me dijo: —Está bien.

Al ratito me habló otra vez...

—Oyes hija, fíjate que en la colonia Morelos donde vivíamos hay una señora que vende ropa de segunda mano. A ver si vamos, quizá tenga un vestido de quinceañera. Si lo llevamos a la tintorería quedará como nuevo, porque uno nuevo va a costar muy caro y no va a ajustar el dinero. —Sí, vamos, a ver si tiene uno bonito.

Fuimos, y cuál va siendo la sorpresa: había uno hermosísimo. Al menos a mí así me pareció. Me lo medí y me quedó como si me hubieran tomado medidas. Se lo apartamos a la señora porque en ese momento no traíamos dinero.

Cuando regresamos en el camión, mi mamá ya venía muy entusiasmada. Me dijo: —Mira hija, hacemos mole dulce y unos frijoles bien chinitos. Eso no sale tan caro. Los servimos en tostadas con frijoles, les regamos queso seco de Cotija y vas a ver que hasta van a pedir más. Hacemos una olla grande de agua de Jamaica y que tu padre traiga unos cartoncitos de cerveza.

Mi papá había conseguido trabajo de repartidor de cerveza. Nos bajamos del camión y me dijo: —De una vez vamos al templo para ver cuánto cuesta la misa y apartarla.

Me dio mucho gusto ver a mi mamá tan entusiasmada con lo de mi fiesta.

Le platiqué a mi amiga Martha: —¡Fíjate que me van a festejar mis quince años! —¡Ah sí, ¡qué suave! ¿Y quiénes van a ser tus padrinos? —No, pues todavía no sé. —¿Y si yo soy tu madrina? —¿De veras quieres ser mi madrina? —¡Claro que sí! —¿Pero el padrino quién? —Pues que sea mi hermano. —¿Crees que él quiera ser mi padrino? —Yo creo que sí. Vente, vamos a decirle, aquí está.

Al pobre muchacho no le quedó de otra más que decir que sí. A su mamá le dio mucho gusto. Me preguntó: —¿Cuánto cuesta la misa? —Treinta pesos.

Abrió su monedero y me los dio. —Ten, hija, porque a los padrinos les toca pagar la misa. Y no te preocupes por el pastel, yo te lo voy a hacer.

Híjole, me dio mucho gusto, porque en mis cuentas no estaba contemplado un pastel.

La misa iba a ser a las seis de la tarde de un sábado. No era el mero día de mi cumpleaños porque caía entre semana, pero lo que yo quería era fiesta. El día no importaba.

Resulta que, de buenas a primeras, toda la familia estaba entusiasmada con mis quince años, y también los vecinos. Todos pusieron su granito de arena para la fiesta.

Cuando me pagaron, lo primero que hicimos mi mamá y yo fue ir por el vestido. Lo llevamos a la tintorería. Yo lo había visto amarillito, pero cuando lo recogimos estaba relumbrante de blanco: más bien parecía de novia que de quinceañera. Lo bueno es que no era largo, me llegaba a media pierna. Cuando lo llevamos a la casa, lo colgamos en un clavo para que no se arrugara en el ropero. Mi mamá me dijo: —Vamos a San Juan de Dios a comprarte tu tocado y tu ramo.

Pero una vecina que vivía al otro lado de la casa le dijo a mi mamá: —No, doña Concha, no le compre tocado. Yo le voy a prestar una mantilla española blanca para que se vea más bonita. El vestido está muy bonito y un tocadito lo va a desmerecer.

Fuimos a su casa. Me enseñó la mantilla, me la puso y nos dijo: —Mire, doña Concha, parece virgencita. También le voy a prestar este collar de perlas y los aretes.

Yo soñada: se veía que eran perlas originales. —Bueno, pues muchas gracias, ya nos ahorró un gastito menos —dijo mi mamá. —Por el ramo no se apure, yo se lo regalo.

Híjole, yo pensé: estas van a comprar un ramo bien chafa, y la mantilla tan fina.

Mi hermana Chuy les dijo a sus patrones, los muchachones: —Mi hermanita, la más chica de las tres, va a cumplir quince años. Están invitados.

El más guapetón le preguntó: —¿Y ya tiene chambelán? —No, como estamos muy pobres, nada más va a llevar a sus padrinos. —No, eso no está bien. Una quinceañera sin chambelán no es quinceañera. Pregúntale que si quiere que yo sea su chambelán. —No, no necesito preguntarle si va a querer.

Ya tenía padrinos y chambelán. Mi mamá me dijo: —Doña Margarita tiene un aparato de sonido. Vamos a preguntarle cuánto cobra la hora.

Fuimos y quedamos que el baile iba a empezar a las ocho y se terminaría a las once de la noche, porque nada más alcanzábamos a pagar tres horas. La mujer no quería...

—No, Concha, no me costea. El aparato de sonido lo alquilo lo mínimo cuatro horas —dijo doña Margarita. —Ay, Margarita, no te hagas del rogar. Quince años nada más se cumplen una vez. —Bueno, está bien, nada más porque somos paisanas.

También la mujer era de Etzatlán.

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