Parte/I Mis primeros recuerdos.

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Una noche dormía profundamente cuando mi padre nos despertó a mis dos hermanas mayores y a mí. Nos abrigó bien y salimos a la calle en medio de la oscuridad. Con un brazo cargaba a mi pequeño hermano, que seguía dormido, y con la otra mano me llevaba a mí. Mis dos hermanas caminaban delante de nosotros.

Las calles estaban desiertas a esas horas, y el único sonido que rompía la calma era el eco de nuestros pasos. Después de un largo trayecto llegamos a la casa de mi bisabuelo Alejandro. Mi padre tocó la puerta y, poco después, ésta se abrió. Al vernos, mi bisabuelo se alarmó: mi padre con cuatro niños en plena noche era una imagen inquietante. Sin embargo, lo invitó a pasar mientras le preguntaba con voz preocupada el motivo de aquella visita inesperada.

—Es Concha, don Alejandro —dijo mi padre con voz apurada—. Se me puso muy grave. Ya la vio el doctor de la mina, pero me dijo que la tengo que llevar de urgencia a Guadalajara, necesita una operación inmediata. Y pues... le traje a mis hijos, a ver si me los pueden cuidar mientras regresamos. Si mis suegros no vivieran tan lejos, los hubiera llevado con ellos. Le encargo que les avise, por favor.

—¡Isabel, Isabel! —mi bisabuelo llamó a su mujer a gritos.

—¡Zacarías! ¿Pues qué pasó? —exclamó ella, sorprendida.

—Agarra a los niños, yo te cuento después. Y tú, Zacarías, pélale, pa' que lleven a Concha a Guadalajara. Ya ni te pregunté, ¿Cómo te la vas a llevar?

—El doctor se prestó pa' llevarnos en su coche.

—Ándale pues, mijo, que Diosito me los acompañe y que todo salga bien por allá.

—Gracias, don Alejo. Isabel, ahí te los encargo. Te dejo la llave de la casa pa' lo que se ofrezca.

—Vete sin cuidado —respondió mi bisabuelo, con la voz cargada de preocupación.

La operación de mi madre

Mis padres salieron rumbo a la ciudad. Mi madre sufría un tumor en el estómago que le provocaba una hemorragia; el doctor del pueblo logró controlarla, pero urgía extirpar el tumor. La operación era delicada y de alto riesgo, más aún porque ella estaba embarazada de su quinto hijo.

En los años cincuenta no existía la tecnología de hoy. Mi madre me contó, cuando ya tuve edad para comprender, que durante la cirugía le sacaron el feto de la matriz y lo colocaron en una incubadora mientras le extirpaban el tumor. Todo salió bien: después volvieron a colocar al pequeño en su vientre y nació a término, sano y salvo. Lo llamaron Héctor, aunque de cariño siempre le dijimos Neto.

Al día siguiente despertamos en una cama, arropados con una cobija. Estábamos en la casa de mi bisabuelo, a quien llamábamos abuelo Alejo. Su segunda esposa, Isabel, mucho más joven que él, nos cuidaba con paciencia. Tenía una hija llamada Esther, la mejor amiga de mi madre; quizá por eso mi padre decidió dejarnos con ella.

Recuerdo que a la mañana siguiente amanecimos mojados: alguno se había orinado... y creo que fui yo, ja, ja, ja. Isabel nos bañó, nos vistió con ropa limpia y nos sentó alrededor del pretil. Nos sirvió un plato de frijoles refritos con un riego de queso Cotija, un jarro de atole y tortillas recién hechas. No sé cuántos días estuvimos con ellos, pero lo cierto es que nos la pasamos bien.

Reflexión:

La enfermedad de mi madre y aquella operación milagrosa marcaron un antes y un después en nuestra familia. Hoy comprendo la magnitud de lo que vivió: en una época sin los avances médicos actuales, su fortaleza y la fe de mis padres fueron el verdadero sostén. La vida de mi hermano Héctor —nuestro querido Neto— fue un regalo que nació de la esperanza y del valor de enfrentar lo imposible.

También recuerdo con gratitud la solidaridad de mi bisabuelo Alejo y de Isabel. Ellos nos acogieron como si fuéramos sus propios hijos, nos alimentaron, nos cuidaron y nos dieron la tranquilidad que necesitábamos en medio de la incertidumbre. Esa unión familiar fue un refugio que nos enseñó que, en los momentos más difíciles, la compañía y el cariño son tan vitales como el pan de cada día.

Con los años entendí que aquella experiencia no fue solo un episodio médico, sino una lección de vida: la resiliencia de mi madre, la responsabilidad de mi padre y la generosidad de nuestros mayores nos mostraron que la verdadera fuerza de una familia está en su capacidad de sostenerse unos a otros. Ese recuerdo sigue siendo para mí un símbolo de resistencia, amor y gratitud.

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