Parte/LVII Labores-3-

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"Anticipo de nómina"

Seguí trabajando en esa casa, estaba muy a gusto. Cuando me enseñé a hacer el aseo como la señora me había indicado, todo se me hacía muy fácil.

Los señores tenían un solo hijo, Horacio, que estaba casado. Los visitaba muy seguido para ver cómo estaban. Era muy guapo y amable. Siempre me decía: —Ahí te encargo a mis papás. —Sí, señor, no se preocupe —le respondía.

Su esposa, Leticia, también era muy guapa. Resulta que eran primos hermanos. No tenían hijos; decían que no los tenían porque tenían miedo de que les nacieran mal. Quién sabe si después los tuvieron, pero si así hubiera sido, yo creo que habrían nacido hermosos —si no nacían mal—, pues los papás eran muy guapos.

Como dije en un principio, nosotras trabajábamos y mis papás ocupaban el dinero que ganábamos. Aquí es donde entra mi hermano Santos.

En una ocasión, mientras hacía el aseo, escuché que alguien aventaba piedritas a la ventana. Me asomé y vi a mi hermano sentado en la banqueta de enfrente, lanzando las piedritas. Al verme, me hizo señas de que saliera.

Bajé asustada, pensando que había pasado algo malo. —¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no timbras? —Me da vergüenza. —¿Y qué pasó? —Nada. Lo que pasa es que me mandó mi mamá porque se acabó el gas. Dijo que le pidieras a la señora prestados treinta pesos, a cuenta de tu sueldo. —¿Pero ¿Cómo le voy a pedir si apenas me pagó? —Yo no sé, así me dijo. Y si voy sin el dinero, a mí me va a regañar. —Bueno, espérate aquí. La señora no está, fue a la tienda. Cuando venga le digo, a ver qué dice.

Seguí haciendo el aseo, pensando cómo le iba a decir a la mujer lo del préstamo. De pronto, cuando saqué la sábana y la sacudí, ¡voló la dentadura del viejito! Híjole, quise cacharla, pero nada: se estrelló en el suelo y se quebró por la mitad.

Ahora sí, yo bien asustada con los pedazos de la dentadura en la mano... y mi hermano esperando el dinero. ¡Hora sí!

En eso escuché la cerradura de la puerta. Me dije: —Ya llegó la señora.

"Anticipo de nómina"

Todos los días la señora iba a una tienda tipo súper, donde vendían de todo. Se llevaba su canasta y la traía repleta con lo que iba a ocupar: carne, verdura, fruta, cereales, etc. Ese día bajé la escalera para ayudarla a subir la canasta. Me dijo: —Oyes, ahí está un muchachito de muy mal aspecto, y está viendo mucho para acá.

—¡Hora sí! —con mucha pena le contesté—. Es mi hermano.

Se puso muy apenada por cómo se había expresado de él y me dijo: —Y cómo lo tienes en la calle, sube la canasta y dile que pase.

Salí por él. —Dice la señora que te pases.

Cuando subimos, ya le tenía un vaso con leche y una pieza de pan. —Lávate las manos y desayuna esta pieza de pan con leche. Y si quieres más, le dices a tu hermana que te dé más.

Claro que pidió más. Después la señora me preguntó: —¿Y a qué vino tu hermano?

Yo, retorciéndome las manos y con mucha pena, le dije: —Es que lo mandó mi mamá porque se le acabó el gas, y a ver si usted le hacía el favor de prestarle treinta pesos a cuenta de mi sueldo.

Ella movió la cabeza, sacó los treinta pesos y se los dio a mi hermano. Luego le preguntó: —¿Traes para el camión?

Él movió la cabeza diciendo que no. La señora sacó otro peso y se lo dio. A él le brillaron los ojos, y yo pensé: Este desgraciado sí trae para el camión, y ya estafó a la señora con un peso.

Cuando mi hermano se fue, le dije: —Señora... es que cuando quité la sábana para sacudir la cama, voló la dentadura del señor y se quebró. Mire, aquí está.

Le enseñé la dentadura rota por la mitad. La señora respiró hondo y me dijo: —¡Qué barbaridad, muchacha! ¿Pero qué hiciste? —Yo no tuve la culpa. Es que los dientes estaban debajo de la almohada y no me fijé que allí estaban.

Ella, tomando los pedazos de la dentadura, dijo: —Sí, tienes razón. Tú no tienes la culpa. La culpa la tiene Guillermo por andar dejándolos allí. Yo ya le había dicho que esto iba a pasar. Pero de ahora en adelante, primero revisa muy bien debajo de la almohada, por favor. —Sí, señora.

Pobre señor: tuvo que comer pura papilla mientras le hacían su nueva dentadura.

Después de ese día, no era raro ver a mi hermano sentado enfrente de la casa, esperando que lo viera. Si no era para el gas, era para la luz, o para completar la renta. El caso es que yo nunca cobré un mes completo.

—Mira, Rosa, te voy a aumentar cincuenta pesos, pero no le vayas a decir a tu mamá. Tú le dices que sigues ganando doscientos cincuenta pesos y tú gasta los cincuenta en lo que quieras. Y si tu mamá te pregunta, por si te ve el dinero, le dices que yo te lo di.

Le di las gracias, casi con lágrimas de agradecimiento.

A mi hermano le gustaba ir, pues siempre le daban su desayuno, su peso para el camión y su bolsa de comida: fruta, pan, dulces. Nunca lo mandaban sin nada.

Reflexión:

Este gesto de la señora fue un acto de confianza y cariño. En medio de la dureza de la vida, me regaló un espacio de libertad: cincuenta pesos que eran solo míos, un secreto compartido entre nosotras. Ese dinero significaba independencia, un respiro frente a la constante exigencia familiar. Al mismo tiempo, mostraba la generosidad de la patrona, que no solo me enseñaba a trabajar, sino también a valorar mi propio esfuerzo.

"Nueva casa"

Un domingo salí para irme a la casa de mis papás, cuando de repente vi a mi hermano Santos. La pregunta obligada fue: —¿Tú qué haces aquí? —Me mandó mi mamá para acompañarte, porque ya no vivimos en la misma casa. Nos cambiamos a una donde cobran más barata la renta. —Bueno, vámonos pues.

Nos subimos al camión y le pregunté: —¿Oyes, y cómo es la casa? —Uuy, es una casa bien grande, tiene un corralote donde jugamos bien suave.

—Ya llegamos.

La casa estaba por la calle Santos Degollado. La puerta era un portón que tocamos. Nos abrieron y, efectivamente, era un corralote, pero fincado. Nada más eran dos cuartos, otro cuartito donde mi mamá organizó su cocina, y un baño de cemento al que había que echarle agua con un balde. Yo pensé en mis adentros: ¡¡¿Qué es esto?!!

Mi mamá me dijo: —Mira hija, me rentaron este terreno. No está como la otra casa, pero la buena noticia es que me cobran menos de la mitad de renta que en la otra. Al menos no tengo que andar detrás de los muchachos para que no hagan destrozos en la casa. Aquí no hay nada que destrocen. Fíjate, ni siquiera me quisieron regresar el importe que di en la otra casa, que disque porque se había descompuesto el baño, que la tenían que pintar, que porque la raza la había dejado bien mugrosa. La mera verdad sí es cierta, ya ves, estos viven como los animales. Y pues solamente aquí no me corren, porque no hay nada que destrozar.

Yo pensé: Uy, pues ya qué... lo bueno es que yo nada más vengo dos días.

La casa no tenía agua entubada: la teníamos que traer de una casa enfrente, de unos vecinos muy amables que nos la regalaban. Tampoco tenía luz: mi papá se colgó de un diablito y se la robaba. A mí me dio gusto y me dije: Ay, ojalá y ya me dejen en paz con tanta pedidera —prestado—. Con menos renta y sin luz que pagar.

Pero eso no valió: siguieron pidiendo prestado. Si no era para la renta, era para el gas, o para comprar útiles de la escuela de los hermanos, etc.

Reflexión:

Este episodio muestra la precariedad de la vida urbana: casas improvisadas, servicios robados, vecinos solidarios y la eterna necesidad de pedir prestado. La mudanza a la nueva casa fue un alivio económico, pero también un recordatorio de la fragilidad de la estabilidad. Para mí, era un lugar de paso, un sitio donde la infancia se mezclaba con la carencia y la esperanza de que, al menos, no hubiera nada que romper.

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora