"El doctor Sánchez"
El doctor Sánchez era uno de los dos médicos que había en el pueblo.
En una ocasión me enfermé y mi mamá me llevó a su consultorio. Al verme, me preguntó: —¿Qué te pasa, niña? —Me duele mucho el pescuezo —le respondí.
Me miró, sonrió y me corrigió con paciencia: —No se llama pescuezo, se llama cuello. El pescuezo es el de los pollos.
Después de ese detalle, me revisó y diagnosticó que tenía anginas. De pasada notó que tenía varias manchas blancas en la cara y en los brazos. Para eso me recetó unas vitaminas inyectadas, y me indicó que me las pusieran cuando terminara la medicina para las anginas.
El doctor Sánchez vivía arriba del Club de Leones, junto con su esposa y sus tres hijas. En esos años, el Club de Leones se encontraba enfrente de la plaza, lo que hacía que su casa y consultorio estuvieran en el corazón mismo del pueblo.
Reflexión:
El doctor Sánchez era más que un médico: era un maestro de palabras y de cuidados. Su corrección sobre el "pescuezo" me hizo sonreír, pero también me enseñó que la medicina se acompañaba de educación. Su presencia en el pueblo daba seguridad, y su hogar, justo encima del Club de Leones, lo convertía en parte de la vida social y comunitaria.
"Maurilia, la enfermera de la farmacia"
Maurilia era enfermera de primeros auxilios y la encargada de la farmacia de la compañía minera. Allí los trabajadores surtían sus medicamentos y acudían a recibir curaciones primarias.
Cuando me recuperé de las anginas, mi mamá me mandó a que me pusieran la primera inyección. —Vete con Maurilia para que te inyecte —me dijo.
Me fui sola en el patín del diablo. Al llegar le dije: —Maurilia, dice mi mamá que si me haces el favor de ponerme la inyección. —Sí, mija, acuéstate en la camilla mientras preparo la inyección. Ponte flojita para que no te duela tanto.
El piquete no me dolió, pero cuando la sustancia empezó a entrar sentí un terrible dolor. La nalga y las piernas me quedaron entumecidas. —¿Te dolió, mija? —me preguntó. —Sí —le contesté con lágrimas en los ojos. —Es que son vitaminas, pero vas a ver qué bonita te vas a poner. Todas esas manchitas se te van a quitar. No vayas a dejar de venir, ¿eh? —Sí, gracias.
Ya no me pude subir al patín. Llegué renqueando del dolor. Para las inyecciones que faltaban ya no fui por mi voluntad: mi mamá me llevaba a la fuerza, y era necesaria la fuerza de ella y de Maurilia para detenerme y ponerme las inyecciones. ¡Ja, ja, ja!
Reflexión:
Maurilia era parte esencial de la vida minera: con su bata blanca y su farmacia, representaba la salud y el alivio inmediato. Para mí, niña, fue también la primera experiencia de enfrentar el dolor físico con valentía. Aunque lloré y me resistí, aprendí que la medicina era necesaria y que detrás de cada piquete había cuidado y esperanza.
"Don Maurilio y su tienda de juguetes"
Don Maurilio era el dueño de una farmacia ubicada en los portales. Pero lo que más atraía a los niños no eran las medicinas, sino la tarima de madera que colocaba afuera del negocio. Allí exhibía juguetes al alcance de los niños pobres como yo.
A la derecha ponía los de las niñas: platitos, tacitas, cacerolitas, cucharitas, muñequitas, todo en miniatura. Había de todos los precios, desde cinco centavos hasta un peso. Nada pasaba de ese precio.
Para nosotros, aquella tarima era un escaparate de ilusiones. Aunque fueran juguetes sencillos, representaban la posibilidad de estrenar algo propio, de jugar como los demás. Don Maurilio, con su gesto, nos regalaba un pedacito de alegría en medio de la vida cotidiana.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
