Parte/LV Apodos -5-

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"El Cuachiro y su hija la maestra"

Pues díganme qué apodo era ese: Cuachiro. A diferencia de otros sobrenombres que tenían lógica —como el Birriero, porque vendía birria—, este nunca supe de dónde venía.

El Cuachiro era ganadero, aunque no tan bondadoso como el Chonpapas. Tenía una hija llamada Chela, que era maestra de segundo grado. Cuando alguien me preguntaba: —¿En qué año vas? —En segundo. —¿Y con cuál maestra te tocó? —Con la seño Chela.

—¿Cuál Chela? —nadie la conocía por ese nombre. —La hija del Cuachiro.

E inmediatamente la identificaban.

Reflexión:

El Cuachiro muestra cómo los apodos se convertían en marcas de identidad, tanto para la persona como para su familia. Aunque su sobrenombre no tenía explicación clara, bastaba mencionarlo para que todos supieran de quién se hablaba. Su hija, la maestra Chela, quedó ligada al apodo paterno, reflejo de cómo en el pueblo los nombres propios se mezclaban con los motes y las historias familiares.

"El Violón y su apodo curioso"

¿Que por qué le decían El Violón? Pues porque era alto de estatura, flaco de la cintura para arriba y gordo de abajo. Alguien, al verlo, le dijo: —Pareces violón.

Y ya se le quedó así.

Al menos ese apodo tenía una supuesta justificación, a diferencia de otros que nunca se entendieron.

Reflexión:

El Violón muestra cómo los apodos eran parte inseparable de la vida del pueblo. Bastaba una observación graciosa para que un mote se quedara de por vida, convirtiéndose en la manera de identificar a alguien más allá de su nombre real. Era una costumbre que mezclaba humor, picardía y la mirada colectiva sobre las personas.

El Picho

El Picho fue mi difunto hermano. Su apodo nació el día que mi abuela materna lo vio por primera vez. Al mirarlo exclamó: —¡Este niño tiene los ojos de pichorra!

La pichorra es un pájaro, y para suavizar el nombre se le quedó El Picho. Así lo llamaron toda su vida, hasta su muerte.

Reflexión:

Estos dos personajes muestran cómo los apodos eran parte inseparable de la identidad en el pueblo. Bastaba una comparación con un animal o un pájaro para que un mote se quedara de por vida. El Ticús, con su voz de ave, y El Picho, con sus ojos de pichorra, reflejan la creatividad popular y la manera en que la comunidad bautizaba a las personas con humor y cariño.

"El Huesos"

A este señor le decían El Huesos porque estaba muy flaco, tanto que parecía hecho de puros huesos. Tal vez le hubiera quedado mejor el apodo de El Esqueleto, pero en el pueblo los sobrenombres nacían de la ocurrencia del momento y se quedaban para siempre, aunque fueran extraños o poco elegantes.

El Huesos caminaba con esa figura desgarbada que lo hacía inconfundible. Su apodo, aunque burlón, era parte de la identidad que el pueblo le otorgó, y nadie lo llamaba por su nombre verdadero.

Reflexión:

El Huesos representa la manera en que los apodos definían a las personas más allá de su propia voluntad. La comunidad los bautizaba con humor, ironía o simple observación, y esos nombres se convertían en marcas de identidad. Aunque a veces podían sonar crueles, también eran parte de la memoria colectiva y del cariño peculiar con que el pueblo reconocía a sus personajes.

"El Monchis y la Virgen del Rosario"

El Monchis estaba ciego, casado y con tres hijos: dos niñas y un niño. Hacía maravillas con sus manos, porque bien dicen que las personas ciegas ven con ellas.

En su terreno —muy grande—, al fondo tenía varias colmenas donde las abejas producían miel. Cuando acompañábamos a mi mamá a visitarlos, su hijo Chemo nos decía a mi hermana Luz y a mí: —¿Quieren miel? Vengan conmigo.

Nosotras lo seguíamos hasta las colmenas. Chemo nos advertía: —No hagan ruido y quédense quietas, porque si se mueven nos pican las abejas.

Con una habilidad asombrosa metía la mano poco a poco dentro de la colmena y sacaba la miel con su cera. Luego nos alejábamos cautelosamente para comerla. La cera la usábamos como chicle.

El Monchis tenía una réplica de la Virgen de Zapopan y cada mayo le conmemoraba su fiesta con un novenario. Para el evento construía una ermita en su terreno, adornada con flores de papel que él mismo elaboraba. Armaba la flor, la pasaba por un bol con cera caliente y la colgaba en un alambre para que se estilara. Se veían como flores naturales, hermosas.

Durante el novenario sacaba a la Virgen en peregrinación por las principales calles del pueblo. Se reunían muchas personas devotas, pues decían que era muy milagrosa. Íbamos detrás rezando el rosario y cantando alabanzas en cada misterio. Yo cantaba a todo pulmón. Algunas personas lanzaban confeti al paso y se unían a la procesión.

Recuerdo una alabanza que decía: "Hermosa niña, hermosa estrella, hermosa luz del mundo entero, los que te adoran largan el vicio, se salvarán el día del juicio."

El último día, el Monchis ofrecía agua fresca y algún refrigerio. Yo participaba gustosa en ese evento, nunca me tenían que obligar a ir.

Reflexión:

El Monchis representa la fuerza de la fe y la creatividad. A pesar de su ceguera, construía belleza con sus manos: flores de papel que parecían naturales, miel compartida y una fiesta que unía al pueblo. Su devoción a la Virgen de Zapopan era contagiosa, y su figura quedó como símbolo de esperanza, milagro y comunidad.

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