Mis labores"
Después de que se fue mi mamá, yo estaba muy nerviosa y asustada. Después de todo, era una nueva casa, nuevas personas y nuevas labores. La señora me preguntó: —¿Cómo te llamas? —Me llamo Rosalía Badillo Rodríguez, pero me dicen Rosa. —¿Cuántos años tienes? —En diciembre cumplo catorce.
La señora me miró de arriba abajo y dijo: —Umm, umm... Yo soy la señora Chuy. ¿Ya desayunaste? —Ya, señora. —Bueno, sígueme.
Me empezó a enseñar la casa y me señaló dónde estaban los artículos de limpieza. —Lo primero que vas a hacer es barrer las escaleras y la calle. —Sí, señora.
Empecé a barrer las escaleras y luego la calle. Pero no contaba con que la doña era súper limpia, al contrario de mi otra patrona. Cuando terminé le dije: —Ya terminé. —Déjame ver.
Se puso a barrer y sacó un montón de basura de las orillitas de los escalones. Me dio tanto coraje que pensé: Si ella lo va a hacer, ¿para qué quiere criada?
—A ver, barre como yo lo hice —me ordenó.
Con coraje y todo, empecé a barrer como ella. Y me dije a mí misma: Órale, no sabía barrer. Saqué un montón de basura. Ya que terminé por segunda vez, me dijo: —Trae el trapeador y la cubeta. —Sí, señora.
La trapeada también fue un show. Primero me hizo trapear con el trapeador húmedo, casi seco. Después me dijo: —Ve y lávalo en el lavadero. Ya que esté bien limpio, lo traes.
Cuando llevé el trapeador, le pusimos pinol al agua. Lo metí, lo exprimí a medias, casi mojado, y le di la primera trapeada. Después lo enjuagué en el balde, lo exprimí muy bien y le di la segunda trapeada. La escalera quedó bien bonita y oliendo a puro pinol.
—Ven —me dijo.
Resulta que tenía dos jaulas con pájaros, tan gordos que me caían mal. Me explicó: —Te voy a enseñar cómo limpiar a los pajaritos, para que mañana sea lo primero que hagas cuando te levantes.
Me dio las instrucciones: —Hay que retirarle el periódico a la charola.
La charola estaba llena de excremento. La sacó y me ordenó: —Lávala y sécala bien.
Después le puso un periódico limpio, lo acomodó bien. —Lava el traste —me dijo. Era el recipiente del agua, también lleno de excremento. Lo lavé y le puse agua limpia. En otro recipiente puse el alpiste. Cerré la jaula y ya estuvieron listos los pájaros.
Después empezamos el aseo de la casa. A la izquierda estaba la recámara del matrimonio. Había dos camas matrimoniales: dormían separados. Cada quien tenía su mesita de noche con su lámpara. Eran buenos lectores. Había un clóset, una silla y un tapete en cada cama.
Una ventana grande daba vista a toda la calle de Robles Gil, donde estaban las residencias de los ricos. Era una vista bonita.
Lo primero que me pidió fue tender las camas bajo su supervisión. Empecé, pero enseguida me llamó la atención: —No, niña, así no.
Yo, por dentro: Pinche vieja descontenta.
—Mira, primero se sacude muy bien la cama con la sábana. Enseguida la tiendes. Luego la cobija: se doblan los cantos junto con la cobija. Después se pone la colcha, todo bien estiradito, que no quede ninguna arruguita. Por último, se ponen las almohadas, y ya está lista.
Yo echándole miradas de pistola, pero lo hice. —Qué bien, aprendes rápido —me dijo.
Y yo, en mis adentros: Con tal de que no me esté fregando.
Después recogí la ropa sucia, puse las pantuflas en el buró y me puse a barrer, recordando las instrucciones de la señora Chuy. Esta vez lo hice bien, pues ya no me quitó la escoba ni se puso a barrer ella.
Al lado derecho estaba el comedor, donde estaban los pájaros. Había una mesa mediana y otra más pequeña en dirección a la cocina. —Sacude la mesa —me dijo.
Yo pensaba: ¿Qué le voy a sacudir si está bien limpia? Pero obedecí. —Sacude las sillas y súbelas arriba de la mesa para que puedas barrer.
El mismo procedimiento fue para la otra mesita: limpiarla y subir las sillas. —Ahora hay que recoger la cocina.
La cocina era pequeñita: apenas cabía la estufa de cuatro quemadores, una micro cocina integral y el fregador. Todo en pequeño, y más pequeño se me hacía a mí, pues venía de una súper casota.
Limpié la estufa, que estaba impecable, y la barra de la cocina. Lavé unos poquitos trastes y, según yo, ya había terminado. Pero no: la doña me puso a lavar el fregadero con piedra pómez, hasta que brillara. —Ahora sí, barre muy bien el comedor y la cocina —me ordenó.
Los barrí. Había un pasillo; a la derecha estaba el baño, igual de chico, con un cuadrito para bañarse, cortina de plástico muy limpia, lavabo y bote de papeles. Lo barrí, y la señora me prendió el foco para que viera bien.
Enseguida estaba otra recámara. —Esta recámara era de mi hijo, tiene poco de casado —me explicó.
La recámara tenía su cama matrimonial con colcha azul, dos burós, una silla y su clóset. La barrí. A un lado de la puerta estaba una escalera que daba a mi cuarto y a la azotea. Subimos, barrí mi cuarto y luego las escaleras.
Después siguió el ritual de la lavada del baño. —Ahora vamos a lavar el baño —me dijo.
Primero recogí la cortina a un lado, puse un bote con jabón y jaboné bien el azulejo de cuadritos pequeños. Luego me dio un cepillito: —Con este cepillito lava muy bien las hendiduras del azulejo.
Yo pensaba: En la torre, ¿a qué horas voy a terminar, vieja desgraciada? Pero ni modo: la mujer viéndome, no podía hacer trampa. Al fin joven y fuerte, pronto terminé. Enjuagué el azulejo y enseguida tocaba la toilette, o sea, el excusado.
Le pregunté: —¿Dónde tiene el cepillo para el baño? —Aquí no usamos cepillo.
Y yo me dije...
"El aseo de la casa"
—¡Órale!, me va a hacer que meta la mano al excusado.
Y pues así fue. Me dio unos guantes de látex.
—Primero vas a sacar toda el agua del excusado.
Con un recipiente le saqué el agua y la que quedó la saqué con un trapo. Me dio Ajax.
—Riega toda la taza con Ajax y tierra pómez; con este estropajo de alambre le tallas muy bien, eso es para que no se le haga la raya a la taza. —Sí, señora.
Lo jaboné por fuera y lo enjuagué. El lavabo fue el mismo procedimiento.
—Con esta toallita sécalo bien. —¿También seco el azulejo?
Le puse un chorro de pinol al baño, al lavabo y al resumidero. Quedó limpísimo y oliendo a pino.
Después me puso a sacudir. No había tantos muebles. Luego trapeé, como ya me había dicho.
—Trapeas las escaleras y tiras el agua sucia en el lavadero, lavas muy bien el balde y el recogedor, barres la azotea, sacudes bien la escoba.
Reflexión:
Este episodio refleja la exigencia minuciosa de la señora Chuy. Cada rincón debía quedar impecable, cada hendidura del azulejo reluciente. Para mí, era un mundo nuevo: aprender que hasta el fregadero se lavaba con piedra pómez y que el baño se limpiaba sin cepillo. Entre pensamientos de rebeldía y obediencia forzada, fui adquiriendo disciplina y resistencia. La juventud me daba fuerza, pero el coraje me daba temple.
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Pasajes de mi infancia
No FicciónIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
