Parte/III Kinder

199 17 11
                                        

Del kínder recuerdo un salón que, a mis ojos de niña, parecía enorme. Había dos hileras de pequeñas mesas de madera: unas pintadas de azul, con sus sillitas del mismo color, reservadas para los niños; otras de rosa, para las niñas. Nos daban crayones, hojas de papel para dibujar y plastilina con la que moldeábamos figuritas.

Teníamos dos maestras. Una era joven, delgada, de estatura respetable y proporciones armoniosas; su cabello negro lo llevaba en una sola trenza, y sus mejillas lucían un púrpura natural. La otra era mayor, con el pelo completamente blanco recogido en un chonguito de nombre Cuca Peña. Pese a su edad, conservaba atractivos personales: unos ojos color miel, piel muy blanca y una presencia que imponía.

Ella se sentaba al piano, y nosotros nos reuníamos a su alrededor. Tocaba canciones de Francisco Gabilondo Soler: El grillito cantor, La patita, Los tres cochinitos, El chorrito. Siempre terminaba con una melodía distinta, ajena al mundo infantil: Las cuatro milpas. Era tan triste que nos dejaba con lágrimas en los ojos, aunque no comprendíamos del todo su significado.

De aquella canción recuerdo algunos versos:

"Cuatro milpas tan solo han quedado del ranchito que era mío... De aquella casita tan blanca y bonita lo triste que está..."

Y aunque éramos niños, la música nos envolvía en una nostalgia que no sabíamos nombrar.

Después de cantar la triste canción, nos sacaban a la huerta, donde había muchos árboles frutales. En aquel tiempo no existían tazas de baño como ahora; eran letrinas o fosas sépticas, hechas pequeñas para que los niños no corrieran el riesgo de caer. Tampoco había lavabos: la maestra colocaba un aguamanil en el piso y nosotros, en cuclillas, nos lavábamos las manos después de hacer nuestras necesidades.

Una vez, mientras me lavaba, empecé a sentir cosquillitas en el trasero. Pedí permiso a la maestra:

—Seño, ¿me da permiso de ir al excusado? —Pero niña, acabas de ir. —Sí, pero me anda otra vez. —Ve pues, no tardes.

Cuando llegué al baño y me bajé el calzón, descubrí la causa de las cosquillas: nada menos que una lombriz enorme. Sin horror, tomé un papel, la jalé y la saqué. Corrí con la maestra y le dije:

—Mire, seño, lo que me salió por donde hago caca.

La cara que puso fue un poema. Exclamó:

—Ve y tírala al excusado, y luego lávate las manos de nuevo.

Más tarde, cuando mi mamá fue a recogerme, la maestra le contó lo sucedido:

—Señora, su niña tiene lombrices, debe llevarla al doctor para que le den medicamento.

A mi mamá le dio mucha pena y trató de defenderse:

—Eso lo dijo esta niña, no le haga caso, ya ve cómo inventan cosas.

Pero la maestra insistió:

—No, señora, no es invento. Yo misma la vi.

Mi mamá, avergonzada, prometió hacer algo para que no volviera a suceder. Esa misma tarde nos dio medicina a mis hermanos y a mí. Y no fue una lombriz la que salió... fueron varias, ja, ja, ja.

El desfile del carnaval

En el pueblo se celebra el carnaval, y los niños del kínder participábamos en el festejo. A mí me tocó disfrazarme de anciana, junto con un compañerito que iba de anciano; éramos pareja.

Mi mamá se esmeró en hacerme el disfraz: una falda larga con blusa, una joroba improvisada en la espalda, el cabello recogido como las ancianitas de entonces —porque las de ahora ya nos cortamos el pelo—, y canas pintadas con harina de trigo. Me consiguió unos zapatos cerrados, con taconcito y cintas, aunque me quedaban apretados. Así que, cuando desfilábamos, yo cojeaba... no por actuación, sino porque los zapatos me lastimaban al caminar. Me aferraba al bastón con fuerza para no caer.

El mejor recuerdo de aquella ocasión fue la lluvia de aplausos que recibí. Por donde pasaba, la gente celebraba mi paso, y yo, entre dolor y orgullo, sentía que aquel carnaval me había regalado un instante de gloria infantil.

Reflexión

El carnaval no era solo un juego infantil ni un desfile de disfraces improvisados; era la manera en que el pueblo entero celebraba su identidad y transmitía alegría a los más pequeños. Para mí, aquel día disfrazada de anciana, con los zapatos apretados y el bastón en la mano, fue más que una travesura: fue el descubrimiento de que la comunidad nos miraba, nos aplaudía y nos reconocía como parte de su historia.

Inocencia innata

Cuando cursaba el kínder nació mi hermano Armando, a quien llamábamos Mando. Recuerdo que al llegar de la escuela mi mamá estaba acostada y me invitó a pasar:

—Pásate, mija, mira lo que me trajo la cigüeña.

Entré con cautela y vi el bultito que me mostraba. Era un niño morenito. Entonces pregunté:

—¿Cómo es la cigüeña?

—Es un pájaro blanco, con patas largas y un pico muy grande. En el pico traen a los niños.

Yo solo respondí: "Aaa".

—¿Pero por dónde lo metió al cuarto?

—Se paró en la ventana y me lo aventó. Yo lo caché.

—¿Y de dónde trae a los niños?

—De París.

—¿Y a mí también me trajeron de París?

—Claro que sí, hija. A todos los niños los traen de allá.

Imagínense mi sorpresa cuando, algunos años después, ya en la primaria, unas amigas me preguntaron:

—¿Dónde naciste?

—En París —contesté con toda seguridad.

La carcajada de mis compañeras fue la respuesta inmediata.

Reflexión

La inocencia de los niños es un tesoro que ilumina la vida cotidiana. Yo creí firmemente que había nacido en París porque así me lo dijo mi madre, y durante años lo repetí con orgullo, sin sospechar la risa que provocaría entre mis compañeras. Hoy entiendo que esas "mentiras piadosas" no eran engaños, sino parte de la magia con la que los padres protegen la niñez, envolviéndola en fantasía y ternura.

Esa inocencia innata nos permite mirar el mundo con asombro y confianza, y aunque el tiempo nos obliga a crecer y comprender la realidad, los recuerdos de esas creencias infantiles permanecen como un refugio de alegría. Al evocarlos, vuelvo a sentir la dulzura de aquella niña que, convencida de haber llegado desde París, aprendía que la vida también se construye con historias que nos hacen sonreír.

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora