Parte/VI Escuela oficial

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A medio curso de cuarto año mi mamá ya no tuvo dinero para pagar la colegiatura del colegio, así que regresamos a la escuela oficial. Me tocó con la señorita Zenaida. ¡Qué horror! Era la maestra más perrucha de la escuela; todos los niños le tenían miedo. Y ni modo, no había otra opción: a esas alturas del año solo con ella había lugar, así que me fue como en feria.

Tenía unos métodos terribles de enseñar. Ya estaba viejita, explicaba y luego nos preguntaba. Si por alguna razón no sabíamos, nos agarraba del brazo, nos zarandeaba y nos estrellaba contra la pared. A mí varias veces me sucedió eso. Un día mi mamá me vio el brazo morado y me preguntó: —¿Y ahora tú dónde te pegaste? —La seño Zenaida me lo dejó así. —¿Pero ¿qué le hiciste para que te dejara el brazo moreteado? —Lo que pasa es que no entendí lo que explicó, y como le volví a preguntar me agarró del brazo y me estrelló en la pared.

Mi mamá se indignó: —¡Ah no, para pegarles no más yo! Será muy maestra, pero nadie va a gobernar a mis hijas con golpes. ¿Qué se está creyendo la vieja esa?

Se fue muy enojada con la directora para reclamar, pero en ese tiempo los maestros tenían pleno poder sobre los alumnos, así que no le hicieron nada. Mi mamá optó por sacarme otra vez de la escuela y, para que no perdiéramos el año, nos metió a mi hermana Luz y a mí en la escuela nocturna para adultos. Éramos las únicas niñas en todo el plantel. Terminamos el año escolar y logramos pasar de grado.

Reflexión adulta

Volver a la escuela oficial y enfrentar a la señorita Zenaida fue una experiencia dura que me dejó una enseñanza profunda. En aquellos tiempos, los maestros tenían un poder casi absoluto sobre los alumnos, y la disciplina se confundía con violencia. Lo que para ellos era un método de enseñanza, para nosotros era miedo y dolor.

Hoy comprendo que esa forma de educar no construía conocimiento ni respeto, sino sumisión. La reacción de mi mamá, defendiendo que nadie tenía derecho a golpearnos, fue un acto de valentía y de amor que me marcó: me enseñó que la autoridad no justifica el maltrato.

La solución de inscribirnos en la escuela nocturna para adultos, aunque insólita, fue también una muestra de su ingenio y determinación. Allí, entre personas mayores, aprendí que el verdadero aprendizaje no depende de la edad ni del entorno, sino de la voluntad de salir adelante.

Con el tiempo entendí que la educación debe ser un espacio de confianza y respeto, no de miedo. Aquella experiencia me dio una mirada crítica hacia la enseñanza y me hizo valorar, aún más, a los maestros que saben guiar con paciencia y humanidad.

La Escuela Federal (Rural)

En el siguiente ciclo escolar llegó al pueblo un maestro llamado Antonio Pastrana, quien iba a dirigir la nueva escuela rural. Rentó una casa a medio construir, en las afueras del pueblo, y ahí instaló su escuela. Para mi mamá fue un respiro: primero porque nos quedaba cerca de la casa, y segundo porque no cobraban inscripción ni exigían uniforme.

Casi no había alumnos, pues era la primera escuela mixta de niños y niñas. Muchos padres no querían que sus hijos estuvieran revueltos, además decían que era una escuela comunista. Yo creo que ni siquiera sabían qué era el comunismo, pero así pensaban en ese tiempo.

Fuimos a matricularnos creyendo que sería fácil, pero no. Lo primero que me preguntó el maestro fue: —¿A qué año vienes? —A quinto año. —Pasa a ese mesabanco y contesta esta prueba, vamos a ver cómo andas. —Pero maestro, aquí traigo mi boleta de la escuela nocturna de cuarto año, pasé con nueve. —¡No me interesa ese papel! Yo necesito saber si estás apta para quinto grado o no.

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