"El día de los angelitos y la cohetería"
En noviembre se celebra el Día de los Muertos en toda la República Mexicana. En mi pueblo, el día primero se festeja a los niños que ya murieron, los angelitos. Las familias que han perdido un hijo van al panteón a llevar flores y coronas. Se ve muy bonito: mucha gente caminando con devoción hacia el cementerio.
El dos de noviembre se celebra a los difuntos adultos. Parece una competencia de arreglos florales y coronas, cada familia queriendo honrar a sus muertos con lo mejor que puede ofrecer.
Algunas personas también ponen en su casa el altar de muertos, una ofrenda tradicional mexicana creada para honrar a los seres queridos fallecidos e invitarlos a visitar el mundo terrenal. Los altares constan de varios niveles, adornados con elementos que representan los cuatro elementos de la naturaleza y guían a las almas. Se colocan fotografías de los difuntos, flores de cempasúchil y la comida preferida de cada uno, porque se cree que el día primero regresan a la tierra a disfrutar de sus platillos favoritos.
Pero ese mes también me trae el recuerdo de la cohetería. Había una familia que se dedicaba a fabricarlos, y seguido había explosiones. Nosotros vivíamos cerca, y en una ocasión explotó con un estruendo fuertísimo. Salimos a la puerta y vimos a la gente correr gritando: —¡Explotó la cohetería!
Mi hermana Luz y yo corrimos a ver. Lo que encontramos fue un cuadro de horror: la casa derrumbada, mujeres llorando desgarradoramente mientras levantaban escombros para buscar a sus familiares. Yo vi cómo una señora sacaba un brazo de entre los restos. En ese momento llegó mi mamá y nos sacó de allí.
Durante días tuve pesadillas, siempre soñaba a la señora sacando aquel brazo. Nunca he podido olvidar esa tragedia. No era la primera vez que explotaba la cohetería, ni fue la última.
Diciembre
Las posadas de los pobres
"Piñatas, bolos y regaños"
Después de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, seguían las posadas. A los niños nos vestían de pastorcitos y a las niñas de pastorcitas. Durante nueve días íbamos al rosario en la iglesia y, al terminar, comenzaba la posada.
Ya no estábamos en el colegio, así que nos tocaba asistir a las posadas de la iglesia del pueblo, las que eran para los niños pobres, y los más pobres todavía. Nosotras ya estábamos en esa estadística, así que allí nos encontrábamos.
Eran divertidas, pero también peligrosas. Se quebraba una piñata para las niñas y otra para los niños. Imagínense: más de cien chiquillos desarrapados peleando por una sola piñata de cántaro de barro. La primera vez que me aventé para agarrar algo, terminé aplastada por todas las niñas. Las piñatas estaban bien llenas de dulces, frutas y cacahuates, pero mi triste realidad fue que apenas alcancé un pedacito de caña... y hasta ese me lo arrebataron. Me levanté raspada de rodillas y brazos, despeinada, con el vestido roto y sin nada en las manos.
Después nos formaban y nos daban un bolo: una bolsita con dulces, cacahuates, galletas con grageas y un pedazo grande de calabaza. Al llegar a casa, mi mamá me regañó por el vestido roto. No me pegó porque ya iba toda adolorida, pero de no ser así, seguro me tocaba una buena fajisa.
Con el tiempo aprendí la estrategia de mi hermana Luz: —No seas mensa, espérate a que todos se amontonen y entonces tú te avientas arriba. Si no ganas nada, al menos caes en colchoncito.
Y así lo hacíamos, entre risas y travesuras.
La Navidad con la abuela Ramona
"Buñuelos en la rodilla y corridos junto al fuego"
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Pasajes de mi infancia
SachbücherIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
