Parte/XVIII Mi tía Apolonia

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Mi tía Apolonia

"Una semana en La Mazata"

Mi tía Apolonia, otra hermana de mi papá, vivía en un rancho llamado La Mazata. En una ocasión, durante las vacaciones, me invitó: —¿No te gustaría pasar una semana en el rancho, ahora que estás de vacaciones, para que te dé otros aires? —Si me dejan ir, sí. —¿Qué dicen, la dejan ir conmigo? La traigo dentro de ocho días. —Pues si ella quiere ir, que vaya.

Me fui con ella. Al llegar, me quedé muy impactada. Su casa era muy humilde. Yo que creía que nosotros éramos pobres, pues ella nos dijo: "quítate que ahí te voy". En el rancho había minas de ópalo. La gente subsistía del campo, los que trabajaban en la mina y los pepenadores que recogían lo que quedaba.

"Los pepenadores de La Mazata"

Los pepenadores eran las personas que esculcaban la tierra que ya sacaban de la mina, buscando alguna piedra de ópalo. Se contaba que algunos se habían hecho ricos al encontrar una.

Mi tía era pepenadora. Me dijo: —Mañana vamos a ir a la mina, nos vamos a levantar muy temprano. —Sí, tía.

Al otro día nos levantamos de madrugada. Mi tía ya había preparado tacos de frijoles fritos y unas botellas de agua. Nos fuimos: ella, dos primos y yo. Todavía estaba oscuro. Cruzamos el ranchito, seguimos por el campo, empezamos a subir un cerrito y caminábamos sin parar. En el camino nos alcanzaban más personas, y mi tía platicaba con ellas.

Por fin llegamos a la mina. Era como una cueva. Había muchos hombres que salían con carretillas de tierra y la ponían en montones. Las personas se sentaban alrededor de los montones de tierra, y nosotros también. Entonces mi tía me dijo...

"Un día en la mina"

—Bueno hija, empecemos, fíjate cómo —me dijo mi tía.

Poníamos la tierra en unas coladeras, la colábamos y la pasábamos al otro lado. Así estuvimos todo el santo día. Al mediodía, mi tía hizo una lumbrada y calentó los tacos. Nos llamó: —Ándeles, vénganse a comer.

La gente compartía sus humildes alimentos. Empezamos a comer y me supieron tan sabrosos. Tomamos agua y, al terminar, volvimos a la tarea. Pero no encontramos ni una mugrosa piedra, ni mi tía ni mis primos. Las personas estaban desconsoladas, y yo también, muy cansada y desanimada.

Como a las seis de la tarde nos regresamos al rancho, llenos de tierra, con hambre y agotados. Al menos yo me sentía vencida. Pero mi tía y mis primos no se desalentaron. Decían...

"El dueño de la mina"

—A ver si para la otra semana tenemos más suerte —decían los pepenadores.

Los días pasaron lentamente. El sábado, en el centro del ranchito, frente al templo, hicieron una kermés y un baile. Mi tía nos llevó. Yo no bailaba porque todavía era chica, pero nos divertimos oyendo la música, viendo bailar a los mayores y comiendo cacahuates tostados. Era a lo único que podíamos aspirar, pues no había dinero para más.

Ya en la noche regresamos a la casita y dormimos. Al día siguiente, mi tía me llevó de regreso con mis papás. Mientras esperábamos el camión, llegó un señor muy elegante, con ropa casual. Le decían el ópalo, era el dueño de la mina.

—¿Y esta niña tan bonita quién es? —preguntó. —Es mi sobrina, la hija del jardinero —respondió mi tía. (Así le decían a mi papá, pues en su juventud había sido jardinero de la plaza del pueblo).

El señor me preguntó: —¿Cómo te fue en la mina, tuviste suerte? —No, ni una piedra quedó en la coladera.

Entonces metió la mano en la bolsa de su pantalón y sacó tres piedras de ópalo ya pulidas. Eran tan bonitas, con muchos colores. Me dijo...

"Las piedras de ópalo"

—Mira, para que no te vayas con un mal sabor de boca, te voy a regalar estas piedritas para que te hagan unos aretes y un anillo —me dijo el dueño de la mina.

Mi tía abrió los ojos desmesuradamente y me dijo: —Dale las gracias al señor. —Gracias, señor, es usted muy amable. —Guárdalas bien, no las vayas a perder —me advirtió él, y se fue.

Mi tía murmuró: —Qué raro es ese hombre, nunca lo he conocido de bondadoso.

—Si quiere se las doy —le dije. —No hija, esas son tuyas, guárdalas bien.

Las guardé en mi bolsita. Llegó el camión y nos regresamos al pueblo. Al llegar, le conté a mi mamá: —Mi tía me llevó a la mina a pepenar. —¿Y cómo les fue? —Yo creo que mal, no encontramos ni una. Pero a mí el dueño de la mina me dio estas, dijo que para que me mandaras hacer un anillo y unos aretes.

—¿Y por qué te las dio? —Pues porque quiso. —¿Estabas sola con él? —No, me las dio delante de mi tía, cuando estábamos esperando el camión.

—¿Es cierto, Polonia, que se las dio delante de ti? —Sí, ella no dice mentiras. A mí también se me hizo raro, ya ves que tiene fama de codo. —Y también de viejero —dijo mi mamá.

Ya nunca me quedaron ganas de volver. Le di las piedras a mi mamá y nunca las volví a ver. Había tanta necesidad en mi casa que quizás mi mamá las vendió.

Reflexión:

Ese regalo inesperado me mostró la desigualdad de la vida: mientras unos buscaban entre la tierra sin hallar nada, otros llevaban las piedras pulidas en el bolsillo. Para mí fue un gesto de ilusión, pero en la realidad de mi casa, las piedras se convirtieron en necesidad. Así aprendí que la pobreza transforma incluso la belleza en alimento.

"Colaciones, birototes y fotografías"

Mi tía Rogelia

Ella vivía en Guadalajara. Cada año, en Semana Santa, iba al pueblo a visitar a los parientes. Tenía un solo hijo, Luis, once años mayor que yo. Nos daba mucho gusto que nos visitara porque siempre nos llevaban dulces: colaciones, garapiñados, dulce curtido y unos birototes de la central camionera, que medían medio metro o más. Cuando los veíamos venir, corríamos a encontrarlos: —¡Tía! ¡Luis!

Nos repartían los dulces y comíamos el birote con café, muy sabroso.

Mi tía vivía en Guadalajara porque en 1940 fue madre soltera, una acción que casi era un delito. Los familiares rechazaban a la joven y ella tuvo que valerse por sí misma. En la ciudad trabajó en los quehaceres más humildes, hasta que su hijo creció y encontró empleo en una cadena farmacéutica con buen sueldo. Él recompensó a mi tía: ya no la dejó trabajar más y la atendió hasta que murió a los 86 años.

Luis siempre fue aficionado a la fotografía. Cada vez que nos visitaba nos tomaba fotos. Cuando mi tía falleció, él nos entregó las imágenes de todas las edades, cuidadosamente guardadas en un baúl. Nos contó que mi tía se entretenía mucho viendo las fotos y añorando su pueblo. Para mí fue un tesoro: pude verme cómo era cuando era pequeña.

Reflexión:

La historia de mi tía Rogelia me enseñó que la fortaleza de una mujer puede desafiar los prejuicios de su tiempo. Ella, marcada por la soledad y el rechazo, encontró en su hijo y en la memoria fotográfica un refugio. Sus dulces y birototes fueron la alegría de nuestra niñez, y sus fotos, el espejo de nuestra infancia.

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora