"El Camote y la tienda moderna"
El Camote era el dueño de una tienda de abarrotes que, para aquellos tiempos, resultaba muy moderna. El local era amplio y tenía luz de neón, la cual la hacía lucir más bonita y llamativa que las demás tiendas del pueblo. Vendía de todo: desde lo indispensable para la cocina hasta productos variados que atraían a los clientes por su novedad.
Nunca supe con certeza por qué le decían El Camote. Quizá por su color de piel blanca, semejante al camote del cerro, ese tubérculo que abunda en los cerros de Etzatlán. Tal vez de ahí nació su apodo, como tantos otros que marcaban la identidad de las personas en el pueblo.
Reflexión:
El Camote representa el contraste entre lo tradicional y lo moderno. Su tienda iluminada con neón era símbolo de progreso, un espacio distinto que rompía con la sencillez de los abarrotes comunes. Su apodo, como tantos en el pueblo, era parte de la costumbre de nombrar a las personas por rasgos físicos o anécdotas, y terminó siendo inseparable de su figura.
"La Panena y las nieves de lujo"
La Panena era la dueña de la nevería donde vendían las nieves más caras del pueblo, auténticas nieves de gourmet. Eran muy adornadas con frutas en almíbar: cerezas, arándanos, moras, duraznos. Se servían en un platito de postre alargado, con tres bolas primero, luego dos, y al final una. Las bañaban con salsa de chocolate, crema chantilly y las frutas brillaban hermosas sobre el helado.
La nevería tenía mesas donde se sentaban los clientes adinerados a degustarlas, como si fuera un lujo reservado para pocos.
Obviamente yo nunca tuve acceso a una de esas ricas nieves. A mí me tocaba verlas de lejos e imaginarme cuál sería su sabor.
Reflexión:
La Panena representa la diferencia social marcada en los pequeños placeres. Sus nieves eran símbolo de estatus, un lujo que se miraba con deseo desde la distancia. Para los niños y las familias humildes, bastaba con imaginar el sabor, mientras los más acomodados se daban el gusto de probarlas. Así, la nevería se convirtió en un escenario donde se reflejaban las aspiraciones y las desigualdades del pueblo.
"El Paletero y la esquina de la plaza"
El pequeño local de madera del paletero todavía existe. Se encuentra en una de las esquinas de la plaza, justo enfrente del portal. Allí se venden paletas de frutas naturales, paletas de leche y nieve de garrafa. El espacio tiene mesitas para que la gente se siente a degustar la rica nieve, disfrutando del ambiente de la plaza.
En mi tiempo, las paletas de agua costaban diez centavos y las de leche veinte centavos. Era un lujo sencillo, accesible y refrescante, que se convirtió en parte de la vida cotidiana del pueblo.
Reflexión:
El paletero representa la frescura y la alegría de la infancia. Su local, sencillo pero lleno de sabor, era un punto de encuentro donde se mezclaban generaciones: niños con sus monedas contadas, adultos buscando un respiro del calor, y familias compartiendo un momento de dulzura. La esquina de la plaza, con sus paletas y nieves, se convirtió en un símbolo de convivencia y memoria.
"El Guarachero y los pies del pueblo"
El Guarachero era el encargado de calzarnos los pies a los pobres. Nosotros teníamos zapatos para ir a la escuela, pero al llegar a casa nos los quitábamos y nos poníamos nuestros guaraches. Cuando necesitábamos unos nuevos, íbamos con él.
Su manera de tomar la medida era sencilla y precisa: nos ponía el pie sobre un cartón y dibujaba la forma. Luego, con un pedazo de hilaza medía la curva del empeine. Eso era todo. Días después, cuando regresábamos a recogerlos, los guaraches nos quedaban perfectos, como si hubieran sido hechos por un artesano que conocía cada pie del pueblo.
Reflexión:
El Guarachero representa la humildad y la sabiduría de los oficios tradicionales. Con herramientas simples y un conocimiento heredado, lograba que cada niño y adulto caminara cómodo y seguro. Sus guaraches eran más que calzado: eran parte de la identidad rural, un símbolo de sencillez y resistencia.
"Chepín y el petróleo"
Chepín tenía un expendio de petróleo. Mi mamá nos mandaba a comprarlo, pues lo utilizaba como combustible para la estufa y también para los aparatos mecheros, cuando se iba la luz eléctrica, cosa muy frecuente en aquellos tiempos.
A mí me gustaba mucho el olor del petróleo. Había de dos colores: verde subido y lila, ambos se veían tan bonitos. El tambo donde lo almacenaba tenía una llave para despacharlo. Con un embudo grande, Chepín llenaba el recipiente de un litro y lo vaciaba en nuestro bote, que tenía una boca pequeña con tapa de rosca. Todo esto lo hacía para evitar que se derramara y provocara un incendio, pues el peligro de una quemadura grave estaba siempre presente.
En casa, mi mamá nos castigaba si nos oía decir malas palabras. Como hermanos, cuando nos peleábamos, en lugar de insultarnos decíamos: —¡Chepín, Chepín, Chepín!
Con eso queríamos decir pinche, y nos divertíamos mucho, ¡ja, ja, ja!
Reflexión adulta:
Chepín representa la vida práctica del pueblo, donde el petróleo era indispensable para cocinar y alumbrar. Su expendio era un punto de abastecimiento y también un lugar que quedó grabado en la memoria por el olor penetrante y los colores brillantes del combustible. El juego infantil de transformar su nombre en un "insulto permitido" muestra la picardía y la creatividad de la niñez, que convertía todo en motivo de risa.
"El matrimonio pollero"
Era un matrimonio que vendía pollo fresco, recién matado. Tenían los animales en jaulas y también ofrecían huevos: los blancos de granja, los cafés de rancho y los de pato, que se consideraban medicinales. Decían las mujeres: —Si quieres que tu viejo ya no tome, dale diario dos huevos de pato en ayunas, y verás que poco a poco dejará el vicio.
El problema era que el marido quisiera tomárselos.
La clienta escogía su pollo y preguntaba: —¿Cuánto pesará este?
El pollero lo levantaba con las dos manos, lo tanteaba hacia arriba y hacia abajo y respondía: —Pesa más o menos dos kilos.
No tenían báscula, todo era a puro cálculo. Si la clienta quedaba satisfecha, decía: —Pues échemelo. —Pues no lo echamos —contestaba el pollero con humor.
Entonces comenzaba el ritual. Ponían el pollo en una tabla: la señora lo sujetaba del cuerpo y el señor de la cabeza. Con un cuchillo afilado le cortaba el pescuezo y lo dejaban desangrar hasta que moría. Después lo metían en un bote alcoholero con agua caliente, lo sacaban y lo desplumaban. Lo pasaban por el fuego para quemar las plumas sobrantes, le abrían la panza y sacaban las tripas. La hiel la retiraban con cuidado, porque si se reventaba, amargaba toda la carne.
Finalmente preguntaban: —¿Cómo lo va a querer? ¿En piezas, a la mitad o entero?
El pollero lo partía según el pedido. Entre las vísceras apartaba la menudencia: hígado, molleja, corazón, patas y pescuezo con todo y cabeza. Lo envolvían en papel de estraza, lo entregaban a la clienta y cobraban. Enseguida, las mujeres se iban a cocinar su pollo fresco.
Reflexión:
El matrimonio pollero representa la crudeza y la naturalidad con que se vivía la alimentación en el pueblo. No había intermediarios ni empaques: todo era directo, visible y artesanal. La escena del sacrificio del pollo, tan cotidiana entonces, muestra la cercanía con la vida y la muerte de los animales, y la importancia de la frescura en la mesa. Era un oficio duro, pero esencial, que sostenía la cocina de cada hogar.
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Pasajes de mi infancia
No FicciónIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
