"La lavada"
La señora era muy especial para la limpieza, y la lavada de ropa no era la excepción. El lunes cambiábamos las camas: poníamos sábanas y fundas limpias, también en la mía. Eran seis sábanas y cinco fundas: cuatro de ellas y una mía.
El primer lunes, cuando terminé el aseo, me dijo: —Ven, vamos a lavar la ropa.
Nos subimos a la azotea. Apartamos la ropa y pusimos las sábanas y las fundas en la lavadora. Mientras se lavaban, me puso a barrer la azotea. Yo no entendía para qué, si ya estaba barrida. —Ahora lávala con agua y jabón —me ordenó.
Yo pensaba: ¡Qué mujer tan ideática, si la azotea ni siquiera se ve!
Después entendí por qué hacíamos eso. Cuando ya estaban listas las sábanas, antes de tirar el agua de la lavadora, me dijo: —Saca las sábanas y las fundas, y tiéndelas en la azotea. Ponles cuatro piedras en las esquinas para que no se vuelen.
Enseguida siguieron las camisas del viejito. —Ponle jabón Zorro en el cuello y en los puños. —Ya, señora. —Ahora lávalas con la mano hasta que se le quite la raya de mugre. —Ya, señora. —Ahora mételas a la lavadora junto con las camisetas, los calzoncillos y la otra ropa blanca, menos las servilletas.
Ya lavadas, las tendí en la azotea para que se asolearan. Después lavé la ropa de color, que en realidad era poca; la mayoría era ropa blanca. La tendí en los lazos y la aseguré con ganchos para que no se volara. También lavé mi ropa, porque la señora estaba muy al pendiente de que me bañara y me cambiara todos los días. Poco a poco me hice súper limpia como ella.
En la tarde metí la ropa de color y la blanca la dejé para que se serenara.
"La lavada y el planchado"
El martes recogí la ropa, la sacudí y la metí a la lavadora. Le pusimos unos polvitos llamados "azul", y la ropa quedó tan blanca que hasta encandilaba.
El miércoles empezaba la tarea de planchar. Yo nunca había planchado en burro; en mi casa lo hacíamos sobre una mesa. La doña también me enseñó a planchar.
Los pantalones: primero las bolsas, después meter el pantalón en el burro por la parte de la cintura, planchar el delantero, luego la parte de atrás, otra vez el delantero, y por último doblar las piernas por la rayita. Así quedaba listo el pantalón.
Las camisas: primero un delantero, luego la espalda, después el otro delantero, una manga, luego la otra y, por último, el cuello. La otra ropa era más fácil. Tenía que planchar las sábanas y las fundas.
En mi vida me había acostado en una cama con sábana planchada, pero se siente muy bonito, te hace sentir importante. Lo malo fue que me acostumbré... y ya no puedo dormir si las sábanas no están planchadas, ja, ja, ja.
Reflexión:
Este episodio muestra cómo el trabajo doméstico también era una escuela de detalles y hábitos. El planchado, que parecía una tarea rutinaria, se convirtió en un descubrimiento: la sensación de dormir en sábanas planchadas era un lujo inesperado. La disciplina de la señora Chuy me enseñó técnicas que marcaron mi vida, y aunque al principio me parecían exageradas, terminaron por convertirse en parte de mi identidad.
"Mis amigas"
Cuando ya me había enseñado a hacer bien el aseo, terminaba pronto y me quedaba tiempo para conocer a unas muchachas: dos hermanas que trabajaban en la casa de enfrente —del lado de los ricos—, Teresa y Lola. Eran originarias de un rancho cerca de Yahualica. La casa donde trabajaban era muy grande, rodeada de jardín, con dos plantas. Las dueñas eran dos viejitas que dependían de ellas para todo. (Años después volví a esa misma casa como alumna, pues la compró un maestro de pintura y la convirtió en taller, pero esa es otra historia).
Yo convivía con las muchachas, pero no me sentía muy a gusto porque eran mayores que yo. Ellas ya tenían novio formal y pensaban en casarse.
Al poco tiempo conocí a una muchacha de mi edad. Las dos íbamos a cumplir catorce años. Su nombre era Martha. Vivía por la calle Montenegro con su mamá y su hermano.
Su mamá cuidaba una casa cuyos dueños vivían en la Ciudad de México. Venían en vacaciones: un señor y su nieta, que tendría unos dieciséis años. Martha pasaba por niña rica, casi nadie sabía que ellas eran las que cuidaban la casa. Estaba en la secundaria. Yo iba a su casa: tenían su departamento al fondo del jardín. La segunda planta solo la ocupaban los dueños en vacaciones; cuando se iban, ellas ocupaban toda la casa.
Las dos nos íbamos a su cuarto y jugábamos con muñecas muy bonitas, que el dueño de la casa le traía. Pero ya teníamos el gusanito de tener novio. Como a las siete nos salíamos a caminar por la colonia rica.
Así conocimos a un muchacho que estudiaba Odontología. Se llamaba Guillermo, era de Nicaragua y estaba muy guapo.
Él nos veía como lo que éramos: unas chiquillas desnutridas, con las muelas picadas y posibles pacientes para practicar.
—Hola, soy Guillermo. ¿Cuál es su nombre? —Yo me llamo Martha y ella es Rosa. —Mucho gusto. ¿Estudian? —Sí, estudiamos la secundaria. —Ah, qué bien. ¿No les gustaría que les revise su dentadura, a ver cómo andan? —Sí, pero no tenemos dinero. —¿Y quién les dijo que les voy a cobrar? Miren, si se deciden, mañana las espero en mi casa. Ya saben dónde vivo.
Enseguida se fue.
Mi amiga me preguntó: —¿Vamos? —No, ¡qué tal si nos hace algo! —No puede hacernos nada, porque vive con doña Glafira. Ella siempre está en su casa. —Bueno, entonces mañana vamos.
Al día siguiente, en la tarde, fuimos. Ya nos estaba esperando. Mi amiga me dijo: —Primero tú.
Me senté en su sillón, porque tenía todo su equipo. Eran dos hermanos, y los dos estudiaban lo mismo. Lo primero que me dijo fue: —No te lavas los dientes todos los días, ¿verdad? Es muy importante que te los laves tres veces al día, después de comer.
¡Híjole! Me dio una vergüenza. —Sí me los lavo —le contesté. —Entonces no te los lavas bien. Déjame decirte cómo hacerlo.
Me dio un cepillo y una pasta de dientes, y me enseñó cómo cepillarme. Lo bueno fue que no tuve ninguna muela picada. —Si te los lavas como te dije, después de cada comida, no vas a tener muchos problemas en el futuro. —Gracias.
Mi amiga no pasó vergüenza, porque ella sí se los lavaba como debía. Yo pensé: La mujer —mi patrona— tan limpia, y nunca se percató de que no me lavaba los dientes tres veces al día.
Reflexión:
Este episodio muestra la mezcla de ingenuidad y aprendizaje en la adolescencia. Guillermo, con su aire de estudiante extranjero, nos trataba con respeto y nos enseñaba algo tan básico como la higiene dental. Para mí fue una revelación: la limpieza no era solo barrer y trapear, también era cuidar el cuerpo. La vergüenza que sentí se convirtió en una lección que me acompañó siempre.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
