Parte/XXI Mi tía Rafaela

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Mi tía Rafaela

"El hombre de la daga"

Mi tía Rafaela estaba casada con mi tío Margarito. Él nunca estaba con ella, pues decían que era un asesino. Rara vez iba a visitar a su familia; se la vivía huyendo de la justicia. Cuando llegaba al pueblo, era porque, según decían, había matado a un cristiano y se escondía en la casa de mi tía y de mi bisabuela.

Cierta vez que fui a visitarlas, ahí estaba mi tío. El hombre siempre traía una daga fajada a la cintura. En cuanto oía algún ruido, la desenfundaba y se ponía a la defensiva. ¡Qué bárbaro! Cuando lo vi, me fui corriendo con mi abuelita Pachita. Ella, al verme tan asustada, me calmó diciéndome: —No le tengas miedo, que no te va a hacer nada.

Pero sí que le tenía mucho miedo.

"La honra y el silencio"

En una de tantas visitas recuerdo que llegó un hombre con su hijo, al que apodaban el pájaro, acompañados por dos policías. Mi tía Rafaela los recibió y empezó a llorar muy quedito, con una de sus hijas a su lado.

El chico se había robado a mi prima, más bien había abusado de ella, y la policía lo llevó para que respondiera. El muchacho dijo en un susurro: —Yo no me quiero casar.

Su padre le dijo a mi tía: —Mire señora, como usted ve, el muchacho no se quiere casar, pero le vamos a dar un dinero como reparación del daño.

Mi tía aceptó la cantidad que le ofrecieron. Así de fácil se arregló el asunto de mi prima.

Años más tarde, ella se casó con un hombre —no recuerdo su nombre—, pero sufrió muchísimo. Él era enamorado y flojo; ella tenía que trabajar igual que su mamá. Cuando le reclamaba algo, él le decía: —Agradecida habías de estar, ya que te hice un gran favor al casarme contigo. Tú ya no valías ni cinco centavos, yo reparé tu honra.

Ella lloraba. Su único pecado había sido enamorarse de un rufián que abusó de ella. Así era en esos años. Qué bueno que ya todo cambió, aunque sea en las ciudades, porque en muchas partes de la República todavía pasan esas cosas.

Reflexión:

Este recuerdo me enseñó que la palabra "honra" pesaba más que la justicia, y que las mujeres eran las que cargaban con la vergüenza de los abusos. Mi prima fue víctima de una cultura que la condenó dos veces: primero por el abuso, luego por un matrimonio sin amor. Hoy sé que contar estas historias es también una forma de darles voz y de reconocer que la dignidad no se mide en dinero ni en apariencias.

Mi tía X

"La mujer que se aparecía viva"

—Por respeto a la familia de esta persona, este nombre es confidencial—.

Se dice que en las familias hay de todo, y en la de mi madre había una bruja. El caso de mi tía X era medio espeluznante: ella se aparecía viva.

En una ocasión oímos cómo su esposo la estaba golpeando. Mi tío Pedro, que vivía al lado, escuchó los gritos y corrió a auxiliarla. Las casas se comunicaban por el corral. Cuando llegó a la puerta, estaba cerrada. Entonces corrió hacia la entrada principal, la de la calle. Justo cuando iba a tocar, de pronto mi tía X venía por la calle con su mandado.

—¡Oyes! Pero si te acabo de escuchar llorando y gritando, te andaban poniendo una tranquiza, hasta la casa se escuchaban los golpes y tus gritos. —Claro que no, tío. Como ve, voy llegando del mercado, mire mi mandado. Vamos a entrar a la casa para que vea que no hay nadie.

Entramos —yo también entré— y buscamos por toda la casa, debajo de las camas. Nada. No había nadie.

"El juramento cumplido"

Su esposo era más joven que ella. En cierta ocasión se enamoró de una mujer de su misma edad y huyeron juntos. Fue un escándalo tremendo, los comentarios no se hicieron esperar: —Ya supiste que el esposo de fulana X se robó a...

Mi tía se puso furibunda y explotó contra los huidos: —Juro que chingo a mi madre si en tres días no vuelve el fulano de rodillas a pedirme perdón.

Y qué creen: efectivamente, a los tres días ya estaba el sujeto de rodillas pidiendo perdón. Nadie me lo contó, yo lo vi con mis propios ojos. Como ven, era fregona la mujer en eso de la brujería.

"Entre revistas y guisados"

Pero mi tía tenía otro pequeño defectillo: también era enamorada, y no respetaba el parentesco. Enamorada ella y enamorado mi papá... ya se imaginarán lo que pasó. Mi mamá los cachó y tremenda cachetada le dio a la tía X, con todo y que era tía de primer grado.

De ese episodio no supe en qué terminó, solo recuerdo que mi mamá duró mucho tiempo sin hablarle. No nos dejaba ir a su casa, aunque vivía a un lado de la nuestra. A mí me gustaba mucho visitarla porque tenía muchísimas revistas —en ese tiempo les decíamos cuentos— y novelas de amor. No nos dejaban leerlas porque decían que eran pornográficas, pero nada que ver con las de ahora: aquellas revistas antiguas eran blanquísimas.

Siempre hacía de comer bien sabroso: carnita con chilito y frijolitos fritos. Cuando me llegaba el aroma de su comida, me presentaba a escondidas de mi mamá. Ella me daba un taco con guisadito muy sabroso. En mi casa, por lo regular, comíamos puros frijoles. Nunca dejé de ir con esa tía. Con el tiempo, mi mamá y ella hicieron las paces, y entonces ya podíamos visitarla libremente y seguir disfrutando de su deliciosa comida.

Reflexión:

La historia de mi tía X me enseñó que las personas son un mosaico de virtudes y defectos. Ella era bruja, enamorada, generosa y contradictoria. Entre escándalos y reconciliaciones, lo que permanece en mi memoria es el sabor de sus guisos y el olor de las revistas prohibidas, que para mí eran ventanas a otros mundos.

Mi tío Jesús y Virginio

"El tren y los veinte centavos"

Mi tío Jesús era hermano de mi abuela materna. Su esposa Juana y él tenían cinco hijos: Miguel, Virginio, Adelina, María Luisa y Cristina, la menor.

Virginio, ya adolescente, tenía gusto por el comercio. Vendía fruta de temporada en el tren de pasajeros: naranjas, guamúchiles, mangos, ciruelas, elotes. Partía la fruta y la acompañaba con el chile que su madre preparaba, muy bueno y picoso.

Cuando el tren llegaba al pueblo, mientras subían y bajaban los pasajeros, él recorría los vagones vendiendo. Al empezar a moverse el tren, se bajaba con destreza en una pendiente con pasto.

Un día, cuando yo tenía ocho años, me dijo: —¿Me ayudas a vender la fruta? Tú recoges el dinero. Si me ayudas, te doy veinte centavos.

Para mí era mucho dinero. Le contesté: —Sí te ayudo.

Nos subimos al tren. Él entregaba la fruta y yo recogía el dinero. Cuando el tren empezó a moverse, me dijo: —Ya vámonos a la salida.

El tren iba despacio, pero a mí se me hacía que iba muy rápido. Tuve un ataque de pavor. Él me apuró: —¡Brinca! —¡Tengo miedo! —grité.

El tren tomaba velocidad. Entonces me tomó de la mano, brincó y me jaló con él. Caímos. Él sabía cómo frenar la caída, pero yo no. Me fui rodando hasta el final de la pendiente. Mi primo corrió y me ayudó a levantarme. Afortunadamente no me pasó nada grave, salvo unos raspones.

Cuando llegamos a la casa, mi mamá me vio y exclamó: —¡Mira nada más cómo vienes, ¡qué te pasó! Yo, muy cándida, respondí: —Me caí del tren cuando iba caminando.

Mis tíos y mi mamá abrieron tremendamente los ojos. Yo, ya sin susto, les conté lo que había pasado. Pero a mi pobre primo casi lo matan a regaños: —¿A quién se le ocurre eso? Si hubiera habido una piedra y te pegas en la cabeza, a estas horas estuvieras muerta.

Recibió varios regaños más. Lo que sí recuerdo es que ya nunca me aventuré a ayudarle a vender. Pero él cumplió y me dio mis veinte centavos.

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