Parte/VII Festividades y deberes escolares

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Los deberes de la iglesia

"La Divina Providencia"

Nosotros, por estar en el colegio propiedad del clero y dirigido por monjas, teníamos obligaciones para la iglesia.

Todos los primeros viernes de cada mes teníamos que ir a misa de la Divina Providencia, para que nunca faltara el pan en los hogares.

Un día antes íbamos al templo —que estaba prácticamente al cruzar la calle— para confesarnos, ya que era obligatorio comulgar. Salíamos del colegio por grupos, íbamos de dos en dos tomadas de la mano, formando una fila muy derechita.

Llegábamos y, formados, esperábamos hasta que llegara nuestro turno de confesar los pecados. Era rápido, pues ¿qué pecados puede confesar una niña?

—Acúseme padre que no obedezco a mi mamá. —Acúseme padre que le pegué a mi hermano. —Acúseme padre que cuando me regaña mi mamá y no me ve, le saco la lengua. —Acúseme padre que me quedé viendo a unos perros haciendo malditurias.

Cómo se han de divertir los sacerdotes escuchando las confesiones de los niños.

"La misa en latín"

Cuando terminábamos de confesarnos, el padre nos daba la penitencia: —Vas a rezar cinco padres nuestros y cinco aves marías, y prométele a Dios que ya no lo vas a volver a hacer. —Sí, padre.

Nos dirigíamos al reclinatorio y con mucho fervor rezábamos la penitencia. Al terminar, nos sentábamos en la banca a esperar a que todas las niñas concluyeran sus confesiones. Por último, se confesaba la maestra y, así como llegábamos, nos regresábamos a la escuela.

Al siguiente día nos llevaban a misa, con el mismo procedimiento del día anterior. En el colegio quizá no nos enseñaban algunas materias esenciales, pero lo referente a la iglesia no se les escapaba nada. Por orden del señor cura nos enseñaron a contestar la misa en latín, pues en ese tiempo todavía no se oficiaba en español.

Nos dieron un librito rojo donde venían todas las respuestas. ¿Qué respondíamos? Sabrá Dios, pero siempre contestábamos correctamente, bajo la severa mirada de la madre superiora y las maestras. Nos aburríamos tremendamente, pues las misas eran largas, largas.

Cuando el sacerdote se subía al púlpito, nos leía el sermón, igual de largo. Nos quedábamos dormidas, pero nos despertaba con sus gritos, porque el sermón siempre terminaba en regaños y amenazas: que, si no hacíamos lo que las escrituras decían, nos íbamos derechito al infierno.

Un grupito de niñas que siempre nos sentábamos en la misma banca ideamos algo para que la misa no fuera tan aburrida. En unas partes donde teníamos que contestar, decíamos en voz alta: —Ad Deán Cui lupi te caten yubi toteén mean.

Ni idea de lo que quería decir, pero nos veíamos y conteníamos la risa. Hasta que una maestra se fijó y nos corrigió: —No niñas, no son mean, es mead.

Nosotras, con cara de inocentes, contestábamos: —¡Ah!

El acto solemne"

Llegaba el acto más solemne cuando el padre elevaba la hostia. Nos hincábamos con la cabeza entre las manos, conteníamos el aliento, porque nos decían que en ese momento podíamos hablar con Dios. Pero mi mente quedaba en blanco y nunca hablé con Él.

Enseguida nos formábamos para recibir la comunión. Mientras comulgábamos sonaba el órgano y el maestro Pancho —que era quien lo tocaba—, con su potente voz empezaba a cantar:

"Vamos niños al sagrario, que Jesús llorando está, pero viendo tantos niños, que contento se pondrá."

Nosotros contestábamos:

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