Parte/XLIII Primer trabajo

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"El primer trabajo"

Cuando terminé la primaria ya no continué en la secundaria. En esos años no había secundaria de gobierno en el pueblo, y la única opción era ingresar al colegio. Pero mi mamá no tuvo dinero para pagar la colegiatura.

—¿Ama, vamos a entrar a la secundaria? —le preguntamos. —Dense de santos que terminaron sexto año —nos respondió.

En la casa siempre hacía falta dinero. La familia crecía y crecía, en edad y en número de hermanos. Así que mi mamá se dio a la tarea de buscarnos trabajo en lo único que sabíamos hacer: el aseo de la casa. Los negocios del pueblo eran familiares y los atendían los padres e hijos.

Un día llegó y me dijo: —Vente, te voy a llevar a una casa. Allí ocupan una muchacha para que le ayude a la señora.

Nunca me preguntó si me gustaría ayudarle a la señora. Simple y sencillamente me ordenó. De inmediato nos fuimos al centro del pueblo, donde se ubicaba la casa.

Tocamos y salió la señora. Mi mamá le dijo: —Mire, esta es la muchacha. Ya sabe hacer todo.

La señora me miró de arriba abajo y, muy educadamente, dijo: —Pasen, por favor.

—Mire, señora —continuó—, el trabajo no es mucho. Aunque vea la casa grande, yo hago casi todo. Solo ocupo a la niña para que me lave los trastes, porque tengo alergia al jabón, y para algunas otras cositas. Le voy a pagar treinta pesos al mes, pues es muy poco lo que va a hacer.

"El horario y la cocina"

—¿Y a qué horas quiere que venga? —pregunté. —Pues como a las ocho de la mañana. A esa hora desayunamos. Y cuando termine de lavar los trastes del mediodía se puede ir. Comemos a las dos de la tarde.

—Bueno, ahí se la dejo. Mañana a las ocho va a estar aquí —dijo mi mamá, y se fue.

La señora me pasó y me preguntó: —¿Ya desayunaste?

Como esa palabra no estaba en mi diccionario, me quedé pensando. La señora comprendió y volvió a preguntar: —¿Ya almorzaste? —Ah, sí, gracias. —Mañana no almuerces, aquí almorzamos juntas.

Me llevó directamente a la cocina. Estaba muy limpiecita, aunque sí había muchos trastes sucios. —Ahorita son muchos porque se juntaron los de la cena y el desayuno, pero no salen tantos —me explicó.

Yo pensé para mis adentros: Muchos... como los de la maestra.

—Viene una señora a ayudarme, pero tiene una hija que tuvo un niño y se fue a cuidarla —me dijo.

En mis tiempos, las parturientas se cuidaban cuarenta días y cuarenta noches. Así que pensé: Bueno, voy a estar aquí más de un mes.

Me puse a lavar los trastes. La señora se quedó observando cómo los lavaba. Entonces le pregunté...

"La rutina compartida"

—¿Usted es la mamá de Alicia, ¿verdad? —le pregunté. —Sí, ¿la conoces? —Fuimos compañeras en el colegio. —¿Y por qué ya no seguiste estudiando? —Porque mi mamá ya no tuvo para pagar la colegiatura. —Qué lástima. Yo tengo cuatro hijos: dos hombres y dos mujeres. —Yo nada más conozco tres, a las mujeres y al niño. —Es que tú no conoces a Arturo, el más grande, porque está estudiando en el seminario. —¿Va a ser padre? —Con la ayuda de Dios, sí.

Yo lavaba los trastes y la señora los secaba y los iba guardando. Cuando terminé, me dijo: —Ven para acá.

Fuimos al patio, donde tenía una lavadora redonda con rodillos para exprimir la ropa. Empezó a apartar ropa y meterla en la lavadora. —Pon el jabón en la lavadora, por favor —me pidió.

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