Mis padres
"El pan de cada día"
Mis padres se casaron en el año 1947. Al año ya eran padres de su primera hija y, de ahí pa'l real, como se dice, sumaron hijos hasta llegar a quince, más dos no nacidos.
Mi papá era el encargado de traer el pan de cada día. Mis papás tuvieron muchos problemas por su forma de ser, pero eran sus problemas. Luz y yo nunca nos involucrábamos cuando empezaban a pelear; simplemente nos salíamos a jugar.
A mi papá no le gustaba pegarnos. Nos decía: —Hablando se entiende la gente.
Cuando lo veíamos llegar del trabajo siempre salíamos a su encuentro. Siempre nos traía algo para comer: pan, chicharrones, dulces. Cuando no nos traía nada, nos daba una moneda para gastar.
Cuando mi mamá le decía: —Mételes unos azotes a estas, solo así entienden.
Él respondía con ingenio: —Cuando yo le pegue a la silla, grita.
Le pegaba a una silla y nosotros gritábamos: —¡No, no, no, ya no nos pegues, por favor!
Reflexión:
La figura de mi padre fue la de un hombre sencillo, trabajador y con un sentido de justicia propio. Prefería el diálogo al castigo, y hasta en los momentos de disciplina encontraba maneras de convertirlo en juego. Mi madre, firme y exigente, representaba la otra cara de la vida familiar: la autoridad que buscaba orden en medio de tantos hijos. Juntos construyeron un hogar lleno de dificultades, pero también de ternura y creatividad.
Mi mamá
"La heroína del hogar"
Ella era la encargada de educar, de corregir, de estirar el dinero para todo: ropa, calzado, comida, uniformes. Era la que pedía dinero prestado, la que pedía fiado, la que se las ingeniaba para traernos como Dios manda, y la que daba la cara cuando no podía pagar alguna deuda.
Sufría la vergüenza de que le cobraran delante de las personas, pero nunca dejó de luchar. Toda una heroína.
Nos supo guiar en la vida. No toleraba la mentira. Siempre nos decía: —En mi casa no tienen cavidad los mentirosos ni los rateros.
Cuando nos sorprendía diciendo una mentira, nos corregía con firmeza: —Lo que uno no puede ver, en su casa lo ha de tener.
Reflexión:
Mi madre fue el pilar de la familia: fuerte, ingeniosa y valiente. Su carácter nos enseñó que la verdad y la honradez eran valores irrenunciables. Aunque cargaba con la dureza de las deudas y la vergüenza de los cobros públicos, nunca dejó de ser la guía que nos marcaba el camino. Hoy la recuerdo como la mujer que sostuvo la casa con dignidad y firmeza, una verdadera heroína silenciosa.
Mi hermana Chuy
"La consentida"
Ella era la consentida de mi mamá, de mi abuela y de toda la descendencia, gracias a su carácter alegre y cariñoso con todas las personas, no nada más con los parientes.
Pero también tenía sus defectillos: no le gustaba trabajar en casa, y con cualquier pretexto se salía.
Siempre quedaba bien con los parientes. Por ejemplo, cuando llegaba algún familiar del rancho o del pueblo, ella los recibía gritando: —¡Abuelito!
Corría, lo abrazaba y lo besaba en la mejilla. —¡Tillito!
A todos los parientes les hablaba en diminutivo, y con esa ternura se ganaba el cariño de todos.
"La consentida y su lado oscuro"
Como todos los humanos, también tenía su lado oscuro. En una ocasión encontró trabajo como decoradora en un taller de artesanías. Recuerdo que eran dos hermanos que vivían con su mamá, una señora ya grande.
Por supuesto, se ganó el cariño de los hermanos y, sobre todo, de la madre. Tanto fue el afecto que le hicieron una propuesta: —Mi mamá está muy encariñada contigo, nos gustaría que vivieras con nosotros, como dama de compañía de ella. Claro que no te vamos a tener prisionera, puedes salir cuando lo desees.
Vivían en una casa muy bonita, más bien una residencia. Ella iba a tener su propia recámara y la tratarían como de la familia. No lo pensó mucho. Esa misma tarde, al llegar de trabajar, empezó a hacer su maleta.
Mi mamá la vio y le preguntó: —¿Qué estás haciendo? —Me voy a vivir a la casa donde trabajo, seré dama de compañía de la mamá de mis patrones.
Mi mamá, abriendo los ojos desmesuradamente, le dijo: —¿Pero ¿cómo que te vas a ir a vivir con esa gente? Ni siquiera los conozco. —Pero yo sí. Así es que, con tu permiso o sin tu permiso, me voy a ir. No voy a desperdiciar la oportunidad de vivir en una casa bonita con un cuarto para mí sola. —¿Y qué le voy a decir a tu padre? —Dile lo que quieras, pero ya me voy. Luego vengo a visitarte. —No puedo creer que te avergüences de nosotros...
Se fue, dejando a mi mamá hablando sola. Ella la siguió, pero mi hermana no se regresó.
"La consentida y su vida lejos de casa"
Esa misma noche vino la señora con sus dos hijos y pidieron formalmente el permiso. Les comentaron a mis padres: —No se preocupen por su hija, ella va a estar bien.
Les dijeron cuánto le iban a pagar, les dieron la dirección y el número de teléfono para que pudieran hablarle cuando quisieran. Mi hermana pidió perdón por su proceder y les dijo: —Yo no me avergüenzo de ustedes, simplemente me asusté pensando que no me iban a dejar ir.
Se abrazaron y ya se fue con la bendición de sus progenitores, ja, ja, ja.
Ahí estuvo trabajando algún tiempo. Cuando iba a visitarnos, la llevaban en el carro. Obviamente, la primera vez que fue a vernos, a mis papás se les quitó el coraje cuando les dio dinerito. Los patrones eran muy guapos, pero ella no corría peligro: uno tenía una novia muy bonita y el otro era gay, ja, ja, ja.
Mi hermana Chuy era la encargada de cuidar a los hermanos menores, aunque nunca le hacíamos caso. Siempre nos cuidábamos de ella, porque sabíamos que en cuanto nos veía hacer alguna travesura, corría a decirle a mi mamá. Ésta tenía sus métodos arcaicos para reprender: primero pegaba y después escuchaba.
A lo largo de la historia me preguntaron por qué no la hacíamos partícipe de nuestros juegos y aventuras con mi hermana Luz. La respuesta es sencilla: en primer lugar, ella tenía miedo a todo, no quería romper las reglas, y Luz y yo nos la vivíamos rompiendo las reglas de conducta. En segundo lugar, mi mamá siempre le decía: —Tú eres la mayor y tienes que poner el ejemplo.
La pobre se perdió de mucha diversión. Si hubiese sido más osada, otra cosa hubiera sido. En tercer lugar, influyó la diferencia de edades: nos llevaba ventaja, iba más adelantadita.
Fue buena hermana y lo sigue siendo. Desafortunadamente, a ella le tocó vivir lejos de nosotros en Estados Unidos, pero no por eso desatendió a la familia. Siempre vivíamos pendientes del cartero para recibir noticias de ella. Aun viviendo lejos, nunca desamparó a mis padres, hasta que Dios los recogió.
Ella tiene un lugar muy especial en mi corazón. Me siento muy orgullosa de ser su hermana: es un ejemplo a seguir.
Reflexión:
Chuy fue la consentida, la cariñosa, la obediente, pero también la que buscó su propio camino. Su vida lejos de casa no la apartó de la familia: al contrario, la hizo más fuerte y solidaria. Hoy la recuerdo como la hermana que, aun con sus defectillos, supo ser apoyo y compañía, y que sigue siendo un ejemplo de amor y responsabilidad.
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Pasajes de mi infancia
Non-FictionIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
