"Don Lolo y la carreta de alfalfa"
Don Lolo era el vendedor de alfalfa del pueblo. Con su carreta jalada por un caballo adornado con grandes orejeras, recorría las calles ofreciendo su mercancía. Sus clientes eran las familias que tenían animales domésticos: puercos, gallinas, burros, vacas y caballos.
La llegada de Don Lolo era siempre esperada, porque su alfalfa fresca aseguraba alimento para los animales en tiempos en que el campo no bastaba. Su carreta, cargada de verde, era parte del paisaje cotidiano, y su figura se convirtió en símbolo de la vida rural que sostenía a las casas y rancherías.
Reflexión:
Don Lolo representa la sencillez y la constancia de los oficios que daban sustento al pueblo. Su carreta de alfalfa era más que un medio de trabajo: era un puente entre la tierra y los hogares, entre la necesidad y la abundancia. En su andar pausado, se reflejaba la vida campesina que alimentaba no solo a los animales, sino también la memoria de una comunidad.
"Doña Marce, la dulcera del barrio"
Doña Marce era una señora muy viejecita, tendría más de noventa años. Su hijo vivía a un lado de su casa para estar al pendiente de ella. A pesar de su edad, seguía siendo muy activa: hacía tejidos maravillosos de ganchillo y preparaba dulces caseros que alegraban a todo el vecindario.
Entre sus especialidades estaba el ponte duro: tostaba el maíz en el comal, lo bañaba con miel de piloncillo, lo dejaba secar y quedaba como un caramelo. Primero lo chupabas y al final te comías el maíz tostado. También hacía pinole, moliendo el maíz tostado con canela hasta obtener un polvo de sabor delicioso.
En su casa tenía varios pomitos llenos de delicias: frijolitos de colores, barrilitos, almohaditas de menta, galletas, chicharroncitos, rollitos de guayabate, cacahuates tostados, semillas de calabaza, elotes en temporada, guasanas y cacomites. Todo nuestro dinerito iba a parar a sus manos, a cambio de las maravillas que ella elaboraba y vendía.
Una gran señora que se recuerda con mucho respeto.
Reflexión:
Doña Marce representa la dulzura y la constancia de las mujeres mayores del pueblo. Su edad no fue impedimento para seguir creando y compartiendo. Con sus dulces y tejidos, tejía también la memoria colectiva, convirtiéndose en un símbolo de ternura y respeto. Su figura nos recuerda que la tradición y el cariño se transmiten en los pequeños detalles, en los sabores y en las manos incansables.
"Tarcila y el salón de belleza"
Tarcila era la encargada de embellecer a las señoras del pueblo. Tenía su salón de belleza en su propia casa, ubicada en una esquina. Al pasar por allí, se veía a las clientas con sus gorros esperando que se les hicieran los chinos, y otras bajo los secadores que parecían cascos de astronautas.
Contaba con dos ayudantas que no se daban abasto con tantas clientas, sobre todo en vísperas de alguna fiesta local. De la casa salía un olor penetrante a amoniaco, señal de que la transformación estaba en marcha.
Tarcila hacía peinados espectaculares, siempre siguiendo la moda de aquellos tiempos. Al terminar el proceso, las mujeres salían relumbrantes: las de cabello lacio salían chinas, las de cabello negro se convertían en rubias, y las rubias regresaban con el pelo negro. Entraban con cejas tupidas y salían con una sola raya finísima, según dictaba la moda.
A mí no me tocó ser cliente de Tarcila, pero verla trabajar era como presenciar un acto de magia cotidiana.
Reflexión:
El salón de Tarcila era un espacio de transformación y de ilusión. Allí las mujeres del pueblo encontraban un instante de brillo y modernidad, un lugar donde la rutina se rompía y la moda se imponía. Aunque el olor a amoniaco impregnaba el aire, lo que quedaba en la memoria era la imagen de las clientas saliendo radiantes, como si hubieran pasado por un ritual de belleza que las conectaba con el mundo más allá del pueblo.
Y por supuesto que no podía faltar el lugar de diversión de los adultos.
"La cuadra prohibida"
El aguilote no era un apodo de persona, sino el nombre de la cuadra del pecado y la perdición de los hombres, como decía el cura. Era toda una calle donde se concentraban las cantinas y los cabarets, con variedad de bailarinas desnudistas. El pueblo era pequeño, pero no carecía de nada: había diversión para todos los gustos y bolsillos.
En sus sermones, el cura advertía: —Las personas decentes no deben visitar esa cuadra. Y si hay necesidad de cruzar esa calle, ni siquiera volteen.
Nosotros teníamos que cruzarla a fuerza, pues era la ruta para llegar a nuestra casa. Y como todo lo prohibido, más ganas daban de mirar.
De día, la calle del aguilote estaba desierta. Solo se veían las personas que surtían bebidas, refrescos, cerveza, o quienes barrían la calle. Pero como a las seis de la tarde cobraba vida: se escuchaba música de todos tipos, el mariachi, los conjuntos norteños y la sinfonola. Empezaban a llegar los clientes y las mujeres, con sus peinados de salón de belleza. Al llegar vestían ropa decente, pero adentro se transformaban.
"La visión prohibida"
En una ocasión, mi hermana y yo íbamos pasando por allí. Siempre nos volteábamos hacia otro lado para no ver ese lugar, pues nos decían que si mirábamos podíamos irnos al infierno. Pero ese día, las dos coincidimos en voltear. Nos quedamos paradas, como hipnotizadas.
La calle estaba llena de hombres y mujeres. Ellas, muy pintadas, con vestidos tan cortitos y apretados que casi se les veían las pantaletas.
Durante ese instante vimos escenas que nunca olvidaríamos:
Un hombre, nuestro vecino, llevaba cargando a una mujer y le daba besos en la boca.
Otro hombre estaba tirado, seguramente borracho y dormido; la gente nada más lo brincaba.
Dos mujeres peleaban, jalándose el cabello con furia.
Una señora gorda, llena de collares y pulseras de oro, apareció. Escuchamos a un hombre decirle a otro: —¡Allí viene la madrota!
En ese momento sentí una mano que me agarraba fuertemente de la oreja. Era mi mamá. Nos tomó a mi hermana y a mí y nos preguntó: —¿Qué están haciendo aquí? ¿No saben que ni siquiera deben voltear? —¡Ay! Apenas llegamos —contestamos. —Sí, cómo no. Apenas llegaron... Desde hace rato que las estoy esperando. Si apenas hubieran llegado, yo no las hubiera venido a buscar.
Cuando nos alejábamos del lugar, vimos a dos policías que llevaban detenidas a las mujeres que se estaban peleando. Detrás iban otros dos, arrastrando al borracho que vimos dormido. Como no había coche de policía, se los tenían que llevar a pie.
Fue una visión que nunca he podido olvidar.
Reflexión:
El aguilote era un espejo de lo prohibido, un mundo que se nos decía que no debíamos mirar, pero que estaba allí, vivo y palpitante en el corazón del pueblo. Aquella tarde comprendí que la curiosidad infantil podía abrir puertas a escenas que marcaban para siempre. La mano firme de mi madre nos devolvió al camino correcto, pero la imagen de esa cuadra quedó grabada en mi memoria como un recuerdo imborrable de lo que significaba la "perdición" en la voz del cura.
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Pasajes de mi infancia
No FicciónIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
