Parte/XLIX Comerciantes -4-.

50 9 6
                                        

"Dominga Mota y la Santa Cruz del Pasito"

Dominga Mota era la dueña de una Santa Cruz del Pasito, una de tantas que había en el pueblo, pues cada barrio tenía la suya. El novenario se celebraba el tres de mayo, y la fiesta coincidía con el día de los albañiles.

En la víspera, Dominga pasaba por las casas a pedir dinero para la fiesta de la cruz. Todos los barrios querían que la suya fuera la más bonita: la pintaban, le hacían un sudario elegante, construían su ermita y la adornaban con flores. Colocaban sillas a los lados y dejaban el lugar listo para la danza.

Los danzantes bailaban durante los nueve días del novenario. Vestían trajes elaborados, con dibujos de la época de la conquista bordados en lentejuelas. Llevaban coronas de alambre adornadas con perlitas de colores, espejitos y listones que caían hacia la espalda, además de su inseparable sonaja.

Entre ellos destacaba una muchacha con vestido colorido, collares, grandes aretes y un penacho en la cabeza: representaba a la Malinche. Los danzantes se acomodaban en dos hileras: una con los trajes de lentejuelas, otra con señores vestidos de civiles que representaban a los españoles. Al terminar la danza, hacían una especie de obra de teatro llamada el relato: los aztecas contra los españoles, representando la conquista de México. Siempre los vencedores eran los españoles, y la Malinche se pasaba a su lado, pues la historia decía que ella había traicionado a los aztecas.

Los danzantes visitaban las otras ermitas, y los niños nos peleábamos diciendo: —La cruz de nosotros está más bonita que la de ustedes.

En todas las ermitas regalaban agua fresca de sabores, y por eso las visitábamos con entusiasmo.

Reflexión:

La Santa Cruz del Pasito era más que una tradición religiosa: era un símbolo de identidad de cada barrio. Dominga Mota, con su empeño, mantenía viva la costumbre y la competencia sana entre vecinos. Las danzas, los relatos y las flores convertían la fiesta en un espectáculo de historia y fe, donde lo sagrado y lo popular se entrelazaban. Para los niños, además, era un tiempo de juegos, rivalidades y aguas frescas que endulzaban la memoria.

"Los hoteles y el mesón del pueblo"

En el pueblo había tres hoteles. El primero estaba a la vuelta de la central de camiones; se veía que era económico, sencillo, pensado para los viajeros que llegaban con poco dinero y muchas prisas.

El segundo era el Hotel Hidalgo, ubicado justo enfrente de la plaza. Tenía cierto aire tradicional, era el preferido de quienes buscaban estar cerca del bullicio de la vida cotidiana.

El tercero era el Hotel Cadillac. Era el más moderno en ese tiempo, con detalles que lo distinguían de los otros: habitaciones más amplias, mobiliario nuevo y un nombre que evocaba lujo y modernidad. Para muchos, hospedarse ahí era símbolo de estatus, aunque fuera solo por una noche.

Y por supuesto, no podía faltar el mesón, donde se hospedaban los más humildes. Era un lugar sin lujos, con cuartos sencillos y camas de petate, pero siempre lleno de viajeros, arrieros y comerciantes que llegaban con sus animales y mercancías. El mesón era parte de la vida del pueblo: ahí se escuchaban historias, se hacían tratos y se compartía la pobreza con dignidad.

Reflexión:

Los hoteles y el mesón reflejaban las distintas realidades del pueblo: desde el lujo aspiracional del Cadillac hasta la sencillez del mesón, donde la vida se vivía sin adornos. Cada espacio tenía su clientela y su historia, y juntos mostraban cómo convivían la riqueza y la humildad en un mismo lugar.

"El hotel y la marisquería"

En la parte baja del hotel había un billar. Ahí mismo estaban los baños públicos, donde las personas —principalmente hombres— iban a bañarse. También vendían mariscos. Del interior del local salía la melodiosa voz de Chelo Silva, famosa por su voz y sus canciones de despecho.

Pasajes de mi infanciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora