"El Matancero y la faena del puerco"
Las familias del pueblo criaban puercos en sus casas con tres fines: engordarlos para venderlos directamente al cliente, repartir su carne entre los vecinos o servirlos en las celebraciones. Cuando llegaba el momento de sacrificarlos, mandaban llamar al matancero.
Este señor llegaba con sus instrumentos de trabajo: una soga para amarrar las patas del animal y una serie de cuchillos muy afilados para los distintos cortes de carne. Siempre lo acompañaba una señora, que yo ya la veía viejita, y juntos realizaban la faena.
El procedimiento era duro pero preciso. Primero amarraban las patas del puerco, mientras dos hombres lo sujetaban. El animal gruñía con fuerza, y el matancero, diestramente, lo degollaba. La sangre se recogía en una vasija, pues del puerco no se desperdiciaba nada: con ella se hacía la rellena, o moronga. Luego abría la panza y sacaba las vísceras, que entregaba a su ayudante para lavar las tripas. Después retiraba la piel y la grasa, que se ponía en un gran cazo al fuego.
La piel se colgaba en clavos, una señora era la encargada de limpiar la piel con una navaja de rasurar, la limpiaba con calma hasta dejar la cabeza y las patas muy blancas. La carne se apartaba según lo que se iba a cocinar, y el resto se convertía en carnitas.
Los cueritos del puerco se comían de dos maneras: tiernos, con sal, limón y chile del torito —un chile embotellado con la figura de un toro en la etiqueta—, o duros, crocantes, preparados de la misma forma. El trabajo del matancero terminaba cuando quedaban listos los chicharrones.
Además, tenía otro oficio: cuando los puercos se ponían en celo, llegaba y decía: —Vine a capar al puerco.
Decían que, capados, los animales engordaban más.
Reflexión:
El matancero era un personaje esencial en la vida del pueblo. Su oficio, duro y sangriento, estaba ligado a la abundancia de las fiestas y al sustento de las familias. Representaba la sabiduría práctica de aprovechar cada parte del animal, y también la crudeza de una vida rural donde la carne no llegaba en empaques, sino en rituales comunitarios. Su presencia era símbolo de celebración, de trabajo compartido y de la memoria de un pueblo que vivía cerca de la tierra y de sus animales.
"El Caballo, el sastre de los hombres"
El Caballo era el sastre del pueblo. Sus clientes eran exclusivamente hombres, quienes acudían a él para que les confeccionara pantalones, chamarras y otras prendas de vestir. Pero lo que más hacía eran pantalones.
Un día acompañé a mi papá a la sastrería. El señor tenía un aprendiz que rápidamente tomó una libretita y le preguntó: —¿Su nombre por favor? —Zacarías Vadillo.
Mientras tanto, el Caballo empezaba a tomar las medidas: largo de pierna, largo de tiro, ancho de cintura, ancho de pierna. El muchacho apuntaba todo en la libreta y luego fijaba la hoja con un alfiler en la tela.
—¿Para cuándo va a estar listo? —preguntó mi papá. —Dentro de quince días. —¿Tanto? —Pues sí, mira todo lo que tengo antes de ti. —Bueno, pues está bien.
Al cabo de quince días volvimos. El pantalón estaba listo. Mi papá se metió detrás de una cortina, se lo probó y salió diciendo: —Me quedó al pelo.
Se puso en cuclillas, estiró una pierna y luego la otra, se metió las manos a las bolsas del pantalón. El Caballo le dijo: —Le puse la secreta a las bolsas.
Era una pequeña bolsa escondida entre la pretina y la bolsa, para guardar dinero.
Mi mamá siempre le decía a mi papá, antes de comprar la tela: —Mira, Margarita tiene unos pantalones de dril muy bonitos, ¿por qué no te pruebas unos? —No, no. Esos pantalones de fábrica están muy trabucos de las piernas y me quedan apretados del tiro. —Es que ya son modernos, ya no se usan las pinzas ni las valencianas. —Prefiero la comodidad que la incomodidad. Fin de la discusión.
Y así, mi papá siguió mandando hacer sus pantalones con el sastre El Caballo.
Reflexión:
El Caballo representa la tradición frente a la modernidad. Sus pantalones hechos a la medida eran símbolo de comodidad y orgullo artesanal, frente a la ropa de fábrica que imponía nuevas modas. La "bolsa secreta" era un detalle de ingenio, un guiño a la vida práctica de los hombres del pueblo. Su oficio muestra cómo la sastrería era más que costura: era confianza, estilo y resistencia a los cambios.
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Pasajes de mi infancia
No FicciónIntroducción: Pasajes de mi infancia: Tipo de historia (versión literaria): "Esta es una obra de memorias, un viaje autobiográfico que se adentra en la vida cotidiana de un pueblo mexicano en los años cincuenta. Su género es narrativo y costumbris...
